martes, 19 de junio de 2018

#LaResistencia



El uribismo está de vuelta en el poder. Controla una buena parte del legislativo, y se presume que controlarán el poder judicial. Semejante concentración del poder se asemeja a la Venezuela de hoy en día, o al Perú durante el reinado de Alberto Fujimori. Uribe gobernará en cuerpo ajeno y de la mano de una coalición de fuerzas fundamentalistas y ultra-conservadoras, enemistadas con la paz y las reformas liberales y democráticas logradas en los últimos años. 

A pesar de todo, los resultados de las elecciones son alentadores. El uribismo no ganó de manera contundente. De 18 millones de votantes, 8 millones dijeron no al uribismo, y por primera vez en la historia, votaron ampliamente por un candidato de izquierda, que a la postre, había sido guerrillero durante su juventud. Esto confirma la lenta pero consistente marcha de una mentalidad liberal, progresista y sin dejos de polarización. Inspirados por los resultados de las elecciones muchos han llamado a organizar la resistencia activa y pacífica en contra del nuevo régimen. La pregunta clave es: ¿Cómo? 

En principio sobra decir que el liderazgo es indiscutible. Gustavo Petro es quizás el líder de izquierda más importante de los últimos tiempos, con una popularidad apenas comparable a la de Jorge Eliecer Gaitán. No sólo le respaldan los 8 millones de votos, sino su paso por la Alcaldía de Bogotá y el Senado de la República. Pero un verdadero movimiento de resistencia debe ir más allá del liderazgo de un individuo. En este momento el paso a seguir debe ser la conformación de un frente amplio que agrupe a las fuerzas disidentes y progresistas del país, por encima de las ideologías y los metarrelatos. La numerosa votación de Petro se debe en gran medida a su capacidad para seducir a sectores tan diversos como la izquierda más radical y el centro-ideológico. En la unidad está la clave. Es imperativo restaurar el ideario que dio vida a Alternativa Democrática, una coalición de "izquierdas", usualmente enemistadas, que decidieron cerrar filas para enfrentarse al enemigo común: el uribismo en sus primeros años. De allí surgió el Polo Democrático Alternativo en el 2005, hoy malogrado y debilitado por las luchas intestinas. 

Un nuevo proyecto unitario debe ir más allá de las "izquierdas" tradicionales, los movimientos, y partidos. Debe sumar a las organizaciones de base, a las ONG's, sindicatos, gremios, y a las Juntas de Acción Comunal en el campo y la ciudad. Pero no debe sumarlos como una masa uniforme, maleable, y transferible. El gran error de la izquierda colombiana durante el siglo XX, como lo advierte el historiador Mauricio Archila, fue acercarse a la sociedad civil sin el debido respeto, asumiéndose como la vanguardia revolucionaria, y desconociendo su amplia trayectoria de lucha por reivindicaciones sociales y económicas. Un frente amplio debe ser transversal, y abrazar causas en los ámbitos de clase, raza y género. La pobreza es multidimensional. No afecta por igual a las mujeres, a los negros, a la población LGBT, o a los indígenas. La explotación, el racismo, el patriarcado, y la homofobia se desprenden de la misma rama, y todos debe ser combatidos. Hay que romper el androcentrismo heteronormativo de la izquierda colombiana, y construir nuevos liderazgos. La defensa de los derechos humanos debe ser integral, sin desatender los derechos sexuales y reproductivos, los derechos medio-ambientales, y culturales. Hay que romper la jerarquía centro-periferia, y permitir que las regiones marquen la pauta. Fue allí donde el uribismo fue derrotado en las urnas, y es allí donde están las bases para construir la resistencia. La resistencia, por último, debe ser colectiva, de masas, pero al mismo tiempo individual y espontanea. Que cada individuo, desde su propia trinchera, sepa que está trabajando para construir un país distinto. Que la lucha sea de todos, y que la resistencia nos sea nuestra. 

miércoles, 13 de junio de 2018

Colombia jamás se convertirá en otra Venezuela ¿Por qué?



