jueves, 31 de diciembre de 2015

Haciendo ciudad: el ejemplo de Villa Corelca


Urbanización Nando Marin en Valledupar (2013)
Foto: Minvivienda

Años atrás solía caminar de extremo de extremo las calles de Villa Corelca, un barrio de invasión localizado al suroccidente de Cartagena y fundado a mediados de los años 90. Sus calles estaban destapadas, las aguas negras corrían a sus costados, y muchas de sus casas, quizás la mayoría, estaban construidas en madera y otros materiales perecederos. Carecían de los servicios mas básicos. El barrio se había construido al pie de vetustas torres de energía eléctrica que sobresalían por encima de las casas, que en su gran mayoría no tenían mas que una planta. A pesar de las precariedades y de la desatención del estado, sus habitantes se preciaban de ser gente humilde, pero emprendedora, y de haber construido un barrio tranquilo y seguro. De ambas puedo dar fe. 

Tras diez años de ausencia, en una mañana soleada de diciembre, volví a caminar sus calles de extremo a extremo. Las calles seguían destapadas, y las aguas negras seguían corriendo a sus costados. Pero muchas de sus casas ya no eran madera, sino solidas construcciones hechas en ladrillo. Una casona de bahareque, que me recordaba a la casita del pueblo donde había crecido mi padre, había desaparecido y en su lugar estaba una casa de material. Algunas de ellas tenían dos plantas, y estaban tan bien formadas, que bien hubiesen podido estar en un barrio de clase media sin llamar la atención. En el curso de toda una década, Villa Corelca había cambiado significativamente, muy a pesar de la relativa desatención del estado. 

Villa Corelca es tan solo una muestra de como se hizo ciudad en América Latina a lo largo del siglo XX. A falta de políticas de vivienda social consistentes y de amplia cobertura, hombres y mujeres se auto-gestionaron un techo valiéndose de los recursos que tuvieran a la mano. Se apropiaron de terrenos baldíos, públicos o privados, amparándose en el derecho a una vivienda digna, y allí construyeron, sin el beneficio de un arquitecto, ranchos de madera y cartón, que con los años ser convirtieron en edificaciones equiparables a las pocas que ofrecía el estado como parte de sus programas de vivienda social. 

La auto-contrucción tiene un potencial transformador, no solo para la ciudad, sino para sus propios habitantes. A través de la autogestión de vivienda desarrollan capacidades organizativas necesarias para defender sus conquistas y para demandar atención por parte del estado. Al hacerlo también se convierten en sujetos de derechos, conscientes de la responsabilidad de las instituciones públicas para con ellos, y de sus derechos como ciudadanos. Establecen alianzas políticas, que aunque suelen ser leídas como manipulaciones electoreras, han servido como base para lograr pequeñas conquistas que con el tiempo han ayudado al progreso material de sus barrios. Desde los años 60, los gobiernos nacionales decidieron aprovechar el potencial popular financiado iniciativas individuales y colectivas de auto-construcción de vivienda, en vez de construir viviendas de cero, lo cual suponía gastos onerosos y una cobertura muy modesta. Por muchos menos, lograron mucho más. 

El gobierno de Juan Manuel Santos ha hecho del programa de vivienda gratuita el pilar de su política de vivienda social. Miles de familias colombianas se han visto beneficiadas con apartamentos recién construidos, que años atrás solo hubiesen sido el privilegio de la clase media (Ver fotografía). No obstante, los desatinos del programa cada vez son mas evidentes. La inseguridad reina en muchos de los barrios recién entregados, los cuales también carecen de espacios públicos y zonas verdes (a pesar de sus limitaciones, los fundadores de Villa Corelca destinaron una importante porción del terreno para una modesta zona de recreación). Destinar viviendas multifamiliares o edificios de apartamentos a las clases mas desfavorecidas es una apuesta riesgosa sin precedentes en la historia colombiana. Los gastos de mantenimiento de estas edificaciones son elevados, y bien podrían estar muy por encima del alcance de sus moradores. Experimentos similares en América Latina han terminado con resultado poco alentadores (por ejemplo, los vetustos bloques de apartamentos construidos en Caracas a mediados del siglo XX, y que hoy son vistos como barrios marginales). Peor aún, las 100.000 unidades que han planeado construir difícilmente lograrán subsanar el déficit de vivienda. Por el contrario, respaldar la auto-construcción y el potencial emprendedor de las clases populares tiene todo el potencial para conseguirlo. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

