lunes, 31 de octubre de 2016

¿Porqué el exterminio de la Unión Patriótica no es un genocidio?



El exterminio de miles de militantes de la Unión Patriótica por parte de una alianza entre fuerzas de extrema derecha, narcotraficantes, y agentes del Estado colombiano constituye uno de los episodios mas vergonzosos de la historia del país. No solo demuestra la degradación del conflicto armado, sino que confirma la precariedad de nuestro sistema democrático. En las ultimas dos décadas, los esfuerzos para que se haga justicia han tenido conquistas notables. Se declaró el exterminio de la Unión Patriótica como un crimen de Estado y en consecuencia, el Estado colombiano reconoció su responsabilidad y pidió perdón a las victimas y sus dolientes. La existencia jurídica del partido fue restablecida, y los supervivientes, algunos de ellos aún en el exilio, reorganizaron el movimiento y han participado en las últimas elecciones, con resultados mas bien modestos. Algunos perpetradores han sido llevados a juicio y finalmente condenados. 

En todos estos años las victimas han insistido en que el exterminio de la Unión Patriótica sea reconocido como un genocidio, y de esta forma elevarlo al nivel de los crímenes mas repudiables en contra de la humanidad. Los esfuerzos han sido infructuosos, y nada advierte que llegarán a feliz termino. Sin importar el grado de barbarie demostrada en el exterminio, este no puede ser considerado un genocidio porque no existe un marco legal que lo permita. El Estatuto de Roma, el instrumento constitutivo de la Corte Penal Internacional, y la Convención para la Prevención y el Castigo del Genocidio de las Naciones Unidas, definen el genocidio como el exterminio, total o parcial, de una comunidad nacional, étnica, racial o religiosa. El exterminio de una colectividad política queda excluido de la definición. 

Las raíces de tal distinción se remontan a los debates sostenidos en la ONU tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Tras haberse revelado la barbarie detrás del Holocausto, la comunidad internacional diseñó un cuerpo de leyes destinado a prevenir la repetición del más abominable de los crímenes. El primer borrador de Convención para la Prevención y el Castigo del Genocidio de 1948 incluyó las matanzas políticas como un tipo de genocidio. La Unión Soviética se opuso vehementemente a esta provisión, quizás temerosa de que la violenta persecución que Stalin fraguaba en contra de sus opositores cayera bajo el escrutinio de la comunidad internacional. Otros países respaldaron la moción de la Unión Soviética, previendo que esto pudiera servir como excusa para la intervención de terceros en un asuntos internos. 

¿El asesinato premeditado de mas de tres mil militantes asociados a la Unión Patriótica es menos grave que cualquiera de los genocidios acontecidos a lo largo de la historia reciente? En algunos casos, probablemente no. Pero la sanción para sus perpetradores será menos severa en virtud de las frías maquinaciones de actores políticos ajenos a la realidad colombiana. Esto demuestra la subjetividad de lo que se presume objetivo: la ley y su aplicación. Indistintamente del concepto manejado por la Corte Penal Internacional o las Naciones Unidas, no existe consenso en cuanto a su contenido y uso. Negar que el Holocausto fue un genocidio puede llevar a la cárcel a cualquiera en Alemania. Afirmar la existencia del genocidio en contra del pueblo armenio podría traer consigo los mismos riesgos en Turquía. En todo caso, insistir en que el exterminio de la Unión Patriótica es un genocidio constituye un acto reivindicatorio justo y comprensible, aunque la historia ya haya obrado en contra de quienes lo afirmen. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Yo votaré por el "No" en el plebiscito



De haber nacido en Chile, y de haber estado allí en 1988, sin lugar a dudas hubiese dicho: "Yo votaré por el No en el plebiscito". El 5 de Octubre de aquel año los chilenos debieron responder si querían que el General Augusto Pinochet permaneciera en el poder por ocho años más. Desde aquel fatídico 11 de Septiembre de 1973, Pinochet había gobernado el país y suprimido toda forma de oposición a través de la eliminación física de sus contradictores. Muchos otros, mas afortunados, se marcharon al exilio a esperar la caída de la dictadura. Tomo 15 años para que el pueblo chileno pudiera asestar el golpe definitivo y remover a Pinochet del cargo.