"Un fantasma recorre Colombia: el fantasma del castrochavismo. Todas las fuerzas de la vieja Colombia se han unido en santa cruzada para acosar este fantasma: el uribismo, los fundamentalistas cristianos, la derecha, y algunos sectores de centro." Si existiera un "Manifiesto del Partido Castrochavista" de seguro iniciaría con estas palabras. Pero no existe. Ni existirá. El castrochavismo no es un proyecto político, ni una ideología, y mucho menos, un metarrelato. Es una falacia (o quizás un fantasma) utilizada por sectores conservadores, de centro y derecha para advertir a los colombianos sobre un peligro que no existe. Y ese peligro es que Colombia se convierta en otra Venezuela. La falacia del castrochavismo, un término acuñado por el uribismo, ha sido usado para persuadir a los colombianos de que no votaran por Juan Manuel Santos en las elecciones del 2014, para que no aprobaran los Acuerdos de Paz con las FARC en el 2016, y más recientemente, para que no voten por Gustavo Petro en las elecciones del 2018. En pocas palabras, la victoria de cualquiera de estas opciones habría de conducir a que Colombia replicara el desafortunado precedente de la vecina Venezuela. 

La falacia del castrochavismo parte de un absurdo: que un país puede convertirse en otro. Es imposible. Jamás desde la formación de los estados-nacionales en la Europa moderna un país ha tirado por la borda su propio devenir histórico para convertirse en otro. Desde el momento en que se desmoronó la Gran Colombia en 1831, Colombia y Venezuela emprendieron rumbos distintos. A pesar de los lazos históricos compartidos, cada país tuvo sus propios derroteros, con encuentros y divergencias. Absurdo sería desconocer los designios del tiempo y asumir que después de casi dos siglos de andar por caminos distintos uno de los dos países se habrá de convertir en el reflejo del otro. 

La falacia del castrochavismo se alimenta de otra idea no menos absurda: que toda forma de izquierda, experimento de reforma social, o ideología progresista conduciría a Colombia al callejón sin salida en el que hoy se encuentra Venezuela, como si la formula mágica para entender el problema de vecino país se limite al ascenso del chavismo y la Revolución Bolivariana. La crisis económica del Venezuela tiene hondas raíces históricas que se remontan a inicios del siglo pasado. A diferencia de Colombia, que se esmeró por tener una economía diversificada para no depender de los precios fluctuantes del café, Venezuela mantuvo todos los huevos en una sola canasta. Para 1930, Venezuela era el primer exportador mundial de petroleo, y su economía se basaba casi exclusivamente en sus réditos. Para los años 50, la agricultura representaba tan solo una décima parte de su economía. Por tal motivo, pasó a depender de las importaciones pagadas con las ganancias del petroleo. Pero con cada descalabro en los precios del crudo, Venezuela sufría desabastecimiento. La crisis que hoy sufren los venezolanos es fruto de un problema estructural no resuelto por el chavismo, ni por sus antecesores de izquierda, derecha, o centro. En los años 80, Venezuela vivió también tiempos difíciles debido a las bajas del petroleo: desabastecimiento, inflación, crisis institucional, y problemas de orden público. Todavía perdura en la memoria el Caracazo de 1989, un alzamiento popular en contra de la crisis generada por la caída de los precios del petroleo y las reformas económicas del gobierno de Carlos Andrés Pérez. Cientos de venezolanos fueron masacrados en las calles de Caracas por la policía y el ejercito. 

El chavismo hizo poco para remediar ese problema estructural, y hoy Venezuela sufre los síntomas de una enfermedad que surgió mucho antes. Algunos le llaman la "enfermedad holandesa". Venezuela ha pasado ya por tres episodios distintos desde 1929. Colombia, con una economía más diversificada que la venezolana, con recursos agrícolas superiores, capaz de abastecer a su población sin extralimitarse en las importaciones, no ha experimentado problemas de esa índole. Petro, acusado de simpatizar con el modelo castrochavista, ha propuesto incentivar la diversidad de la economía colombiana para no depender de ningún modo de los hidrocarburos. Ha dicho inclusive que prohibiría el "fracking", el cuestionado método de extracción de petroleo que promete multiplicar la producción, a costa de problemas medioambientales.

