jueves, 31 de diciembre de 2015

Haciendo ciudad: el ejemplo de Villa Corelca


Urbanización Nando Marin en Valledupar (2013)
Foto: Minvivienda

Años atrás solía caminar de extremo de extremo las calles de Villa Corelca, un barrio de invasión localizado al suroccidente de Cartagena y fundado a mediados de los años 90. Sus calles estaban destapadas, las aguas negras corrían a sus costados, y muchas de sus casas, quizás la mayoría, estaban construidas en madera y otros materiales perecederos. Carecían de los servicios mas básicos. El barrio se había construido al pie de vetustas torres de energía eléctrica que sobresalían por encima de las casas, que en su gran mayoría no tenían mas que una planta. A pesar de las precariedades y de la desatención del estado, sus habitantes se preciaban de ser gente humilde, pero emprendedora, y de haber construido un barrio tranquilo y seguro. De ambas puedo dar fe. 

Tras diez años de ausencia, en una mañana soleada de diciembre, volví a caminar sus calles de extremo a extremo. Las calles seguían destapadas, y las aguas negras seguían corriendo a sus costados. Pero muchas de sus casas ya no eran madera, sino solidas construcciones hechas en ladrillo. Una casona de bahareque, que me recordaba a la casita del pueblo donde había crecido mi padre, había desaparecido y en su lugar estaba una casa de material. Algunas de ellas tenían dos plantas, y estaban tan bien formadas, que bien hubiesen podido estar en un barrio de clase media sin llamar la atención. En el curso de toda una década, Villa Corelca había cambiado significativamente, muy a pesar de la relativa desatención del estado. 

Villa Corelca es tan solo una muestra de como se hizo ciudad en América Latina a lo largo del siglo XX. A falta de políticas de vivienda social consistentes y de amplia cobertura, hombres y mujeres se auto-gestionaron un techo valiéndose de los recursos que tuvieran a la mano. Se apropiaron de terrenos baldíos, públicos o privados, amparándose en el derecho a una vivienda digna, y allí construyeron, sin el beneficio de un arquitecto, ranchos de madera y cartón, que con los años ser convirtieron en edificaciones equiparables a las pocas que ofrecía el estado como parte de sus programas de vivienda social. 

La auto-contrucción tiene un potencial transformador, no solo para la ciudad, sino para sus propios habitantes. A través de la autogestión de vivienda desarrollan capacidades organizativas necesarias para defender sus conquistas y para demandar atención por parte del estado. Al hacerlo también se convierten en sujetos de derechos, conscientes de la responsabilidad de las instituciones públicas para con ellos, y de sus derechos como ciudadanos. Establecen alianzas políticas, que aunque suelen ser leídas como manipulaciones electoreras, han servido como base para lograr pequeñas conquistas que con el tiempo han ayudado al progreso material de sus barrios. Desde los años 60, los gobiernos nacionales decidieron aprovechar el potencial popular financiado iniciativas individuales y colectivas de auto-construcción de vivienda, en vez de construir viviendas de cero, lo cual suponía gastos onerosos y una cobertura muy modesta. Por muchos menos, lograron mucho más. 

El gobierno de Juan Manuel Santos ha hecho del programa de vivienda gratuita el pilar de su política de vivienda social. Miles de familias colombianas se han visto beneficiadas con apartamentos recién construidos, que años atrás solo hubiesen sido el privilegio de la clase media (Ver fotografía). No obstante, los desatinos del programa cada vez son mas evidentes. La inseguridad reina en muchos de los barrios recién entregados, los cuales también carecen de espacios públicos y zonas verdes (a pesar de sus limitaciones, los fundadores de Villa Corelca destinaron una importante porción del terreno para una modesta zona de recreación). Destinar viviendas multifamiliares o edificios de apartamentos a las clases mas desfavorecidas es una apuesta riesgosa sin precedentes en la historia colombiana. Los gastos de mantenimiento de estas edificaciones son elevados, y bien podrían estar muy por encima del alcance de sus moradores. Experimentos similares en América Latina han terminado con resultado poco alentadores (por ejemplo, los vetustos bloques de apartamentos construidos en Caracas a mediados del siglo XX, y que hoy son vistos como barrios marginales). Peor aún, las 100.000 unidades que han planeado construir difícilmente lograrán subsanar el déficit de vivienda. Por el contrario, respaldar la auto-construcción y el potencial emprendedor de las clases populares tiene todo el potencial para conseguirlo.