lunes, 22 de marzo de 2010

Barranquilla vs Cartagena: lo cosmopolita vs lo tradicional


Guillermo Hoenigsberg y Alejandro Char son los últimos dos mandatarios de la ciudad de Barranquilla. Paradójicamente, ni el uno ni el otro son de origen estrictamente barranquilleros. Ni siquiera de origen costeño. Hoenigsberg es de origen judío-alemán. Alejandro Char es nieto de inmigrantes libaneses. Ambos son descendientes de las corrientes migratorias que arribaron a la región desde la segunda mitad del siglo XIX, en plena de época del florecimiento comercial de Barranquilla. Ambos, árabes y judíos, se convirtieron en actores permanentes de la vida económica, cultural, social y política de la ciudad. Fueran sefardíes (judíos provenientes de la península ibérica, que luego de ser expulsados en 1492, se asentaron en algunas islas de Caribe) o askenazis (judíos provenientes del centro de Europa), la comunidad judía rápidamente se integró a la vida barranquillera, de manera bastante temprana, inclusive antes de que los primeros sirios, libaneses y palestinos arribaran al puerto. Fueron en gran medida los responsables del establecimiento de relaciones comerciales entre la ciudad y el mercado europeo. Para las primeras décadas del siglo XX, ya habían constituido sus propias organizaciones (el Centro Israelita Filantrópico y el Colegio Hebreo Unión, por ejemplo), algunas de las cuales sobreviven en la actualidad. Los árabes, cuya inmigración inicia en las dos últimas décadas del siglo XIX, de manera un poco más tardía, también conquistaron con el curso de los años posiciones privilegiadas en la sociedad barranquillera, sumadas a un poder empresarial inimaginable para la época.

Barranquilla es un caso excepcional en Colombia. Como en ninguna otra ciudad, los árabes y judíos se convirtieron en una fuerza hegemónica en la vida pública local. Sus descendientes se destacaron, y siguen destacándose en cualquiera de sus facetas. Ernesto Cortissoz (empresario y pionero de la aviación en Colombia), Abraham Lopez-Penha (escritor), Evaristo Sourdis (dirigente político), Victor Laignelet (artista), Mike Schmulson (periodista) y Silvia Tcherassi (diseñadora de modas), son algunos ejemplos de personas de origen judío que se han situado en lugares privilegiados de la historia barranquillera del último siglo. Los descendientes de sirios, libaneses y palestinos, no han sido la excepción. Dentro de sus filas se cuenta a Meira del Mar (poetisa, cuyo nombre real era Olga Isabel Chams Eljach), Adriana Tarud y Valerie Domínguez Tarud (ambas reinas de belleza), Salomón Hakim (científico), José David Name (dirigente político), y por supuesto, Shakira Mebarak, para quien sobra cualquier presentación.

Está claro que la inmigración árabe y judía no fueron las únicas que afectaron a Barranquilla en su historia reciente. Para finales del siglo XIX y el siglo XX, la ciudad se destacaba por la fuerte presencia de extranjeros de todos los orígenes. Fueran estadounidenses, italianos, alemanes, o españoles, ninguno era ajeno a la realidad local de aquellos años. Lo que destaca a la inmigración árabe y judía es la mala recepción de la cual fueron víctimas a su llegada al país. A diferencia de los forasteros de origen europeo o norteamericano (entiéndase “blancos”), ellos no eran del todo bienvenidos. Quienes soñaron con hacer de Colombia una nación de avanzada, sobre la base de la inmigración europea, veían en los árabes y judíos un elemento degenerador, que sumado a la cuota local de indios y negros, estancaría el futuro del país, y los sumergiría en un mar de impurezas raciales. Dirigentes instalados en la capital, algunos de ellos de raigambre liberal, no ahorraban esfuerzos para impedir que emigrantes judíos pudieran tocar tierras colombianas. Luis López de Mesa, catalogado por muchos como “el sabio”, dirigía la cruzada. Consideraba, al igual que muchos dirigentes y científicos del interior del país, que la presencia de personas de origen hebreo, con su "justificada" fama de malintencionados usureros, podría representar para Colombia un retroceso en el largo camino por la conquista de la civilización. La sola idea de que pudiera darse una mezcla entre el elemento indígena y el judío, le aterraba. Sería la consumación la degeneración racial en suelo colombiano, y por demás, una violación a los “valores supremos” de la cultura nacional. Pero mientras en Bogotá, varios dirigentes ingeniaban la manera de impedir que judíos pudieran venir a corromper la lucha por introducirle a Colombia el espíritu civilizador, Barranquilla, sin tantos reparos, mantenían sus puertas abiertas para cualquiera que llegara a la “arenosa” con ganas de hacerse a nueva vida en tierras extranjeras.

