sábado, 21 de febrero de 2015

Cuando Cartagena era nuestro patrimonio ...

Bud Spencer en Banana Joe (1982)

Banana Joe (1982) es una comedia italo-alemana protagonizada por el icono del cine italiano Bud Spencer. Narra la historia de un bonachón comerciante de plátanos que se desvivía por mantener a sus 20 hijos adoptivos, con quienes vivía en una remota isla perdida en medio de la nada, y de donde solo salía para vender sus plátanos río abajo. A pesar de ser un poco torpe y desubicado, era de gran corazón, y luchaba en contra del mundo moderno con tal de preservar el bienestar de su enorme familia. Aunque divertida, la película y su narrativa carecían de mayores ambiciones. Para nosotros bien podría pasar desapercibida de no ser porque la película fue filmada en Cartagena a inicios del años 80, convirtiéndose así en un documento fílmico único para conocer un poco de los ritmos de la ciudad en aquel entonces.

En la historia, Banana Joe, forzado por el destino, se ve obligado a ir a la ciudad y a perderse en su maraña. Ajeno a la "civilización", apenas logra escapar con éxito de ella y lograr su cometido. Lo fascinante de este episodio de la trama es la ciudad que se abre ante sus ojos. Caótica, llena de trafico, de gente, y de vendedores ambulantes por doquier. Era el centro histórico de Cartagena. Pero aquel poco tenía que ver con el centro histórico de hoy en día. 




El centro de la ciudad era en ese entonces bastante similar a como aparece en la película: caótico y muy concurrido. El transporte público de buses destartalados se paseaba por sus calles, cual chimeneas andantes, y el comercio popular estaba por todos lados. Al mediodía marejadas de estudiantes de escuelas públicas y privadas salían apresurados para tomar los buses y partir hacía sus barrios. Habían escuelas todavía. Y no eran pocas. El Hospital de Santa Clara hacía muy poquito había cerrado sus puertas, y aún funcionaba el Hospital Naval cuando reposaba sobre el Baluarte Francisco Javier. El Mercado de Getsemaní había sido demolido años antes, y con él se había ido una buena parte del bullicio que se armaba en el Camellón de los Mártires. Pero todavía quedaban los puestos de jugos en el Muelle de los Pegasos. Y todavía se armaban los trancones descomunales frente a la Torre del Reloj. Pero en el curso de los años 80 (en un proceso que ya venía de antes) el centro cambió. Las instituciones públicas y privadas fueron abandonando el centro, mientras el sector turístico se apropiaba centímetro a centímetro lo que la Cartagena vieja dejaba a su paso. Y cada vez menos los cartageneros dejaron de acudir al centro. Este se convirtió años después de filmada la película en Patrimonio Histórico de la Humanidad, aunque irónicamente, dejando de ser el patrimonio común de los cartageneros. Aún el centro histórico de inicios del siglo XXI, él que yo conocí, guardaba una semejanza con el de inicios de los 80. Las busetas entraban casi todas al centro, desde donde hacían su retorno a los barrios. Al igual que muchos yo solía tomar el transporte frente a la Torre del Reloj haciéndole el quite al trafico y a los vendedores ambulantes que se aglomeraban en la zona. De aquello queda muy poco. Frente a mis ojos desapareció el transporte público, los vendedores de jugo del Muelle de los Pegasos, y por si fuera poco el muelle mismo. Centímetro a centímetro hemos perdido la ciudad que por poco se devora a Banana Joe y que apenas pude conocer.