miércoles, 1 de febrero de 2017

Dear Americans


For over eight years I have expressed myself through this blog. I always did it in Spanish because I felt no reason to do otherwise. But today I feel I have to.
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Dear Americans,

I wish I could say everything is going to be all right but I cannot. The feeling that everything is going south too fast is unbearable. As a person of color, I do not feel safe anymore. As an alien (a hateful expression that makes me feel like the character of a horror sci-fi movie), I do not feel welcomed anymore. I thought I was living inside of bubble, but I cannot help but thinking that the bubble is about to explode. I feel I could be discriminated against by anyone, for any reason, at any moment.

Days ago I witnessed a rally that celebrated the immigrant community of Willimantic, the place where I have lived in for more than four years. As the demonstrators expressed themselves, car drivers passed by yelling at the crowd: “Go home, go home”. But this is their home. For many of them this is the only home they know. But their skin color makes them look-alike foreigners. Many of them are unwelcomed in the country they are citizens of. Entitled by law but unwelcomed by their fellow nationals.

The demonstrations that have taken place in the last week protesting the “wall” and the “ban” send the message that there are still good Americans standing for the values that once built up this country. I trust they will keep on fighting. If I leave this country anytime soon I will do it with a deep sadness for those that I leave behind. But I will do it hoping that if I ever come back I will do it to a better place for all. 

Do not give up ...

miércoles, 25 de enero de 2017

Rizos rebeldes: la revolución del afro


Cuentan que en los viejos tiempos a las niñas negras les alisaban el pelo con una peineta metálica calentada a las brasas y untada de grasa de cerdo. La práctica era tan generalizada que a las niñas negras se les asociaba fácilmente con el penetrante hedor de la manteca quemada. Pero no había de otra. Los valores estéticos de la época desconocían cualquier forma de belleza distinta a la blanca. Disimilar la negrura suavizando la rebeldía natural del cabello era un recurso indeseable pero ineludible.

Pero los cánones estéticos del nuevo siglo sí reconocen la belleza en lo negro y sus formas. Cada vez son más las mujeres afrodescendientes que se rehúsan a domesticar sus rizos, y por el contrario les reivindican como la orgullosa manifestación de sus raíces ancestrales. Lo que equivocadamente algunos han catalogado como una “moda”, es realmente el resultado de una lucha de décadas por reconocer el lugar del elemento negro en el país, del mismo modo en que años atrás académicos y artistas lucharon por demostrar la contribución cultural de los afrodescendientes, o su participación decisiva en los momentos más críticos de la historia nacional. En los tiempos de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos las mujeres afroamericanas también lucían sus prominentes afros para desafiar la estética excluyente de la supremacía blanca. 

Pero como suele suceder las aperturas pueden traer consigo efectos colaterales. Insistir en la existencia de rasgos fenotípicos representativos del ser afrodescendiente puede excluir de plano a quienes carezcan de ellos indistintamente de cómo se auto-reconozcan. El descubrimiento tardío de su herencia afrodescendiente le ha permitido a los argentinos un manejo más laxo de las identidades raciales. El color de la piel no excluye a nadie del derecho a ser reconocidos como afrodescendientes. En Colombia por el contrario, los rasgos fenotípicos determinan quien puede o no catalogarse y ser reconocido socialmente como tal. Algunos más avezados dirían que reivindicar una estética asociada a una identidad étnica puede terminar dándole base biológica a lo que en realidad no es más que una construcción social. Es reconocer que después de todo si hay razas diferenciadas por el color de piel y la textura del cabello. Pero son solo ángulos probables de un debate que apenas empieza

lunes, 12 de diciembre de 2016

La efervescencia de nuestra indignación



A Ruby Esperanza Barbosa la encontraron muerta una mañana del pasado mes de octubre. Había desaparecido días atrás sin dejar rastro alguno. Tan solo tenía 5 años. La noticia causó estupor entre los habitantes de Algecira, un pequeño pueblo del Huila. Los medios registraron la noticia, pero como suele suceder en Colombia, los días dispersaron el horror, y el dolor por su muerte solo quedó vivo entre sus allegados. 