Para Barranquilla no habían “valores supremos” para defender. En 1772, mientras Bogotá se erigía como la capital del Virreinato, y Cartagena se mantenía como su puerto único, Barranquilla apenas de convertía en corregimiento. Debió esperar hasta 1813 para convertirse en una villa, sujeta por supuesto a la batuta cartagenera. Los valores nobiliarios, las tradiciones heredadas, y el espíritu hispánico le eran ajenos. Por tal motivo, nunca demostraron mayores intenciones de privarse de la afluencia de elementos foráneos. Para los barranquilleros parecía no existir nada por encima del capital y la empresa. Cartagena era distinta. Aún en pleno siglo XX, seguía sintiéndose orgullosa de su pasado hispánico. A pesar de recitar permanentemente su papel determinante en la lucha por la independencia, nunca desconocieron el valioso legado otorgado por la madre patria. Invocaron el idea de la raza latina, el grupo racial que hermanaba a latinoamericanos, españoles, italianos y franceses, unidos de por vida por la lengua y el credo. Cartagena se volcó desde finales del siglo XIX, a la lucha por integrarse plenamente a la hermandad latina, lo que suponía el cultivo de la cultura hispánica, y por supuesto, el rechazo de cualquier influencia extraña a los “valores supremos”, de los que tiempo después hablaría López de Mesa, sin duda alguna para referirse a los valores sociales y culturales heredados de la colonia, hegemónicos en Cartagena, pero desconocidos en Barranquilla.

En la disputa histórica que ha enfrentado a Cartagena y Barranquilla, por el sitial del principal puerto sobre las aguas del Caribe, Barranquilla se llevó la victoria. Su vida comercial, era de lejos, mucho más prospera que la de Cartagena. Y aunque los cartageneros celebren sin descanso las sucesivas victorias del equipo de fútbol local contra su rival barranquillero, en la larga lucha por la construcción de sociedades más dignas y tolerantes, Cartagena lleva la partida perdida.

Foto: Sinagoga en Barranquilla.

jueves, 4 de marzo de 2010

INFORME ESPECIAL Palabras que matan: las consecuencias impredecibles de la intolerancia



La violencia urbana se devora el país centímetro a centímetro. Mientras la derecha colombiana elogia los logros de la seguridad democrática, las bandas criminales, los grupos emergentes, las milicias, las pandillas, y las escuelas de sicariato se apoderan de las ciudades colombianas, elevando desproporcionadamente las tasas de homicidio que no han parado de crecer en los últimos dos años. Cartagena, en particular, es un ejemplo del empobrecimiento de la seguridad urbana en el país. En el curso de los dos primeros meses del año, los homicidios ya se contaban por docenas. Hasta el momento, ni las promesas del gobierno nacional, ni la formación de escuadrones especiales de la Policía Metropolitana, ni la gestión del régimen local, han conseguido frenar el avance de la plaga homicida que afecta a la ciudad.



Si de señalar responsables se tratara, no bastaría una página para señalarles. No obstante, muchos cartageneros, han adjudicado el crecimiento de la violencia urbana a un solo responsable: los inmigrantes antioqueños. “Los paisas”, en palabras castizas. Los rumores que recorren la ciudad los señalan de pertenecer a redes de lavados de activos, a bandas criminales, escuelas de sicariato y carteles de la droga. Todos, desde el comerciante más afortunado hasta el tendero más arruinado. Basta con que hayan provenido de aquellas tierras más allá de los límites del Caribe colombiano, para que los tribunales populares les consideren criminales en potencia. Que el nombre de una de las principales bandas de sicariato en la ciudad lleve por nombre “Los Paisas”, pareciera haber ratificado la sentencia.