Thomas Sankara: El Che Áfricano



Cuando el Capitán Thomas Sankara fue nombrado Secretario de Estado para la Información de la Republica del Alto Volta llegó a su primera reunión manejando una bicicleta. Era 1981.Tenía apenas 31 años, y desde ya se proyectaba como un líder de talla nacional, pero de semblante humilde y carismático. Dos años después, y tras una sucesión de gobiernos cortos e inestables, un golpe de estado lo convirtió en presidente. Sin demora, Sankara puso en marcha lo que él llamo “la revolución democrática y popular”, inspirada en los ejemplo de Castro y el Che Guevara en Cuba y de Jerry Rawlings en Ghana, y por supuesto en la doctrina de Marx y Lenin, en la cual se había instruido cuando apenas empezaba su carrera militar. Con el Che Guevara solían compararle por su espíritu aguerrido, jovialidad, carisma, y rebeldía. Con el tiempo terminó por ser conocido como el “Che Guevara de África”.

Para poner en marcha su revolución, comenzó por cambiarle el nombre al país. De la República del Alto Volta, cuyo nombre se deriva de aquel que le habían dado los  franceses cuando la convirtieron en una colonia, pasó a llamarse Burkina-Faso, que significa “la tierra del hombre íntegro”.

Las reformas que Sankara adelantó le dieron un giro de 360° al país. Construyó miles de viviendas, y kilómetros de carreteras y vías férreas que conectaron la nación de esquina a esquina. Concedió plenitud de derechos a las mujeres, y apuntó a varias de ellas en altos cargos oficiales. Fue el primer dirigente africano en dimensionar el peligro del SIDA, y tomo medidas rápidas para controlarlo. Construyó escuelas y hospitales por todo el país con el propósito de servir a la población más necesitada. Y en abierto desafío al imperialismo francés, se negó a pagar la deuda externa. Su gobierno fue austero, pero efectivo. Procurando ser un modelo a seguir, se rebajó su salario a un poco más de 400 dólares. Sus posesiones personales se limitaban a un carro sencillo, un par de bicicletas, tres guitarras, una nevera, y un refrigerador averiado.  

Pero la premura de su revolución le llevó a cometer excesos en aras de defenderla. Atemorizado por el fantasma de contra-revolucionarios anónimos, persiguió implacablemente a sus opositores, y estableció un régimen que admitía muy pocas críticas. Cerró partidos políticos y sindicatos que no fueran afines a su causa, y llevó al cadalso a un puñado de enemigos juzgados con ligereza. Pero fueron sus más nobles actos los que le granjearon sus peores enemigos. El 15 de Octubre de 1987, su mano derecha, amigo y compañero de causa, Blaise Compaoré, organizó un golpe de estado en su contra, que por supuesto había sido indirectamente animado por Francia. Thomas Sankara fue asesinado ese día a sus 37 años. Compaoré asumió el mando y desmontó la gesta revolucionaria de su predecesor. Restableció a plenitud las relaciones diplomáticas con sus aliados franceses, y se comprometió a pagar la deuda externa. Con el curso de los años echó al traste todos los logros conseguidos. Burkina Faso se convirtió en uno de los países más pobres del mundo.  

Para eliminar todo rastro del legado de Sankara, Compaoré se propuso borrarlo de la historia misma. Hizo destruir toda documentación oficial alusiva a él, y quiso arruinar su reputación acusándole de haberse enriquecido durante su mandato. Su casa fue saqueada, y solo quedaron para el recuerdo sus bicicletas, sus guitarras, el refrigerador y la nevera, ahora igual de averiadas, y la chatarra de su carro.

Una semana antes de morir, Thomas Sankara lanzó una frase premonitoria: “Aunque los revolucionarios como individuos pueden ser asesinados, tú no puedes matar sus ideas”. Sin importar los esfuerzos, el legado de Sankara siguió vivo en el corazón de muchas mujeres y hombres de Burkina Faso. En el 2014, un alzamiento popular masivo, entre cuyos líderes figuraban miembros de partidos que reivindican la doctrina política de Sankara, derrocó a Blaise Compaoré. Hoy, tras casi 30 años de su partida, su legado sigue con vida y sirve de inspiración para quienes luchan por construir una nueva Burkina Faso. 

martes, 6 de octubre de 2015

Nelson Mandela y la doble moral de Uribe



Cuando Nelson Mandela murió en el 2013, Alvaro Uribe se apresuró a lamentar su partida. Lo reivindicó como el justo defensor de las mayorías sudafricanas, y destacó que en su lucha jamas cometió las barbaries perpetradas por el narcoterrorismo colombiano. Irónicamente, los calificativos que hoy Uribe utiliza en contra de los guerrilleros que negocian la paz con el estado colombiano son bastante similares a los que algunas vez le dedicaron a  Mandela sus opositores cuando se sentó a negociar el fin del Apartheid. 