El "No" ganó con un modesto 55%. Se dice que la clave de su victoria fue elaborar una campaña que le apostaba a la esperanza de los chilenos por un mejor mañana (De ahí el eslogan Chile, la alegría ya viene, y el vídeo que le acompañaba). Mientras la campaña por el "No" miraba hacia el futuro, la del "Si" miraba hacia el pasado. La campaña de los últimos centró su estrategia en atemorizar a los votantes con la premonición que sin Pinochet Chile volvería a los aciagos tiempos de la crisis de 1973, y que el país regresaría a las fauces del comunismo. Mientras el "No" apeló a la esperanza, el "Si" apeló al miedo.

En menos de un mes los colombianos se enfrentarán a un dilema de proporciones similares al de los chilenos. Deberán decidir si respaldan los acuerdos de paz que sellarían el conflicto entre las FARC y el Estado colombiano, o si por el contrario rechazan lo pactado para así prolongar a una guerra que a la fecha ha cobrado mas de 300.000 vidas. Acá los factores se invierten. Mientras el "Si" le apuesta a la idea de una Colombia mas prospera y en paz, el "No" recurre a cultivar el miedo entre sus seguidores, y les augura un país sumido en el hambre y en una violencia de proporciones desconocidas. El 3 de Octubre sabremos si los colombianos acatan el llamado de los últimos, o si deciden, como la dijera la canción del "No" en Chile, "vencer a la violencia con las armas de la paz".

sábado, 20 de agosto de 2016

Pese al oro ... es racismo



En una columna de opinión de hace unos días titulada: "Pese al racismo ... es oro", el historiador Alfonso Cassiani polemizaba sobre la errática elección del abanderado de Colombia en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos. Califica de injusto que no se hubiera elegido a Catherine Ibargüem a pesar de sus pergaminos, y sugería que el racismo, de la mano de intereses estrictamente económicos, le robaron ese honor que merecía por derecho propio. Cassiani concluye destacando que irónicamente todos los medallistas hasta ese entonces habían sido afrodescendientes. Fueron ellos los que sacaron la cara por el país. 

Tras las victorias de Oscar Figueroa, Catherine Ibargüem, Yuberjen Martínez, Ingrit Valencia, Luis Mosquera, y Yuri Alvear, las redes sociales se inundaron de agradecimientos a nuestros "negritos" (si, en diminutivo) por haber dejado en alto el nombre del país, a pesar de las adversidades, de la falta de apoyo, y el racismo. De seguro con los años, la leyenda de los medallistas olímpicos pasará de los podios a las páginas de la historia nacional, donde sus nombres se sumarán a la lista de los afrocolombianos mas destacados. Es apenas justo y necesario. Sin embargo, hacer esto encierra un peligro inadvertido cuyas consecuencias podrían ser lamentables. 

De adolescente recuerdo haber repasado una y otra vez los listados de afrocolombianos notables y sentirme decepcionado al ver que en su mayoría eran deportistas o artistas, y en menor medida escritores. Como si su contribución al país se hubiese limitado a esas áreas. Nunca recuerdo haber leído sobre Luis Robles, Manuél Mosquera Garcés, Diego Luis Córdoba, Dorila Perea, Nazly Lozano Eljure, ni mucho menos sobre Juan José Nieto, el primer y único presidente negro que ha tenido el país, y que fue sistemáticamente excluido de los anales de la historia patria.  Ni hablar de José Prudencio Padilla, defenestrado y muerto por Simón Bolívar, cuyo memoria, aunque notoria, no goza de la prominencia de la de los próceres blancos, aunque sus méritos fueran superiores. 