El caso de Yuliana Samboni no es menos espantoso. Pero su muerte si se ganó un prominente lugar en las portadas de la prensa nacional y en los titulares de los noticieros más importantes. Este suceso era en apariencia distinto: la calidad social del sospechoso, la extracción humilde de la victima, y que algunos apartes del crimen hubiesen sido captados por las cámaras. Tan solo eso bastó para que el trágico final de Yuliana se ganara el repudio nacional que no tuvo el de Ruby Esperanza. 

La sensasionalidad del caso despertó la indignación de todo el país y son muchos los que claman justicia, y muchos inclusive ya ponen sobre el tapete la posibilidad de restablecer la pena de muerte para ajusticiar al responsable. Lo lamentable es que es probable que vuelva a obrar en los colombianos la indignación efervescente que nos caracteriza, y que pasemos la página como hemos aprendido a hacerlo para convivir con la realidad de una sociedad violenta que mata a sus niños, empala a sus mujeres, y masacra a sus líderes sociales. 

Casos como el de Yuliana han ocurrido antes, y desafortunadamente volverán a ocurrir, porque hemos demostrado ser incapaces de entender que esta sociedad está enferma, que esta no es la obra exclusiva de un desalmado cocainomano, sino del orden patriarcal y misógino en el que habitamos y cuya existencia rara vez cuestionamos. Según un informe de Medicina Legal revelado el pasado octubre, todos los días en el país 21 niñas son victimas de abuso sexual. 

La condena de Rafael Uribe debe ser ejemplar indudablemente. Pero no podemos olvidar que como él hay muchos, que están entre nosotros, y que la sociedad enferma que todos hemos forjado los alienta. 

lunes, 31 de octubre de 2016

¿Porqué el exterminio de la Unión Patriótica no es un genocidio?



El exterminio de miles de militantes de la Unión Patriótica por parte de una alianza entre fuerzas de extrema derecha, narcotraficantes, y agentes del Estado colombiano constituye uno de los episodios mas vergonzosos de la historia del país. No solo demuestra la degradación del conflicto armado, sino que confirma la precariedad de nuestro sistema democrático. En las ultimas dos décadas, los esfuerzos para que se haga justicia han tenido conquistas notables. Se declaró el exterminio de la Unión Patriótica como un crimen de Estado y en consecuencia, el Estado colombiano reconoció su responsabilidad y pidió perdón a las victimas y sus dolientes. La existencia jurídica del partido fue restablecida, y los supervivientes, algunos de ellos aún en el exilio, reorganizaron el movimiento y han participado en las últimas elecciones, con resultados mas bien modestos. Algunos perpetradores han sido llevados a juicio y finalmente condenados. 

En todos estos años las victimas han insistido en que el exterminio de la Unión Patriótica sea reconocido como un genocidio, y de esta forma elevarlo al nivel de los crímenes mas repudiables en contra de la humanidad. Los esfuerzos han sido infructuosos, y nada advierte que llegarán a feliz termino. Sin importar el grado de barbarie demostrada en el exterminio, este no puede ser considerado un genocidio porque no existe un marco legal que lo permita. El Estatuto de Roma, el instrumento constitutivo de la Corte Penal Internacional, y la Convención para la Prevención y el Castigo del Genocidio de las Naciones Unidas, definen el genocidio como el exterminio, total o parcial, de una comunidad nacional, étnica, racial o religiosa. El exterminio de una colectividad política queda excluido de la definición. 

Las raíces de tal distinción se remontan a los debates sostenidos en la ONU tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Tras haberse revelado la barbarie detrás del Holocausto, la comunidad internacional diseñó un cuerpo de leyes destinado a prevenir la repetición del más abominable de los crímenes. El primer borrador de Convención para la Prevención y el Castigo del Genocidio de 1948 incluyó las matanzas políticas como un tipo de genocidio. La Unión Soviética se opuso vehementemente a esta provisión, quizás temerosa de que la violenta persecución que Stalin fraguaba en contra de sus opositores cayera bajo el escrutinio de la comunidad internacional. Otros países respaldaron la moción de la Unión Soviética, previendo que esto pudiera servir como excusa para la intervención de terceros en un asuntos internos. 