La imagen que se tenía de Mandela en sus últimos años era la de un viejo cansado, de hablar calmado y de andar parsimonioso. Tal imagen distaba bastante de la de aquel enérgico combatiente que reivindicó la violencia como un recurso para defender su causa. Durante los años 50, Mandela era un ávido lector de literatura insurgente, y tenía lazos con organizaciones comunistas clandestinas con las cuales planeó y ejecutó actos de sabotaje en contra de instalaciones militares, plantas de energía y sistemas de transporte, siempre procurando evitar al máximo la perdida de vidas humanas. Consideraba en ese entonces que de fracasar este recurso, debían seguir el ejemplo de revolucionarios en Cuba y China, y emprender una guerra de guerrillas en contra del gobierno supremacista blanco de Sudáfrica. Mandela llego a recibir entrenamiento militar en tácticas guerrilleras. Pero antes de que pudiera poner en práctica lo aprendido, fue preso, y preso estuvo por mas de 25 años. 

Pero la lucha continuó. Sus camaradas del Congreso Nacional Africano recrudecieron las acciones directas en contra del estado sudafricano con el tiempo. Muchas de ellas, resultaron en numerosas bajas civiles. En 1983, una unidad del Umkhonto we Sizwe, el brazo militar del partido y que Mandela había co-fundado en 1961, colocó un carro-bomba en una céntrica calle de Pretoria, el cual tenía por objetivo un edificio de la Fuerza Aérea Sudafricana. La bomba explotó 10 minutos antes de lo esperado, acabando con la vida de los dos perpetradores, y de muchos civiles que a esa hora transitaban por el sitio.

Cuando iniciaron los diálogos de paz, sus opositores acusaron a Mandela y a sus co-partidarios de haber sido terroristas sanguinarios y sin escrúpulos, que sembraron los campos con minas anti-persona, y las calles de carros-bomba. El Umkhonto we Sizwe ciertamente tenía en su haber la muerte de decenas de vidas inocentes. Junto a las numerosos asesinatos cometidos por el estado sudafricano, y que doblaban a leguas las de la resistencia anti-apartheid, estas muertes eran el testimonio de una guerra sin cuartel de mas de 40 años. A pesar de las heridas dejadas por el conflicto, la sociedad sudafricana optó por la paz. Se creó así la Comisión de la Verdad y la Reconciliación para guiar el proceso de justicia restaurativa, y garantizar la no-repetición y el establecimiento de una democracia plena e inclusiva. En audiencias, que fueron transmitidas por radio para millones de sudafricanos, los victimarios fueron forzados a confrontar a sus victimas e implorarles perdón. La amnistía le fue prometida a cualquiera que se sumara al proceso, y cuyos crímenes respondieran a motivaciones políticas. Tras varios años de arduo trabajo, el conflicto se resolvió finalmente. La experiencia sudafricana se convirtió en un modelo a seguir, y ha influenciado muchas otras, incluyendo la colombiana. 

Es probable que Alvaro Uribe esté bien al tanto de la historia sudafricana, y que quizás haya decidido omitir estos detalles dada la incuestionable fama de Nelson Mandela. Es probable que también este al tanto de su propia historia y de su respaldo a inicios de los 90 al proceso de paz con el M-19, a cuyos ex-militantes tildó de "guerrilleros vestidos de civil" años después. Quizás prefirió omitir ciertos detalles de la historia nacional cuando siendo presidente nombró a Rosemberg Pabon, un ex-guerrillero del M-19 y quien había comandado la toma de la Embajada de República Dominicana en 1980, como su director del Departamento Administrativo de Economía Solidaria. Quizás ignoró algunos otros cuando nombró a Everth Bustamante, otro ex-guerrillero del M-19, como director de Coldeportes. O quizás, Alvaro Uribe tan solo goza de una doble moral que le permite juzgar la historia según su conveniencia y sus desvaríos inoportunos. La pregunta clave es, si el mismo Uribe ha sido capaz de dejar a un lado su repulsión natural contra los guerrilleros en cualquiera de sus formas, ¿porque los colombianos no procuran hacer lo mismo por el bien de la paz? 