No ha sido por falta de referentes que estos listados han resaltado la contribución de artistas y deportistas, para relegar la de hombres y mujeres de estado. En Colombia ha ocurrido algo similar a lo que ha pasado en Brasil, donde se ha insistido tanto en el aporte cultural de los afrodescendientes que solo se les ve como "ciudadanos culturales", incapaces de destacarse en un campo distinto al cultivo de las artes o el deporte. Esto ha limitado la capacidad de los movimientos étnicos para acoger causas como la desigualdad social y económica, y le he restado visibilidad a los movimientos que si han intentado hacerlo.  Inclusive, ha conducido a que el racismo solo sea visto como un problema cultural, desatendiendo sus conexiones con la pobreza material que aqueja a las mayorías afrodescendientes

Lo peor de todo es que solo destacar el aporte de los afrodescendientes en el deporte y las artes puede terminar reforzando los estereotipos que alimentan el racismo. A los negros se les ha visto siempre como poseedores de cualidades físicas excepcionales, debido a una supuesta complexión casi animalesca. Se les ve igual como seres embriagados de una felicidad festiva ilimitada que se desborda en sus manifestaciones artísticas.

No existen mayores peligros en destacar las victorias de los deportistas (o artistas) afrocolombianos. Sus logros son en efecto el resultado de una serie de pequeñas luchas en contra de las dificultades que sus semejantes deben sortear tan solo en virtud de su color de piel. Pero no olvidemos que el aporte de los afrodescendientes tiene mucha más trascendencia aún. No hagamos que nuestras próximas generaciones piensen como pensaba "El Flecha", el malogrado boxeador narrado por David Sanchez Juliao, quien decía: "A uno como negro no le queda otra alternativa que el ring y la fama ... porque las demás profesiones son oficios pa' blancos". 

martes, 26 de julio de 2016

Cuba en el final de los viejos tiempos



Al llegar al Aeropuerto José Martí de la Habana, la primera impresión que se tiene es que se está en una terminal de transportes en vez de en un aeropuerto internacional. El amarillo desgastado de los muros genera una sensación casi tan desoladora como la de la fila interminable para cambiar la moneda extranjera por el peso cubano convertible (por todos conocidos como CUC), que es distinta a la moneda nacional que se supone es de manejo exclusivo de los cubanos. La escena recuerda la imagen que todos tenemos de Cuba: un país hecho museo, que debido a los azares de la historia se quedó estancado en los años 50. Nada mas lejos de la realidad, una vez se sale del aeropuerto se encuentra uno con una hilera de taxis de modelos recientes, dispuestos para recibir al turista mas aventajado. Para los cubanos, y los visitantes de recursos mas bien modestos, aún quedan los viejos carros gringos de cualquier modelo anterior a 1959, y los Lada, unos diminutos carros importados de la Unión Soviética que compensan el tamaño con la velocidad y el consumo moderado de combustible. Cuba es entonces, como el resto de América Latina, una sociedad de contrastes, que parece estar dividida en dos (o quizás en muchas mas partes): una realidad para los cubanos de a pie, y la otra, la que se dispone para recibir al visitante y brindarle una cómoda estadía, tanto como lo permita la austeridad de la economía nacional. 

En Cuba poco importa cual es el motivo de tu visita, siempre que seas extranjero serás tomado como turista, y un turista, tanto para los nacionales como para el gobierno es fundamentalmente una fuente rica en divisas extranjeras. Y ambos harán lo que sea necesario para que dejes tanto como puedas en la isla. Es un asunto de supervivencia. Las divisas extranjeras, sean en forma de remesas o través del comercio turístico, han ayudado a la economía nacional a superar los momentos más críticos, que desde el inicio del bloqueo han sido muchos. 

Por otra parte, para los cubanos comunes y corrientes, un par de dolares (o mas bien, un par de CUC, porque la posesión de dolares les está formalmente prohibida) les puede resolver la semana. Aunque el régimen se enorgullece de haber erradicado al hambre del suelo cubano, los nacionales no la tienen fácil. El mercado que religiosamente les asigna el gobierno cada mes, y que debiera rendir hasta la próxima entrega, se les suele agotar a mitad de camino, dejándolos a su suerte. El salario mínimo es bajo, dado que se parte del hecho que el estado ya les ha garantizado lo básico: salud, educación, alimentación y vivienda. Al menos en teoría es así. 