¿El asesinato premeditado de mas de tres mil militantes asociados a la Unión Patriótica es menos grave que cualquiera de los genocidios acontecidos a lo largo de la historia reciente? En algunos casos, probablemente no. Pero la sanción para sus perpetradores será menos severa en virtud de las frías maquinaciones de actores políticos ajenos a la realidad colombiana. Esto demuestra la subjetividad de lo que se presume objetivo: la ley y su aplicación. Indistintamente del concepto manejado por la Corte Penal Internacional o las Naciones Unidas, no existe consenso en cuanto a su contenido y uso. Negar que el Holocausto fue un genocidio puede llevar a la cárcel a cualquiera en Alemania. Afirmar la existencia del genocidio en contra del pueblo armenio podría traer consigo los mismos riesgos en Turquía. En todo caso, insistir en que el exterminio de la Unión Patriótica es un genocidio constituye un acto reivindicatorio justo y comprensible, aunque la historia ya haya obrado en contra de quienes lo afirmen. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Yo votaré por el "No" en el plebiscito



De haber nacido en Chile, y de haber estado allí en 1988, sin lugar a dudas hubiese dicho: "Yo votaré por el No en el plebiscito". El 5 de Octubre de aquel año los chilenos debieron responder si querían que el General Augusto Pinochet permaneciera en el poder por ocho años más. Desde aquel fatídico 11 de Septiembre de 1973, Pinochet había gobernado el país y suprimido toda forma de oposición a través de la eliminación física de sus contradictores. Muchos otros, mas afortunados, se marcharon al exilio a esperar la caída de la dictadura. Tomo 15 años para que el pueblo chileno pudiera asestar el golpe definitivo y remover a Pinochet del cargo.

El "No" ganó con un modesto 55%. Se dice que la clave de su victoria fue elaborar una campaña que le apostaba a la esperanza de los chilenos por un mejor mañana (De ahí el eslogan Chile, la alegría ya viene, y el vídeo que le acompañaba). Mientras la campaña por el "No" miraba hacia el futuro, la del "Si" miraba hacia el pasado. La campaña de los últimos centró su estrategia en atemorizar a los votantes con la premonición que sin Pinochet Chile volvería a los aciagos tiempos de la crisis de 1973, y que el país regresaría a las fauces del comunismo. Mientras el "No" apeló a la esperanza, el "Si" apeló al miedo.

En menos de un mes los colombianos se enfrentarán a un dilema de proporciones similares al de los chilenos. Deberán decidir si respaldan los acuerdos de paz que sellarían el conflicto entre las FARC y el Estado colombiano, o si por el contrario rechazan lo pactado para así prolongar a una guerra que a la fecha ha cobrado mas de 300.000 vidas. Acá los factores se invierten. Mientras el "Si" le apuesta a la idea de una Colombia mas prospera y en paz, el "No" recurre a cultivar el miedo entre sus seguidores, y les augura un país sumido en el hambre y en una violencia de proporciones desconocidas. El 3 de Octubre sabremos si los colombianos acatan el llamado de los últimos, o si deciden, como la dijera la canción del "No" en Chile, "vencer a la violencia con las armas de la paz".

sábado, 20 de agosto de 2016

Pese al oro ... es racismo



En una columna de opinión de hace unos días titulada: "Pese al racismo ... es oro", el historiador Alfonso Cassiani polemizaba sobre la errática elección del abanderado de Colombia en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos. Califica de injusto que no se hubiera elegido a Catherine Ibargüem a pesar de sus pergaminos, y sugería que el racismo, de la mano de intereses estrictamente económicos, le robaron ese honor que merecía por derecho propio. Cassiani concluye destacando que irónicamente todos los medallistas hasta ese entonces habían sido afrodescendientes. Fueron ellos los que sacaron la cara por el país. 

Tras las victorias de Oscar Figueroa, Catherine Ibargüem, Yuberjen Martínez, Ingrit Valencia, Luis Mosquera, y Yuri Alvear, las redes sociales se inundaron de agradecimientos a nuestros "negritos" (si, en diminutivo) por haber dejado en alto el nombre del país, a pesar de las adversidades, de la falta de apoyo, y el racismo. De seguro con los años, la leyenda de los medallistas olímpicos pasará de los podios a las páginas de la historia nacional, donde sus nombres se sumarán a la lista de los afrocolombianos mas destacados. Es apenas justo y necesario. Sin embargo, hacer esto encierra un peligro inadvertido cuyas consecuencias podrían ser lamentables. 