domingo, 20 de septiembre de 2015

El Museo Histórico de Cartagena y la resignificación de la memoria local



Las Bovedas. Robert Niles (1924)

Cualquier día caminaba por las calles del Centro, y justo cuando cruzaba al frente de Las Bovedas, un cochero se adelantó a mi paso. Me pregunté enseguida que historia les narraba a los desprevenidos turistas. De seguro les contaba como Antonio de Arévalo había diseñado Las Bóvedas a finales del siglo XVIII para albergar explosivos y disponerlos para defender a Cartagena del asedio británico. Probablemente les habrá contado como las convirtieron en prisión para encarcelar a los revoltosos que procuraban la independencia años después. Y supuse igual que nada les había dicho sobre como Las Bóvedas a inicios del siglo XX sirvieron como vivienda para albergar a las familias pobres de la ciudad. Me pregunté entonces, ¿Porque al cochero no le pareció importante incorporar ese capítulo de la historia a su guión? Quizás es porque poco o nada les importa a los turistas el problema de la vivienda en Cartagena, a pesar de que sea uno de los temas claves de la realidad histórica de la ciudad durante el siglo XX y XXI. 

De seguro el cochero no tenía ni las mínima idea de que Las Bóvedas habían servido a tal propósito hasta hace tan pocos años. Ni a él, ni a la mayor parte de los cartageneros se les ha enseñado una historia distinta a la que se les narra a los turistas. Una historia en la que muchos capítulos han sido silenciados y echados al olvido. La historia en sí, como bien lo dijera el historiador haitiano Michel Rolph Trouillot, está hecha a base de ellos. Unos momentos históricos se narran hasta el cansancio, generación tras generación, y muchos otros se pierden para siempre en los laberintos caprichosos de la memoria.

Conscientes de esta realidad, el Museo Histórico de Cartagena ha puesto en marcha un plan de renovación de su colección con el fin de resignificar la memoria local y de remediar sus silencios. Ante todo, ha procurado que el Museo sirva a las necesidades de la realidad presente. Por años, la muestra del mismo se había casi que limitado a la exhibición de piezas alusivas a la Inquisición, muchas de las cuales jamas habían sido utilizadas en Cartagena, pero que bien ilustraban los horrores de la institución. Las piezas sin embargo estaban pobremente contextualizadas, y por si solas eran incapaces de contar nada distinto al acto básico de la tortura. Las otras colecciones que acompañaban a las de la Inquisición eran mucho mas pequeñas y gozaban de menor notoriedad. Los cambios implementados por el Museo, como parte de su apuesta pedagógica, han corregido el exagerado énfasis. Ahora herramientas audiovisuales, pensadas para atraer a las nuevas audiencias, narran con mucho mas detalle el alcance de la Inquisición, y le dan nombre y rostro a sus victimas, que han pasado de ser cuerpos anónimos e imaginarios despedazados en maquinas de tortura, a seres de carne y hueso, cuyas vidas han sido debidamente documentadas, y a través de las cuales se expone la cara humana de la tragedia experimentada por las victimas mas desafortunadas de la Inquisición. Las victimas dejan de ser seres sometidos, para convertirse en sujetos históricos altivos y capaces que pasaron por las garras del sistema colonial cuando se atrevieron a desafiarlo.

Conscientes del momento actual por el que atraviesa el país, el Museo ahora expone la Inquisición desde la perspectiva de los Derechos Humanos, para así establecer un vinculo entre el ayer y hoy. El presente de la nación se examina críticamente desde el pasado. Por otro lado, imágenes, textos y vídeos componen una muestra sobre la cultura popular cartagenera, que traza sus raíces al encuentro de las culturas africanas, indígenas y europeas. Las otras salas del Museo aguardan su renovación para así sumarse a los esfuerzos por reorientar la forma en como se narra y enseña la historia de la ciudad. 