Lo que el estado no cubre, el cubano se lo rebusca. Nada es mas cubano que la capacidad de la gente para sobreponerse a las carencias. Que un Lada siga pavoneándose por las calles de la Habana solo puede ser obra de un Dios misericordioso o del talento de los cubanos para alargar la vida útil de las cosas. Si hay algo que el gobierno no les garantiza es el consumo de bienes y servicios distintos a los estrictamente básicos. Y los cubanos de hoy, aún ajenos a los rigores del sistema capitalista convencional, también desean consumir. Se demuestran aburridos por la austeridad, y la mesura en los gastos, y siempre que pueden se dan sus pequeños lujos: una pizza en el restaurante de la esquina, o una cerveza extranjera (por lo general Heineken o Presidente, una cerveza dominicana) en un bar frecuentado por turistas. Un campesino de 17 años que conocí en Pinar del Río, y cuyo nombre no recuerdo, quizás porque nunca me lo dijo, o por la combinación desafortunada de mojitos y cerveza Presidente, me contaba orgullosamente de una aventura de un fin de semana en la Habana en la cual gastó mas de 200 CUC, una fortuna para cualquier cubano. Él, animaba su historia diciendo: "El campo te estanca", aludiendo a sus ansias de salir adelante, de ser alguien, y superar la provincialidad a la que le condenaba vivir tan lejos de los lujos que le concedía la vibrante Habana. 

Quizás para él, al igual que para muchos cubanos, el final de los viejos tiempos advierte la venida de cosas mejores. Todos están a la expectativa de lo que les depara tras la normalización de las relaciones con los Estados Unidos. Mientras unos escapan apresuradamente de la isla, para poder entrar en los Estados Unidos, y gozar del privilegio migratorio que les otorga ser "refugiados del comunismo", otros aguardan pacientemente por los cambios promisorios. Aún los mas leales seguidores del régimen. A Roberto lo conocí en la Habana, donde atendía una tienda de libros. Era un viejo en sus setenta años, pero con una lucidez envidiable, y con esa labia que les caracteriza a los cubanos. Había vivido los días mas álgidos de la historia reciente de Cuba. Me contó donde le había cogido la gloriosa entrada de Fidel a la Habana, un 1 de enero de 1959. Roberto cuenta que él dormía plácidamente en su casa del centro de la Habana, cuando su padre le despertó para decirle que los rebeldes habían entrado en la ciudad, y que Batista ya había partido. Él se vistió con los colores de la guerrilla vencedora, rojo y negro, y marchó en una caravana que recorrió la avenida 10 de Octubre. Al llegar al Capitolio, presenció las últimas escaramuzas entre los rebeldes y los soldados leales a Batista que se negaban a rendirse. 

Roberto recuerda aún con nostalgia la simpatía que a casi todos inspiraba Fidel. Pero aclaraba que todos habían sido revolucionarios, "hasta que Fidel les comenzó a pisar los cayos". Hoy ve las cosas con mas mesura, aunque se muestra ansioso por lo que el llamó, si entrar en mas detalles, la falta de determinación de Obama. Aún siendo leal, Roberto aguarda por los cambios. Todos, fieles al régimen o no, aguardan por el cambio, aunque difieren en como se imaginan la Cuba del futuro. Para unos, debe abrirse al mundo, convertirse en una sociedad de mercado, y restablecer la democracia pluralista. Para otros, se debe preservar lo mejor del comunismo, bajo el cuidado vigilante del estado. 