Los rumores para algunos se han convertido en certezas, y no faltan los que propongan la expulsión violenta de los “indeseables”. De allí a que se concrete la expulsión, hay un tramo bastante largo. Pero quien sugiera que es imposible que tenga lugar este escenario peca por ingenuidad. Durante años, inmigrantes y nativos han convivido en aparénteme fraternidad en la ciudad. Pero lo cierto, es que de manera soterrada, se abominan entre sí. Y aunque rara vez, aquella repulsión mutua haya derivado en enfrentamientos violentos, la discriminación social en una ciudad tan marcadamente excluyente como Cartagena puede traer consigo consecuencias impensables. No sería ni el primer, ni el último caso en que dos comunidades humanas se agredieran entre si, después de que un hecho insustancial o fortuito les diera una buena excusa para eliminar al “adversario”. En los últimos 10 años, el mundo ha sido testigo de varios episodios, en los cuales un acontecimiento aislado, desataba un estallido de violencia alimentado por años de enemistad social.



En febrero del año 2000, en la ciudad española de El Ejido, estallaron violentos brotes racistas en contra de inmigrantes magrebíes a raíz de tres asesinatos perpetrados en días previos, y que habían sido adjudicados a personas de origen arabe. Miles de nativos se lanzaron a las calles a cazar a los “moros”, que fueron sistemáticamente perseguidos en toda la localidad. Agresiones, violaciones y desplazamientos masivos se sucedieron en toda la zona, en los episodios racistas mas violentos de los que se tenga conocimiento en la historia reciente de España. En el 2001, en Oldham, Inglaterra, jóvenes de origen asiático se enfrentaron a jóvenes blancos, después de un altercado entre uno de ellos y un grupo de menores asiáticos. El saldo final de los enfrentamientos fue de 40 heridos. En el 2005, en Birmingham, también en Inglaterra, se desataron enfrentamientos entre personas de raza negra e inmigrantes asiáticos, por la supuesta violación de una niña, jamás confirmada, a manos de personas de origen asiático. En diciembre del mismo año, en Australia, el ataque a un salvavidas australiano por parte de algunos jóvenes de procedencia libanesa, provocó una ola de xenofobia y de enfrentamientos interraciales en la ciudad de Cronulla, y en varios puntos del país. En el 2008, en la localidad de Roquetas del Mar en España, inmigrantes de origen senegalés chocaron con miembros de la comunidad gitana, a raíz del asesinato de un senegalés a manos de un gitano. En julio del 2009, tras la muerte de dos trabajadores de la etnia uigur en el sur de China, miembros de esta etnia cobraron la vida de decenas de personas pertenecientes a la etnia Han. Al día siguiente, residentes Han fueron los que marcharon sobre las calles de la capital de Xinjiang jurando vengarse de la matanza. Al final, las cifras apuntaron a más de un centenar de víctimas mortales. En enero del año en curso, en Calabria en el sur de Italia, inmigrantes africanos realizaron violentas manifestaciones, en respuesta a un ataque a un joven africano, por parte de algunos jóvenes nativos. El mes pasado, en Milán, inmigrantes provenientes del norte de África, arremetieron contra el comercio de residentes de origen suramericano, después del asesinato de un joven magrebí de 19 años, a manos de asaltantes peruanos y ecuatorianos.



Todos y cada uno de estos acontecimientos, que han ocurrido en el curso de los últimos 10 años, son pruebas irrefutables de la reacción impredecible del ser humano, cuando cree obtener una justificación “valida” para desatar una carga de odio represada. Las relaciones sociales que se habían mantenido en una calma tensa durante años, se deforman radicalmente por hechos aislados, que no necesariamente deben estar asociados entre sí. Uno de los casos más recordados de la década pasada fueron los enfrentamientos entre afroamericanos e inmigrantes coreanos en la ciudad de Los Ángeles en 1992. La disputa se desencadenó luego de que a Latasha Harlins, una niña afroamericana de 15 años, fuera asesinada por la propietaria de una tienda, después de que la joven intentara robar una botella de jugo. El estancamiento económico de la comunidad afroamericana, la supuestamente mal habida prosperidad del comercio asiático, sumado al asesinato de Harlins, fueron la carga necesaria para hacer estallar años de tensión racial contenida. La enemistad acumulada entre inmigrantes de origen asiático y los residentes afroamericano explotó finalmente en 1992, en los tristemente celebres disturbios de los Ángeles, después del apaleamiento de Rodney King, un taxista negro, a manos de la policía de la ciudad. No hubo necesidad de una organización previa de las acciones violentas, ni tampoco se planificó una persecución sistemática contra los “elementos indeseados”. Tan solo fue necesario que tuviera lugar un acontecimiento aislado que sirviera como detonante, una chispa que encendiera la hoguera. Vecinos, residentes, ciudadanos del común, se convierten en milicianos y salen a las calles a hacer justicia, colocándole sentencia previa a cualquiera que fuera distinto, a cualquier que pudiera asociársele, así fuera artificialmente, al crimen que debe vengarse. Niños, mujeres, hombres o ancianos, todos sin distinción alguna, son incriminados, procesados, sentenciados, y condenados por la tribuna popular.