Es bastante probable que los turistas (y no pocos nativos embriagados por la nostalgia) lamenten la ausencia de las piezas de la Inquisición que detallaban la forma en como aquellos cuerpos anónimos eran destazados de la manera mas brutal. Pero es importante entender que la historia debe servir a las necesidades mas apremiantes de la sociedad presente, y que no debe convertirse en un mero souvenir para entretener a forasteros desprevenidos, muchos de los cuales, una vez regresen a sus vidas casuales, habrán de tirar a Cartagena para siempre en las marañas necias del olvido. 

domingo, 16 de agosto de 2015

La batalla de San Diego: ¿otra derrota?



Cuando estudiaba en la Universidad de Cartagena, la plazita de San Diego era el punto de encuentro de muchos de sus estudiantes. Aunque no solía frecuentarla, pude ver de vez en cuando como cada noche de lunes a sábado ellos se tomaban la plaza para departir, beberse una caja de vino barato, una cerveza a precio de tienda, y enderezar el mundo a punta de parla. No la frecuenté lo suficiente para ver con mis propios ojos sus esfuerzos constantes por defender su espacio, por impedir que las mesas de los restaurantes cercanos se apoderaran de la plaza y terminaran por desplazarlos. En una de las tantas batallas de esta guerra por el derecho a la ciudad, los estudiantes armados con un arsenal de rebeldía y argumentos vencieron una y otra vez. 

Pero en mi último paso por la plazita de San Diego, en un sábado por la noche, pude ver cuanto había cambiado en tan poco tiempo. En vez de estudiantes, casi que solo podía ver turistas, vestido en ropas elegantes, como siempre poco acorde con el calor de estos días de verano. Los restaurantes habían ganado territorio, y ahora las mesas se extendían casi hasta llegar al perímetro de la plaza. La tienda de la esquina, que todavía sigue vendiendo cerveza a precios módicos, estaba inusualmente vacía, y las cajas de vino no se veían por ningún parte. Pensé que quizás los cambios que habían hecho al mobiliario de la plaza habían desalentado la presencia de sus antiguos ocupantes. Pensé que quizás se había repetido la historia de años atrás, cuando el parque de San Diego, lugar de encuentro de los vecinos del barrio, había sido cambiado tan dramáticamente (tras la apertura del Hotel Santa Clara), que al final ellos desistieron de seguir acudiendo a él. Quizás es que los estudiantes hoy reparten sus ejércitos entre la plazita de San Diego y la Plaza de la Trinidad, donde hoy reproducen las viejas practicas que una vez caracterizaron a la primera. Todavía sigo preguntándome si en efecto es esta una batalla perdida, o si simplemente estoy haciendo una lectura inadecuada de cambios que han ocurrido muy lentamente, y que por circunstancias de mi auto-exilio, solo puedo ver de vez en cuando, como si ocurrieran de la noche a la mañana. No se sí quizás mi lectura sea producto del desanimo que experimento cada vez que acudo a un sitio para encontrarme con que ya no existe, y que ha sido reemplazado por tiendas exclusivas cuyos precios y anuncios en ingles me advierten que no soy bienvenido. Lo cierto es que cada vez que me camino las calles del Centro Histórico no puedo dejar de pensar que estamos perdiendo tantas batallas,y que al final habremos perdido la guerra misma.  

domingo, 26 de julio de 2015

"Amarillos" vs. "Negros": la guerra de razas en Cartagena


A la memoria de mi amigo Roberto Oñoro, quien en vida fue siempre un buen hijo, un buen hermano, un buen amigo, y ante todo, un hombre de convicciones claras y de principios incorruptibles 


Niña blanca con su "aya"

Es de cartageneros re-victimizar a las victimas. Lo hacen a diario. Cada vez que se comenta la muerte de un joven de extracción humilde y carente de pergaminos, no son pocos los que dicen: "Por algo habrá sido". Cuando una mujer resulta violada, hombres y mujeres por igual suelen decir: "A la fija se lo buscó". El ultimo episodio de racismo en Cartagena puso en evidencia lo de siempre. Lo interesante del asunto es cómo muchos se solidarizaron con el victimario, mientras condenaban a la victima. Unos optaron por guardar silencio o desconocer la agresión (cosa que ni la misma perpetradora ha intentado negar), mientras resaltan las supuestas faltas del taxista, aduciendo que después de todo ella en algo tenía razón: todos los taxistas en Cartagena son por lo menos rateros e hijos de puta. Otros mas avezados justificaron la agresión en sí, aludiendo al insulto previo que el taxista había lanzado en contra de la mujer: "loca amarilla". De modo tal, que la retahíla racista de mas de tres minutos fue la reacción natural a un comentario igualmente racista. Si ella había sido discriminada por "amarilla", ¿porque no podría ella responder discriminando al taxista por "negro"? La justificación raya en lo absurdo. Dentro del sistema racial colombiano, ser "amarillo" bien podría ser un rasgo físico, mas no es un marcador racial. Salvo que seas una persona de origen asiático viviendo en los Estados Unidos o en la América Latina de inicios del siglo XX, el calificativo "amarillo" no está asociado a ningún grupo étnico o racial. De cualquier forma, el termino tampoco tiene una carga peyorativa equivalente a la de "negro". En Colombia a nadie se le excluye por ser "amarillo". 

"Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios". Que cada quien pague por su falta. Si el taxista cometió una infracción de transito, que responda por ella. Si la mujer incurrió en una agresión racista, que responda por igual. La primera falta no trae cargos penales. La segunda acarrea cárcel hasta por tres años. Coincido no obstante, con quienes aducen que a lo mejor la mujer es una buena persona que se dejó llevar por la ira, y terminó por comprometerse a sí misma frente a la palestra pública. Ella misma ha dicho que no se considera racista. Por el contrario, en sus propias palabras, comentaba que no tenía reparos en abrazar a su "aya" (así se le denominaba a las esclavas domesticas en la colonia), la cual es una mujer negra. Recuerda las palabras complacientes de un académico de la élite blanca de la ciudad, que decía que en Cartagena no había racismo porque sus "nanas" negras, después de toda una vida de servicios, gozaban del privilegio de ser enterradas justo al lado de sus amos blancos. 

jueves, 16 de julio de 2015

¿Nuestras calles para quien? A propósito de la peatonalización del Centro Histórico



Se debatió en estos días la posibilidad de peatonalizar las calles del Centro Histórico. Expertos en movilidad señalaban las ventajas de diseñar una red de andenes cómodos y seguros para que los ciudadanos circulen por la ciudad sin contratiempos y con prelación sobre los vehículos motorizados. Numerosos sectores han respaldado ya la iniciativa destacando los beneficios que esto también pudiera traer para la conservación y restauración del patrimonio arquitectónico colonial y republicano. Adelfo Doria, gerente de Espacio Público y de Movilidad del distrito, señaló que tal medida ya estaba contemplada en el Plan Especial de Manejo y Protección, el documento rector de planificación urbana para el Centro Histórico, y el cual había establecido una peatonalización parcial y progresiva del mismo. Tanto expertos como dirigentes locales creen que la iniciativa podría a hacer del Corralito de Piedra un espacio de convivencia y de socialización. 

Sobra decir que las circunstancias para que el Centro Histórico sirva como un espacio de convivencia y de socialización se han visto seriamente limitadas en los últimos años por la expansión desmedida de un comercio de orientación turística, cuyos precios son inaccesibles para el cartagenero promedio, y parte del cual se ha apoderado convenientemente del espacio público (la Plaza de Santo Domingo, y de San Diego, este último en disputa, y el Parque Fernandez de Madrid son algunos ejemplos). Si ya de antemano, los cartageneros han visto limitado su acceso y uso del Centro Histórico, ¿para quien se esta pensando la peatonalización del mismo?¿Será esta otra medida dirigida a facilitarle al turista el goce del Corralito de Piedra sin que los perjuicios de la ciudad moderna le afecten?¿Quienes se verían perjudicados con semejante medida? 

Adelfo Doria apuntó a que cualquier decisión que se tomé contemplará un dialogo abierto con los comerciantes del sector. ¿Pero que hay de los residentes del Centro Histórico?¿Como se verían afectadas sus vidas el día en que se les prive del derecho esencial de desplazarse en la ciudad de la forma en como lo crean conveniente? No serían los primeros cartageneros en enderezar las calles de tanto caminarlas, del mismo modo en que lo hacen muchos otros a los cuales no han llegado los beneficios de la "Revolución del Concreto" que ha emprendido el alcalde Dionisio Vélez. No obstante, sus voces merecen ser escuchadas. La peatonalización es valida, siempre y cuando se haga de manera parcial, consensuada, y controlada, para así prevenir sus efectos nocivos. La peatonalización limita la habitabilidad de los espacios urbanos, les resta un poco de su dinámica de ciudad, y en casos mas severos, favorece la gentrificación. Una peatonalización des-regularizada podría desalentar a los residentes actuales del Centro Histórico a permanecer allí, resistiendo el avance del voraz mercado inmobiliario. 