Lo que está fuera de discusión es que las cosas deben cambiar. Ya pocos aguantan la carencia abrumadora de todo y cuanto es básico en cualquier rincón del mundo. No por nada algunos dicen que la mejor comida cubana se consigue en Miami. La dieta alimenticia de la mayoría de los cubanos carece de carne de res (que es el ingrediente primordial de la "ropa vieja", el plato cubano por excelencia) debido a la escasez histórica de ganado vacuno, y que el bloqueo solo ha empeorado. Las pocas vacas que hoy existen están consagradas a la producción de lácteos, que el gobierno se esmera por poner en la mesa de cada hogar. Cualquier fruto que no se pueda producir en suelo cubano es casi un lujo. Los establecimientos comerciales lucen siempre vacíos y medio lúgubres. Pero nada me resultó tan perturbador como la falta de disposición del personal. En cada lugar al que acudí, salvo aquellos donde la promesa de una propina en CUC marcaba la diferencia, los empleados eran poco diligentes, servían con desgano, economizando siempre las palabras y las sonrisas, todo con un desanimo contagioso que terminé asimilando al final de mis días en la isla. Es como si la austeridad generalizada les hubiese consumido la simpatía. 

Las carencias a veces cobran un nivel que desafía el signo mismo de los tiempos. En un discurso dado en 1960, el Che Guevera comentaba que Cuba, a pesar de las iniquidades de los años de Batista, se vanagloriaba de poseer cuatro o cinco canales de televisión. Irónicamente, mas de medio siglo después, Cuba sigue teniendo el mismo numero de canales, todos un contenido mas bien modesto, y con una calidad técnica que desdice de aquellos años en que eran ellos los que instruían en la producción temprana de televisión en América Latina. Fueron técnicos cubanos los que diseñaron el sistema de televisión colombiano inaugurado en 1954. 

El destino de Cuba es incierto. Ni siquiera está claro si Fidel está al tanto de todo. Se dice que apenas goza de unas cuantas horas de lucidez al día, aunque sus pocas apariciones públicas parecen demostrar lo contrario. Lo cierto es que todos se alistan para lo que está por venir. Todos sin distinción de sus filiaciones políticas. En el futuro próximo difícilmente una sola voz será la que marque el ritmo de los acontecimientos. Los cubanos de allá, los nacidos en Estados Unidos, serán un interlocutor que no podrá ser fácilmente ignorado. Las nuevas generaciones no han heredado los odios de sus abuelos. Critican por igual al régimen comunista de la isla y al republicanismo de extrema derecha que exhiben los primeros emigrados a Estados Unidos. Mientras el liderazgo tradicional de la comunidad cubano-americana en la Florida criticó los avances de Obama con respecto a Cuba, los jóvenes han celebrado la iniciativa, y poco les importa si eso favorece o no la prolongación del régimen.   

Como quiera que se den las cosas, sería lamentable, y constituiría una traición desafortunada a la gesta histórica del pueblo cubano que se perdieran las cosas que libraron a Cuba de la miseria que existe a lo largo del "tercer mundo": un sistema de salud universal, educación pública y gratuita, vivienda digna, y seguridad alimentaria. Todas ellas otorgadas a medias, pero otorgadas al menos. En otras cosas hay que corregir el rumbo radicalmente. En algunas de ellas, el estado demostró buena voluntad, pero poca eficiencia. Igual, como comentaba Osmani, otro joven campesino que conocí en Pinar del Río, " aquí el gobierno piensa las cosas bien, pero mal". 

Cualquiera que fuera el devenir de Cuba, todas las naciones del tercer mundo, pero en especial las de América Latina, están llamadas a velar por el bienestar del pueblo cubano. Con ellos tenemos deudas sin saldar. Por las misiones médicas que enviaron a cada rincón del planeta, por apoyar las gestas revolucionarias en Angola, el Congo, Centroamérica y el Caribe, por haber acogido a los exiliados republicanos que huían del Franquismo, e inclusive por haber sido la cuna de Pedro Romero, el prócer popular de la independencia de Cartagena. En este momento no le podemos dar la espalda a Cuba. 