Cartagena, dentro de su propio trasegar histórico tiene experiencia en acciones violentas contra la población inmigrante. En 1910, en medio de manifestaciones políticas que sacudieron a la ciudad en aquel año, las tiendas y el comercio de propiedad de inmigrantes sirio-libaneses fueron saqueadas y parcialmente destruidas. Este fue el punto crítico de largos años de actos discriminatorios en contra de los forasteros. Desde 1880, cuando comenzaron a arribar desde el Imperio Turco – Otomano, los primeros emigrantes sirio-libaneses y palestinos, fueron víctimas de sucesivas formas de discriminación. En la ciudad eran tomados como los culpables de la pobreza material que aquejaba al comercio. Eran vistos como buhoneros, contrabandistas y usureros. Durante años, varios medios de comunicación impulsaron iniciativas para desterrarles definitivamente de la ciudad. Repetidamente se invocaba el ejemplo de la ciudad de Honda, que en 1901, les vetó el acceso a la población.



Los comentarios y los rumores sobre la complicidad de los residentes antioqueños con los crímenes de los meses pasados, con los días se recrudecen. Y ya comienzan a oírse voces que invitan a boicotear el comercio “paisa”, y a que se les expulse de la ciudad. Los comentarios que siguen a continuación, fueron extraídos de varias páginas web en los días posteriores a las primeras capturas a la banda de sicariato “los Paisas”, y recogen y manifiestan el odio a muerte que entre los cartageneros se está gestando hacia los inmigrantes antioqueños:


1. Desde que este diario ha presentado este tipo de noticias, que entre otras, ya es pan de cada día en la ciudad, porque rayos nunca muestran la foto, la cara de estos malnacidos cachacos, que solo han venido a encochinar nuestra bella ciudad. El 99% de todos los paisas tenderos están metidos en esta vaina.....hay que echarlos de la ciudad...a todos los paisas asquerosos......lárguense...
2. Todos los cartageneros debiéramos unirnos, ser solidarios y no comprar nunca nada de nada en las tiendas y abastos de estos paisas asquerosos...la mayoria de todos estos "negocios" son fachadas y/o oficinas desde donde planean todas estas fechorías y asesinatos.....pilas sijin...pilas dijin...extinción de dominio con estos negocios fachadas...
3. Cartagena esta invivible, sepa Colombia que los paisas son los culpables de este rio de sangre, a todos los que andan matando son paisas, y los sicarios que han agarrado también son paisa se andan disputando la ruta de las drogas haciendo que la ciudad mas linda de Colombia viva ahora entre la zozobra y el miedo, ayer mataron a un prestamista paisa en el barrio manga solo por que el deudor vio mas fácil mandarle a quitar la vida que pagarle.... Como les parece?? Paisa h.p lárguense de Cartagena, no.joda
4. Lo que hay es que sacar el cachaqueria de esta ciudad lo unico que generan es violencias esto paisas h.i.j.u.e.p.u.t.a.s
5. Controlar o vigilar muy de cerca a las personas que proceden de Medellin, Sabaneta, Envigado, Itagui, porque muy seguramente son bandidos y sicarios, recordemos que en estas ciudades existen escuelas de sicarios...ojo con esos ñeros


Es una bomba de tiempo que paulatinamente se va acrecentando. Algún día bastará con un solo hecho insustancial para que se desate un levantamiento de consecuencias inimaginables en la ciudad. Cartagena es un caldo de cultivo para los crímenes de odio. Su identidad hispanófila, su reiterada obsesión por los valores heredados, su apego a la tradición nobiliaria y sus esquemas culturales exageradamente conservadores, alimentan permanentemente prejuicios sociales de cualquier género. Racismo, homofobia, discriminación social, todas sin excepción alguna están presentes en la racionalidad de no pocos cartageneros. Todas son una muestra real de la total intolerancia que consume a la sociedad local. Cartagena en definitiva, está lejos de ser una comunidad de brazos abiertos. El cultivo de la tolerancia, el respeto y el reconocimiento son tareas inaplazables. De lo contrario, la ciudad continuará su lenta marcha hacia una verdadera masacre.