De adolescente recuerdo haber repasado una y otra vez los listados de afrocolombianos notables y sentirme decepcionado al ver que en su mayoría eran deportistas o artistas, y en menor medida escritores. Como si su contribución al país se hubiese limitado a esas áreas. Nunca recuerdo haber leído sobre Luis Robles, Manuél Mosquera Garcés, Diego Luis Córdoba, Dorila Perea, Nazly Lozano Eljure, ni mucho menos sobre Juan José Nieto, el primer y único presidente negro que ha tenido el país, y que fue sistemáticamente excluido de los anales de la historia patria.  Ni hablar de José Prudencio Padilla, defenestrado y muerto por Simón Bolívar, cuyo memoria, aunque notoria, no goza de la prominencia de la de los próceres blancos, aunque sus méritos fueran superiores. 

No ha sido por falta de referentes que estos listados han resaltado la contribución de artistas y deportistas, para relegar la de hombres y mujeres de estado. En Colombia ha ocurrido algo similar a lo que ha pasado en Brasil, donde se ha insistido tanto en el aporte cultural de los afrodescendientes que solo se les ve como "ciudadanos culturales", incapaces de destacarse en un campo distinto al cultivo de las artes o el deporte. Esto ha limitado la capacidad de los movimientos étnicos para acoger causas como la desigualdad social y económica, y le he restado visibilidad a los movimientos que si han intentado hacerlo.  Inclusive, ha conducido a que el racismo solo sea visto como un problema cultural, desatendiendo sus conexiones con la pobreza material que aqueja a las mayorías afrodescendientes

Lo peor de todo es que solo destacar el aporte de los afrodescendientes en el deporte y las artes puede terminar reforzando los estereotipos que alimentan el racismo. A los negros se les ha visto siempre como poseedores de cualidades físicas excepcionales, debido a una supuesta complexión casi animalesca. Se les ve igual como seres embriagados de una felicidad festiva ilimitada que se desborda en sus manifestaciones artísticas.

No existen mayores peligros en destacar las victorias de los deportistas (o artistas) afrocolombianos. Sus logros son en efecto el resultado de una serie de pequeñas luchas en contra de las dificultades que sus semejantes deben sortear tan solo en virtud de su color de piel. Pero no olvidemos que el aporte de los afrodescendientes tiene mucha más trascendencia aún. No hagamos que nuestras próximas generaciones piensen como pensaba "El Flecha", el malogrado boxeador narrado por David Sanchez Juliao, quien decía: "A uno como negro no le queda otra alternativa que el ring y la fama ... porque las demás profesiones son oficios pa' blancos". 

martes, 26 de julio de 2016

Cuba en el final de los viejos tiempos



Al llegar al Aeropuerto José Martí de la Habana, la primera impresión que se tiene es que se está en una terminal de transportes en vez de en un aeropuerto internacional. El amarillo desgastado de los muros genera una sensación casi tan desoladora como la de la fila interminable para cambiar la moneda extranjera por el peso cubano convertible (por todos conocidos como CUC), que es distinta a la moneda nacional que se supone es de manejo exclusivo de los cubanos. La escena recuerda la imagen que todos tenemos de Cuba: un país hecho museo, que debido a los azares de la historia se quedó estancado en los años 50. Nada mas lejos de la realidad, una vez se sale del aeropuerto se encuentra uno con una hilera de taxis de modelos recientes, dispuestos para recibir al turista mas aventajado. Para los cubanos, y los visitantes de recursos mas bien modestos, aún quedan los viejos carros gringos de cualquier modelo anterior a 1959, y los Lada, unos diminutos carros importados de la Unión Soviética que compensan el tamaño con la velocidad y el consumo moderado de combustible. Cuba es entonces, como el resto de América Latina, una sociedad de contrastes, que parece estar dividida en dos (o quizás en muchas mas partes): una realidad para los cubanos de a pie, y la otra, la que se dispone para recibir al visitante y brindarle una cómoda estadía, tanto como lo permita la austeridad de la economía nacional. 