viernes, 6 de mayo de 2016

La revolución será integral o no será



No existe una sola causa que por justa que sea no de pie a exclusiones. Sujetos históricos que han luchado por defender sus derechos, en muchas ocasiones lo han hecho a partir de la exclusión de otros sujetos igual de oprimidos. Los ejemplos abundan. En los Estados Unidos, personas de la población LGBT, en la lucha por construir espacios tolerantes donde puedan expresar libremente su identidad de género, se han convertido en gestores de la gentrificación, desplazando así a pobladores de ingresos más modestos y a minorías raciales de las centralidades urbanas. Cesar Chavez, la cara visible del movimiento de los trabajadores agrícolas en el sur de los Estados Unidos, y por demás, una de las figuras mas prominentes entre los latinos, era un abierto opositor a la inmigración mexicana, que en su concepto era una herramienta de los empleadores para abaratar la mano de obra. No existe una solución única para enfrentar lo que para mucho puede ser una falta de coherencia en el seno de los movimientos sociales. Pero ciertamente es importante crear canales de dialogo entre las distintas expresiones políticas que se gestan al interior de la sociedad, promover la integralidad de causas por encima de las diferencias de clase, raza, y genero. No es una tarea fácil. Algunas causas se enfrentan y se anulan entre sí de manera inadvertida. No siempre es así. En muchas ocasiones, solo se trata de prejuicios tan encarnados en el modo de ser de las sociedad, que ni la causa mas justa se libra de ellas. La izquierda latinoaméricana ha sido catalogada por muchos como una izquierda conservadora. Los comentarios homofóbicos de parte de Evo Morales, la negativa de Rafaél Correa de respaldar movilizaciones por las libertades de género, y la actitud distante de parte del chavismo frente a la causa LGBT son ejemplo notorios. No es de extrañarse que en Colombia, un país gobernado por las derechas de manera ininterrumpida en los últimos 20 años, se hayan dado muchos mas avances en la materia que en sus similares sudamericanos. De modo tal, que el dialogo franco y sensato entre los sujetos históricos que luchan por sus propias libertades debe ser prioridad. Organizarse en torno a un enemigo común, y no dividirse en base a las diferencias existentes, debiera ser la premisa. 

viernes, 1 de abril de 2016

Mi identidad al desnudo


No suelo utilizar este espacio para hablar de mi, aunque si lee entre lineas todo lo que escribo tarde o temprano terminará por conocerme. Hoy haré una excepción. Hoy hablaré de mi, y pondré mi identidad al desnudo. Hacerse a una identidad no ha sido fácil. He estado persiguiendo una por años. A veces siento que me desconozco tanto como me desconoce usted. Mis gustos son tan desviados que no hablan muy bien de mi. Por eso no puedo construir una identidad sobre la base de ellos. Nací en Cartagena, pero nunca me sentí muy cartagenero. Ninguno de mis padres nació allí. Odiaba las fiestas novembrinas, y solo supe de la existencia de las Fiestas de la Candelaria cuando cumplí los 17 años. Mi acento es indescifrable. Aprendí a bailar a destiempo, y todavía creo que lo hago a medias. Hablo muy poco para ser costeño, y demasiado como para ser cachaco. Descubrirme como persona ha sido el rompecabezas más difícil de armar.

Un buen día quise hacerme a una identidad racial. Pero el asunto resultó mas complicado de lo que yo pensaba. ¿Que era yo? Me decían blanco, pero no me sentía como tal. Me sentía mestizo, pero mi abuelo de piel morena me complicaba la película. Las historia de la familia habla de dos patriarcas, ambos del Departamento del Magdalena, de donde se desprenden mi rama paterna y materna. Se cuenta que uno de ellos era un hombre negro y de cabello ensortijado, y que el otro era blanco, rubio, y de ojos claros. El primero se quedó en el Magdalena, mientras el segundo se aventuró hacia los Montes de María. Eso explica que mi abuelo materno fuera de piel morena, y que mis primos por parte de padre tengan la piel tan clara que no parecen costeños.