Finalmente, hay que decir que la falacia del castrochavismo desconoce que el peor de los escenarios posibles no es que Colombia se convierta en otro país, sino que siga siendo el mismo país de siempre. En su abrumadora ingenuidad los colombianos creen que viven en un país ejemplar. Mientras ellos temen que Colombia se convierta en Venezuela, otros temen convertirse en Colombia. En México ya se habla de la "colombianización" del conflicto para referirse al escalamiento de la violencia de los carteles de droga. No es para menos. Colombia es uno de los países más violentos del mundo, aún considerando el descenso en el número de homicidios desde la firma de los Acuerdos de Paz. Hoy, los seguidores de un candidato en la contienda electoral por la presidencia promete hacer trizas los Acuerdos. La victoria de Iván Duque sería la victoria de un modelo de solución de los conflictos sociales a través del uso sistemático de la violencia. Un modelo que demostró sus flaquezas con los falsos positivos, las numerosas ejecuciones extrajudiciales, y el surgimiento de las BACRIM. Una victoria de Duque significa congelar los esfuerzos por las fuerzas progresistas del país de poner a marchar a Colombia por una senda de unidad, reconciliación y justicia social. En este momento, lo peor que le puede pasar a Colombia es seguir siendo Colombia. 

miércoles, 30 de mayo de 2018

Después del 17 de Junio ...



Los resultados de las elecciones del pasado 27 de mayo dejaron al país en vilo. Aunque todo parecía indicar que Iván Duque y Gustavo Petro pasarían a la segunda instancia, pocos anticiparon que este último le ganaría a Sergio Fajardo tan sólo por unos puntos porcentuales. Con esto, la victoria de Petro estaría supeditada que este logre seducir a los votantes de Fajardo, a quienes votaron en blanco, a los indecisos, abstencionistas, y a la reducida minoría que votó por Humberto de la Calle. El electorado de Fajardo es un hueso duro de roer. Agrupa a detractores del uribismo, militantes de izquierda, aliados del proceso de paz, al igual que a opositores de Petro. No serán pocos los que votarán por Iván Duque para bloquear la victoria de este último. Algunos otros votarán en blanco para evadir toda responsabilidad en la elección de lo que consideran dos extremos: la extrema izquierda y la extrema derecha. Con el tiempo asimilaron el discurso polarizante de la derecha que considera a Petro como la encarnación del castro-chavismo, el socialismo del siglo XXI, el populismo, y la violencia insurgente, a pesar de su plataforma política fiel a los principios de la democracia liberal, el Estado Social de Derecho, y la Constitución de 1991. 

A la fecha los lideres de la coalición encabezada por Fajardo han guardado silencio. El ex-candidato parece insinuar que ni Petro, ni Duque, anticipando un hipotético apoyo al voto en blanco. Jorge Robledo calla, y mantiene a sus militantes del MOIR a esperas de la determinación del líder (cuadro) supremo. Claudia López, sagaz e intrépida, afirma que los votos no le pertenecen, pero desde ya calcula el potencial electoral de cara a las elecciones regionales del 2019.  Así las cosas, y a dos semanas de la segunda vuelta presidencial, reina la incertidumbre. De lo único de lo que podemos estar seguros es que a Colombia le esperan días difíciles sin importar quien se alce con la victoria. De ganar Duque habremos regresado a los aciagos tiempos del uribismo. La represión de la movilización social, el uso sistemático de la violencia para la resolución de conflictos, y la limitación de los derechos y libertades civiles. Las conquistas de los últimos años, incluyendo el acuerdo de paz con la insurgencia de las FARC, quedarían en vilo. Si gana Petro, este tendría que gobernar con un congreso liderado por la derecha, las mafias regionales, y los clanes políticos. Harán hasta lo imposible por bloquear cualquier esfuerzo de reforma social, política, o económica que comprometa sus privilegios. 