En Cuba poco importa cual es el motivo de tu visita, siempre que seas extranjero serás tomado como turista, y un turista, tanto para los nacionales como para el gobierno es fundamentalmente una fuente rica en divisas extranjeras. Y ambos harán lo que sea necesario para que dejes tanto como puedas en la isla. Es un asunto de supervivencia. Las divisas extranjeras, sean en forma de remesas o través del comercio turístico, han ayudado a la economía nacional a superar los momentos más críticos, que desde el inicio del bloqueo han sido muchos. 

Por otra parte, para los cubanos comunes y corrientes, un par de dolares (o mas bien, un par de CUC, porque la posesión de dolares les está formalmente prohibida) les puede resolver la semana. Aunque el régimen se enorgullece de haber erradicado al hambre del suelo cubano, los nacionales no la tienen fácil. El mercado que religiosamente les asigna el gobierno cada mes, y que debiera rendir hasta la próxima entrega, se les suele agotar a mitad de camino, dejándolos a su suerte. El salario mínimo es bajo, dado que se parte del hecho que el estado ya les ha garantizado lo básico: salud, educación, alimentación y vivienda. Al menos en teoría es así. 

Lo que el estado no cubre, el cubano se lo rebusca. Nada es mas cubano que la capacidad de la gente para sobreponerse a las carencias. Que un Lada siga pavoneándose por las calles de la Habana solo puede ser obra de un Dios misericordioso o del talento de los cubanos para alargar la vida útil de las cosas. Si hay algo que el gobierno no les garantiza es el consumo de bienes y servicios distintos a los estrictamente básicos. Y los cubanos de hoy, aún ajenos a los rigores del sistema capitalista convencional, también desean consumir. Se demuestran aburridos por la austeridad, y la mesura en los gastos, y siempre que pueden se dan sus pequeños lujos: una pizza en el restaurante de la esquina, o una cerveza extranjera (por lo general Heineken o Presidente, una cerveza dominicana) en un bar frecuentado por turistas. Un campesino de 17 años que conocí en Pinar del Río, y cuyo nombre no recuerdo, quizás porque nunca me lo dijo, o por la combinación desafortunada de mojitos y cerveza Presidente, me contaba orgullosamente de una aventura de un fin de semana en la Habana en la cual gastó mas de 200 CUC, una fortuna para cualquier cubano. Él, animaba su historia diciendo: "El campo te estanca", aludiendo a sus ansias de salir adelante, de ser alguien, y superar la provincialidad a la que le condenaba vivir tan lejos de los lujos que le concedía la vibrante Habana. 

Quizás para él, al igual que para muchos cubanos, el final de los viejos tiempos advierte la venida de cosas mejores. Todos están a la expectativa de lo que les depara tras la normalización de las relaciones con los Estados Unidos. Mientras unos escapan apresuradamente de la isla, para poder entrar en los Estados Unidos, y gozar del privilegio migratorio que les otorga ser "refugiados del comunismo", otros aguardan pacientemente por los cambios promisorios. Aún los mas leales seguidores del régimen. A Roberto lo conocí en la Habana, donde atendía una tienda de libros. Era un viejo en sus setenta años, pero con una lucidez envidiable, y con esa labia que les caracteriza a los cubanos. Había vivido los días mas álgidos de la historia reciente de Cuba. Me contó donde le había cogido la gloriosa entrada de Fidel a la Habana, un 1 de enero de 1959. Roberto cuenta que él dormía plácidamente en su casa del centro de la Habana, cuando su padre le despertó para decirle que los rebeldes habían entrado en la ciudad, y que Batista ya había partido. Él se vistió con los colores de la guerrilla vencedora, rojo y negro, y marchó en una caravana que recorrió la avenida 10 de Octubre. Al llegar al Capitolio, presenció las últimas escaramuzas entre los rebeldes y los soldados leales a Batista que se negaban a rendirse. 

Roberto recuerda aún con nostalgia la simpatía que a casi todos inspiraba Fidel. Pero aclaraba que todos habían sido revolucionarios, "hasta que Fidel les comenzó a pisar los cayos". Hoy ve las cosas con mas mesura, aunque se muestra ansioso por lo que el llamó, si entrar en mas detalles, la falta de determinación de Obama. Aún siendo leal, Roberto aguarda por los cambios. Todos, fieles al régimen o no, aguardan por el cambio, aunque difieren en como se imaginan la Cuba del futuro. Para unos, debe abrirse al mundo, convertirse en una sociedad de mercado, y restablecer la democracia pluralista. Para otros, se debe preservar lo mejor del comunismo, bajo el cuidado vigilante del estado. 