Cuando me fui de Colombia llegué a un país donde las barreras raciales estaban estrictamente demarcadas, donde se es blanco o negro, donde no existen puntos intermedios. Acá no era blanco, ni mestizo. Era latino, y por consiguiente una persona de color. Jamás me había sentido tan cómodo con una categoría racial. Pero con el tiempo descubrí que esa categoría agrupaba a gente muy diversa. Ya sabía que no era blanco, pero seguía sin saber quien era. Entonces tomé una decisión radical. Iría hasta lo más profundo de mi naturaleza humana, y exploraría el origen de la sangre que corre por mis venas. Me hice un examen de ADN para determinar mis orígenes étnicos. Hoy llegaron los resultados. Soy 45% Europeo, 29% Indo-Americano, y 24% Africano. Para cerrar la cifra, soy un 2% del Medio Oriente. Mis ancestros provienen de 4 de los 5 continentes. Resulté siendo un hijo del mundo. Lo mas sorprendente, y quizás fascinante, es que no tengo tantas raíces ibéricas como esperaba. Tengo tan solo un 26%. Soy 13% italiano/griego, cosa que no estaba en mis cálculos. Para mi tranquilidad puedo decir que soy hijo de África también. Mis ancestros vinieron esclavizados de Nigeria y Senegal principalmente. Soy hijo de Yemayá, de Orisha y de Shango. Soy afro-descendiente. Mi ADN lo confirma. Irónicamente, mis raíces son mas de otros continentes que del americano. Pero eso confirma algo mas trascendental que los porcentajes no pueden explicar: soy un hijo del Caribe, de aquel lugar en donde convergieron civilizaciones milenarias de cada rincón del planeta, donde españoles, judíos, chinos, africanos, caribes, tainos, holandeses, y muchos otros se mezclaron para construir lo que fuera para muchos la cuna de la modernidad occidental. Mis raíces están tan entreveradas como las del manglar, que se eleva sobre las aguas majestuosamente, pero solo porque está aferrado a la tierra por ese rizoma que parece venir de ningún lado, y al mismo tiempo de todas partes. 

domingo, 27 de marzo de 2016

La paz después de la paz



Ayer un par de delincuentes motorizados le cegaron la vida a tres uniformados que hacían labores de rutina en las calles de Cartagena. Uno de ellos era tan solo un Auxiliar Bachiller que no tuvo ni la oportunidad ni los medios para defenderse. Años atrás, el mejor destino para quien debiera prestar el servicio militar era prestarlo como Auxiliar Bachiller. El peor de todos era ser enviado al monte a combatir la guerrilla. Era como una sentencia de muerte. Hoy, cuando la firma de un acuerdo definitivo con las FARC avanza a paso lento pero seguro, pareciera ser todo lo contrario. Tras la consecución de la paz, el flagelo de la violencia pasará de las montañas y selvas a los centros urbanos, y dejará de ser ese fenómeno tan natural, pero ajeno, que solo parecía afectar a la gente del campo. En Colombia, la violencia  no es solo un asunto de rebeldes alzados en armas y guiados por un ideal. Se manifiesta a través de múltiples formas. Hoy la delincuencia común cobra muchas mas victimas que el conflicto armado. Y es que la violencia en Colombia es un problema estructural que requiere de soluciones estructurales. Si no se corrigen las causas que le dieron origen al conflicto armado, la violencia mutará a otras formas mas letales y mas difíciles de controlar. Se correría el riesgo de repetir la historia de los países centroamericanos, que acordaron el fin de sus guerras civiles, tan solo para convertirse en los países mas violentos del hemisferio occidental por cuenta de la delincuencia común. La desigualdad, el nepotismo, y la plutocracia, las que fueran las causas de su violencia política, siguieron vigentes tras la firma de la paz, y terminaron sembrando mas violencia. No importa si la paz con las FARC se acuerda en marzo, en abril, o antes de la Navidad. Si no nos disponemos a rehacer este país, seguiremos llorando nuestros muertos como lo hemos venido haciendo desde siempre.