Después del 17 de Junio vendrán días difíciles para Colombia. Pase lo que pase los colombianos que soñamos con un mejor país debemos estar preparados para dar la lucha. No bastará con la buena voluntad, ni con demostraciones aisladas de cultura ciudadana, y muchos menos con el activismo vía redes sociales. Quienes aspiren a corregir el rumbo del país deben sumarse a la sociedad civil organizada, a las ONG's, a los sindicatos, a las Juntas de Acción Comunal, y a las organizaciones de base. Tendrán que hacer de cada calle y vereda una trinchera, y desde allí defender las conquistas logradas en los últimos años, y presionar para la ampliación de las mismas. Es necesario articular a las organizaciones que trabajan por separado en ámbitos de clase, raza o género. La movilización y resistencia activa serán claves para enfrentar la arremetida de la derecha y el fundamentalismo. Esta labor le corresponde a todos, no sólo a los líderes martirizados en los rincones distantes del país. Vendrán días difíciles, pero la lucha apenas empieza.  

jueves, 1 de marzo de 2018

La ironía de Venezuela


(El Universal, 1 de Abril de 1970)

Entre los años 60 y 80 eran los colombianos los que emigraban en masa al país vecino.Eran aquellos los buenos tiempos de la bonanza del petroleo. Una subida en los precios triplicó de la noche a la mañana los ingresos de Venezuela, y esta se convirtió de repente en un país prospero, y sus ciudadanos en bienaventurados. Hasta los pioneros del turismo en Colombia soñaban con atraer turistas venezolanos, a sabiendas de la creciente capacidad adquisitiva de los vecinos. 

Nadie sabia con certeza cuantos colombianos vivían en Venezuela, porque muchos cruzaban sin papeles. Un gobernador de Zulia dijo en 1971 que habían al menos 300.000 viviendo a lo largo y ancho del estado, y que la excesiva cantidad de migrantes ya había generado una crisis de salud pública. Los hospitales estaban desbordados, y ya casi no daban abasto para atender a los mismos venezolanos. Los colombianos que no eran deportados (ver la foto), vivían (y fundaban) barrios de invasión, y terminaban desempeñando empleos mal remunerados, que ni los mismos venezolanos querían ejercer. Pero para los migrantes cualquier pago era una pequeña fortuna. En los mejores años, cada bolívar equivalía a cinco pesos. Con las remesas enviadas, familias enteras en Colombia salieron adelante y llevaron vidas prosperas. 

Pero los años de la bonanza cesaron, y la crisis económica se devoró la buena fortuna de los venezolanos. Los años 80 estuvieron marcados por el desempleo, la inflación, y el desabastecimiento. Venezuela había desperdiciado la oportunidad de su vida, y en vez de generar una economía sostenible y sustentable, se hizo dependiente del petroleo y de sus precios caprichosos. El punto cumbre de aquella crisis fue el Caracazo, cuando los caraqueños de los barrios pobres se echaron a las calles para protestar en contra de las reformas neoliberales de Carlos Andrés Pérez. Todo terminó en una matazón de cifras incalculables.  