En todo caso, si existe una voluntad real por parte de las directivas del espacio público para crear espacios de convivencia y de socialización en la ciudad, bien valdría la pena alzar la mirada mas allá del Centro, allá a donde no acuden los turistas, pero donde habitan las grandes mayorías de los cartageneros. ¿Que hay de los numerosos parques desatendidos a lo largo y ancho de la ciudad?¿O de los andenes inacabados al pie de las principales vías?¿Donde están las ciclorutas para que la ciudad se movilice de manera mas sana y ágil? Son estas las preguntas que hay que responder si en realidad lo que se tiene en mente es en hacer de Cartagena una ciudad mas amable. 

domingo, 24 de mayo de 2015

El 11 de Septiembre y las guerras por la historia



                                   
Memorial del 11 de Septiembre

El 11 de Septiembre del 2001 es un punto de quiebre en la memoria colectiva de los estadounidenses, del mismo modo en que lo es el 9 de Abril de 1948 ("El Bogotazo") para los colombianos, o el 25 de Abril de 1974 para los portugueses (La Revolución de los Claveles). Para ellos marca un antes y un después. Aún las nuevas generaciones, aquellas que aún no habían nacido o que eran demasiado jóvenes para dimensionar la magnitud de los hechos, la recuerdan como si la hubiesen vivido y como si fuera parte fundamental del curso de sus vidas. Año tras año, cada 11 de Septiembre, esa memoria se alimenta a través de conmemoraciones que insisten en no olvidar a las victimas del trágico evento o a los héroes de turno que procuraron salvar sus vidas exponiendo las suyas. El Memorial del 11 de Septiembre, construido justo donde estuvieron las Torres Gemelas, persigue el mismo fin. Dos enormes cavidades vacías recuerdan el sitio exacto donde ellas estuvieron, y en el borde que les rodea existe un muro que contiene el nombre de cada una de las victimas que perecieron aquel día. En su interior existe una fuente de agua que corre de principio a fin ininterrumpidamente. La majestuosidad del sitio y la solemnidad del diseño impactan con facilidad al visitante. Fácilmente resulta conmovedor, aun para aquellos que no experimentan con naturalidad la pena, rabia y desolación con la que los estadounidenses recuerdan los atentados terroristas de aquel día. 

Pero no es esta la única forma en la cual el 11 de Septiembre del 2001 es recordado por los estadounidenses. Justo a una cuadra del Memorial, ciudadanos comunes y corrientes exhiben pancartas, afiches y vídeos donde cuestionan la versión oficial de los hechos. Denuncian los atentados como una especie de conspiración orquestada por fuerzas oscuras que habitan el país. La simpleza de su exposición contrasta con la majestuosidad del Memorial. A la intemperie promueven su contra-memoria ante las miradas indiferentes y acusadoras de los transeúntes. Uno que otro se acerca con actitud desafiante y desmiente la versión alternativa. No en pocas ocasiones las discusiones se tornan airadas. Mientras tanto, la solemnidad del Memorial es incorruptible. Un letrero advierte a los visitantes que ninguna manifestación que perturbe la calma del sitio será tolerada, aclarando así que las guerras por la historia no tendrán en el Memorial un campo de batalla. 

miércoles, 18 de marzo de 2015

Cartagena y sus nuevas murallas


En días pasados sucedió lo impensable. Un barrio estrato cuatro recurrió a los medios que durante años los barrios más humildes habían implementado para hacerse escuchar. Los residentes de El Recreo, al sur de Cartagena, bloquearon con llantas y troncos de madera coronados en fuego una avenida cercana para manifestarse en contra de la inseguridad que por estos días los azota, pero en particular en contra de la determinación de la Alcaldía Menor del sector de retirarles unos enormes portones que habían colocado en medio de algunas de sus calles con tal de impedir el flujo indiscriminado de motos. Para ellos, ha sido esta la causa de los constantes atracos a mano armada que se registran en sus calles. 

Bloquear una calle sin autorización previa es un acto ilegal, y eso esta fuera de discusión. Mas el hecho de que lo sea no le hace menos comprensible. Esta ha sido una medida desesperada por parte de ciudadanos que sienten que sus suplicas no han sido debidamente atendidas, y que por lo tanto se vieron forzados a actuar por encima de las determinaciones de la ley. Y no es el único caso. A lo largo y ancho de la ciudad se levantan nuevas murallas, que no tienen por objeto impedir el acoso de los piratas y bucaneros como su contraparte colonial, sino la de proteger a los residentes de los azotes de la delincuencia.  