Lo que está fuera de discusión es que las cosas deben cambiar. Ya pocos aguantan la carencia abrumadora de todo y cuanto es básico en cualquier rincón del mundo. No por nada algunos dicen que la mejor comida cubana se consigue en Miami. La dieta alimenticia de la mayoría de los cubanos carece de carne de res (que es el ingrediente primordial de la "ropa vieja", el plato cubano por excelencia) debido a la escasez histórica de ganado vacuno, y que el bloqueo solo ha empeorado. Las pocas vacas que hoy existen están consagradas a la producción de lácteos, que el gobierno se esmera por poner en la mesa de cada hogar. Cualquier fruto que no se pueda producir en suelo cubano es casi un lujo. Los establecimientos comerciales lucen siempre vacíos y medio lúgubres. Pero nada me resultó tan perturbador como la falta de disposición del personal. En cada lugar al que acudí, salvo aquellos donde la promesa de una propina en CUC marcaba la diferencia, los empleados eran poco diligentes, servían con desgano, economizando siempre las palabras y las sonrisas, todo con un desanimo contagioso que terminé asimilando al final de mis días en la isla. Es como si la austeridad generalizada les hubiese consumido la simpatía. 

Las carencias a veces cobran un nivel que desafía el signo mismo de los tiempos. En un discurso dado en 1960, el Che Guevera comentaba que Cuba, a pesar de las iniquidades de los años de Batista, se vanagloriaba de poseer cuatro o cinco canales de televisión. Irónicamente, mas de medio siglo después, Cuba sigue teniendo el mismo numero de canales, todos un contenido mas bien modesto, y con una calidad técnica que desdice de aquellos años en que eran ellos los que instruían en la producción temprana de televisión en América Latina. Fueron técnicos cubanos los que diseñaron el sistema de televisión colombiano inaugurado en 1954. 

El destino de Cuba es incierto. Ni siquiera está claro si Fidel está al tanto de todo. Se dice que apenas goza de unas cuantas horas de lucidez al día, aunque sus pocas apariciones públicas parecen demostrar lo contrario. Lo cierto es que todos se alistan para lo que está por venir. Todos sin distinción de sus filiaciones políticas. En el futuro próximo difícilmente una sola voz será la que marque el ritmo de los acontecimientos. Los cubanos de allá, los nacidos en Estados Unidos, serán un interlocutor que no podrá ser fácilmente ignorado. Las nuevas generaciones no han heredado los odios de sus abuelos. Critican por igual al régimen comunista de la isla y al republicanismo de extrema derecha que exhiben los primeros emigrados a Estados Unidos. Mientras el liderazgo tradicional de la comunidad cubano-americana en la Florida criticó los avances de Obama con respecto a Cuba, los jóvenes han celebrado la iniciativa, y poco les importa si eso favorece o no la prolongación del régimen.   

Como quiera que se den las cosas, sería lamentable, y constituiría una traición desafortunada a la gesta histórica del pueblo cubano que se perdieran las cosas que libraron a Cuba de la miseria que existe a lo largo del "tercer mundo": un sistema de salud universal, educación pública y gratuita, vivienda digna, y seguridad alimentaria. Todas ellas otorgadas a medias, pero otorgadas al menos. En otras cosas hay que corregir el rumbo radicalmente. En algunas de ellas, el estado demostró buena voluntad, pero poca eficiencia. Igual, como comentaba Osmani, otro joven campesino que conocí en Pinar del Río, " aquí el gobierno piensa las cosas bien, pero mal". 

Cualquiera que fuera el devenir de Cuba, todas las naciones del tercer mundo, pero en especial las de América Latina, están llamadas a velar por el bienestar del pueblo cubano. Con ellos tenemos deudas sin saldar. Por las misiones médicas que enviaron a cada rincón del planeta, por apoyar las gestas revolucionarias en Angola, el Congo, Centroamérica y el Caribe, por haber acogido a los exiliados republicanos que huían del Franquismo, e inclusive por haber sido la cuna de Pedro Romero, el prócer popular de la independencia de Cartagena. En este momento no le podemos dar la espalda a Cuba.