Hoy Venezuela afronta de nuevo tiempos difíciles. No es tanto el fracaso de la aventura socialista del chavismo, como una nueva etapa de un problema estructural que el chavismo no quiso o no supo resolver: la dependencia económica del petroleo. Ahora son los venezolanos los que emigran en masa al país vecino huyendo del hambre y el desasosiego. Irónicamente, los colombianos, embriagados con el prejuicio que ya les caracteriza, discriminan al forastero olvidando que hace años eran ellos los que cruzaban la frontera buscando un futuro mejor. Algún día, cuando los precios del petroleo vuelvan a subir, volverán los buenos tiempos a Venezuela, y sus ciudadanos regresaran a su patria. Detrás de ellos, se irán los colombianos,siempre presurosos a huir de un país que jamás ha conocido la fortuna de sus vecinos. 

jueves, 14 de diciembre de 2017

“Muerte a los cristianos”: los irónicos aliados de Israel


- En noviembre del 2017 el estado de Israel ordenó deportar a una mujer sueca porque su padre,  aunque sobreviviente del Holocausto, se había convertido al cristianismo. Se argumentó que el hecho de creer en Jesús le impedía acogerse a la Ley del Retorno.

- En el 2016, las puertas de un monasterio cristiano fueron vandalizadas con letreros que decían  “Jesús es un mono”.

- En el 2014 el Centro Notre Dame de Jerusalén, la principal sede del catolicismo en Israel, fue asaltado y en sus paredes se escribió: “Muerte a los árabes y cristianos, y a todo aquel que odie a Israel”.

A pesar de estos casos de evidente discriminación en contra de los cristianos en Israel, cada vez que hay una escalada en el conflicto entre palestinos e israelíes, los cristianos en América se solidarizan con los últimos. El argumento suele ser el mismo: aquel territorio en disputa pertenece a los israelíes por mandato de Dios, y así lo demuestra la Biblia. Atrás quedaron los tiempos en los cuales los cristianos linchaban a los judíos so pretexto de que ellos habían asesinado a Jesús. Y no hablamos de tiempos bíblicos, sino de acontecimientos que ocurrieron el siglo pasado. Hoy los cristianos de este lado del mundo, sean católicos o evangélicos, unen filas para solidarizarse con el único país de mayoría judía en el mundo. Lo irónico es que los cristianos en Israel opinan diferente a sus similares en América. De acuerdo a un estudio del Pew Research Center, sólo el 19% de los encuestados cree que Dios les concedió a los judíos el territorio que hoy corresponde a Israel y a la Palestina ocupada. El 80% siente que Israel no tiene voluntad de paz para con los palestinos. 4 de cada 5 se oponen a que Israel siga ocupando el territorio de Palestina, y que hacerlo sólo conduce a perjudicar la seguridad del país. El 86% cree que Estados Unidos se excede en su respaldo a Israel.

Los resultados de la encuesta son obvios para cualquier conocedor de la sociedad israelí. La mayoría de los cristianos israelíes son de origen árabe, y por ende, no esconden sus simpatías con el resto del pueblo palestino, aunque sea de mayoría musulmana. ¿Qué explica entonces la actitud de los cristianos en América? ¿Desprecio en contra de los árabes, aunque fuesen cristianos? ¿Una interpretación sesgada de la realidad del conflicto árabe-israelí facilitada por una lectura plana y descontextualizada de la Biblia? ¿Todas las anteriores? Los designios de Dios son inescrutables, y el criterio de sus creyentes un misterio. 

Sobre la encuesta del Pew Research Center, ver: 



jueves, 28 de septiembre de 2017

Y la esperanza de Cartagena, ¿Donde está ?




La primera fase de la Operación "La Heroica" de la Fiscalía puso al descubierto lo que ya era un secreto a voces: la existencia de una red de corrupción gerenciada por el alcalde Manolo Duque y su primo hermano José Julián Vásquez, con la complicidad criminal de varios concejales. Cartagena tiene a su alcalde electo tras las rejas, y mientras tanto Sergio Londoño Zurek, el director de la Agencia Presidencial de Cooperación, hace las veces de burgomaestre. Sin embargo, la crisis institucional persiste. Esta situación, sumada a la creciente inseguridad, el precario funcionamiento de los servicios públicos, y las habituales tasas de pobreza y desempleo, hacen sentir que Cartagena atraviesa por una mala racha.