La violencia nos ha conducido a extremos inimaginables. Por fuera del respaldo cada vez mas extendido a las violaciones a los derechos humanos como una estrategia para lidiar con la violencia (sea en la forma de limpieza social o linchamientos públicos), la inseguridad ha traído consigo que los ciudadanos deseen auto-segregarse, encerrarse entre muros para evitar al otro, negándose así mismos a interactuar con terceros, y en consecuencia, creando fracturas sociales que con el tiempo serán irreparables. Terminaremos viviendo en una ciudad de extraños, donde cualquier desconocido será visto con sospecha y donde reinará el miedo siempre que nuestros pasos nos lleven mas allá de nuestro pequeños feudos. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Cuando Cartagena era nuestro patrimonio ...

Bud Spencer en Banana Joe (1982)

Banana Joe (1982) es una comedia italo-alemana protagonizada por el icono del cine italiano Bud Spencer. Narra la historia de un bonachón comerciante de plátanos que se desvivía por mantener a sus 20 hijos adoptivos, con quienes vivía en una remota isla perdida en medio de la nada, y de donde solo salía para vender sus plátanos río abajo. A pesar de ser un poco torpe y desubicado, era de gran corazón, y luchaba en contra del mundo moderno con tal de preservar el bienestar de su enorme familia. Aunque divertida, la película y su narrativa carecían de mayores ambiciones. Para nosotros bien podría pasar desapercibida de no ser porque la película fue filmada en Cartagena a inicios del años 80, convirtiéndose así en un documento fílmico único para conocer un poco de los ritmos de la ciudad en aquel entonces.

En la historia, Banana Joe, forzado por el destino, se ve obligado a ir a la ciudad y a perderse en su maraña. Ajeno a la "civilización", apenas logra escapar con éxito de ella y lograr su cometido. Lo fascinante de este episodio de la trama es la ciudad que se abre ante sus ojos. Caótica, llena de trafico, de gente, y de vendedores ambulantes por doquier. Era el centro histórico de Cartagena. Pero aquel poco tenía que ver con el centro histórico de hoy en día. 




El centro de la ciudad era en ese entonces bastante similar a como aparece en la película: caótico y muy concurrido. El transporte público de buses destartalados se paseaba por sus calles, cual chimeneas andantes, y el comercio popular estaba por todos lados. Al mediodía marejadas de estudiantes de escuelas públicas y privadas salían apresurados para tomar los buses y partir hacía sus barrios. Habían escuelas todavía. Y no eran pocas. El Hospital de Santa Clara hacía muy poquito había cerrado sus puertas, y aún funcionaba el Hospital Naval cuando reposaba sobre el Baluarte Francisco Javier. El Mercado de Getsemaní había sido demolido años antes, y con él se había ido una buena parte del bullicio que se armaba en el Camellón de los Mártires. Pero todavía quedaban los puestos de jugos en el Muelle de los Pegasos. Y todavía se armaban los trancones descomunales frente a la Torre del Reloj. Pero en el curso de los años 80 (en un proceso que ya venía de antes) el centro cambió. Las instituciones públicas y privadas fueron abandonando el centro, mientras el sector turístico se apropiaba centímetro a centímetro lo que la Cartagena vieja dejaba a su paso. Y cada vez menos los cartageneros dejaron de acudir al centro. Este se convirtió años después de filmada la película en Patrimonio Histórico de la Humanidad, aunque irónicamente, dejando de ser el patrimonio común de los cartageneros. Aún el centro histórico de inicios del siglo XXI, él que yo conocí, guardaba una semejanza con el de inicios de los 80. Las busetas entraban casi todas al centro, desde donde hacían su retorno a los barrios. Al igual que muchos yo solía tomar el transporte frente a la Torre del Reloj haciéndole el quite al trafico y a los vendedores ambulantes que se aglomeraban en la zona. De aquello queda muy poco. Frente a mis ojos desapareció el transporte público, los vendedores de jugo del Muelle de los Pegasos, y por si fuera poco el muelle mismo. Centímetro a centímetro hemos perdido la ciudad que por poco se devora a Banana Joe y que apenas pude conocer.