Ahora muchos se preguntan por el camino a seguir para sacar a la ciudad del atolladero. A los que proponían un referendo revocatorio para forzar la salida del alcalde Duque, ahora se suman las voces de los que exigen su renuncia inmediata para así dar paso a elecciones atípicas, y de esta manera resolver definitivamente la crisis institucional. No obstante, eso nos pone de frente al mismo escenario de siempre: en una ciudad dominada por las mafias, donde dos o tres gamonales eligen los candidatos a dedo, las elecciones atípicas se convertirán en un mercado persa de compra y venta de votos. No existen ni siquiera candidaturas alternativas que hagan pensar que el desenlace de tales elecciones será distinto al de aquellas que llevaron al poder al desafortunado Manolo Duque.

No hay formulas mágicas para resolver este problema. Los dolientes de Cartagena tienen que entender que los problemas estructurales de esta ciudad no se resuelven con una jornada electoral. El camino más sensato es apostarle a cambios significativos, lo que quizás nos tome una o dos generaciones. Hay que reactivar la sociedad civil, articular las organizaciones de base, y construir ciudadanías críticas. Es necesario pensar en una fuerza política integral (e integradora) que agrupe a todas las fuerzas vivas que hoy luchan dispersas en contra de toda forma de explotación y discriminación. Hay que construir nuevos liderazgos, apostarle a los jóvenes, sobre todo a aquellos que están alejados de las aulas universitarias, de las cámaras, y de las redes sociales, esos que desde el anonimato construyen ciudad, en los barrios, entre el barro y la maleza, entre la ciénaga y el cerro. La esperanza de Cartagena puede que no esté encerrada en los muros caprichosos del Centro Histórico.

lunes, 13 de marzo de 2017

La amenaza del fundamentalismo cristiano


Juan Gabriel Vásquez describe a una persona fundamentalista como aquella que solo sabe hacer una cosa correctamente. El pastor evangélico Miguel Arrázola es un buen ejemplo del fundamentalismo: solo puede entender la realidad a través de su fe (o de su interpretación individual de aquella fe), y no admite que terceros, dentro o fuera de su iglesia, piensen de manera distinta. Es por eso que en repetidas ocasiones se ha manifestado sobre asuntos de la vida pública. A nivel nacional se hizo celebre por hacerle oposición activa al proceso de paz con la guerrilla de las FARC durante el plebiscito del pasado octubre. En la ciudad se le conoce también por sus posturas reaccionarias frente a la libertad de género. Sus opiniones, aunque ya no pasen desapercibidas, se han vuelto cada vez más predecibles. Pero las declaraciones que hoy circulan en los medios tienen un contenido violento explicito inusual. En ellas se manifiesta en contra de un periodista local, y afirma que lo único que le impide atentar en contra de su vida es el hecho de ser cristiano, porque de lo contrario, sus restos ya estarían flotando en las aguas de la Ciénaga de la Virgen. Se despacha además en contra de sus críticos a quienes califica como "maricas empolvados", y les reta a que critiquen del mismo modo a los islámicos, y que así se expongan a ser ajusticiados por decapitación. Su rebaño le aplaude en medio de risas y alabanzas. 

El alcance de los comentarios del pastor Arrázola no pueden ser desestimados. Su retórica es sumamente violenta y evoca los peores actos del fundamentalismo cristiano. En nombre de su fe, los cristianos han cometido crímenes barbáricos perfectamente equiparables a los del fundamentalismo islámico. Los peores actos de terrorismo doméstico en los Estados Unidos han sido perpetrados por grupos cristianos como el Ku Klux Klan, o por organizaciones como el Ejercito de Dios que cometió varios atentados en contra de clínicas de aborto y clubes LGBT. Los grupos cristianos anti-balaka en la República Centro africana han cometido numerosas masacres en los últimos años, sobre todo en contra de los musulmanes. La amenaza del fundamentalismo cristiano es real. No hay razones para pensar que la prédica violenta de sus líderes no va a terminar alimentando acciones temerarias de parte de sus seguidores.