domingo, 13 de junio de 2010

"Sin risas, ni burlas": los inicios de una transición hacia un mundo nuevo


Hoy nace “Otras voces” un espacio paralelo a Territorios de Esperanza, creado para abrir un espacio a otras voces, miradas y perspectivas sobre los debates que nos convocan. En el costado superior derecho del blog se encuentra el enlace que nos conduce a la pagina (http://www.ovoces.blogspot.com/). El artículo que inaugura este espacio se titula “Marketing y post-colonialismo Algunos aspectos sobre las canciones “oficiales” del mundial”, de la autoría de William J. Castro Toppín.

________________________________________


Ingresé a la sala de cine un par de minutos después del inicio de la película. No creí que existieran mayores inconvenientes para encontrar un lugar privilegiado en la sala. Una producción colombo-peruana basada en el amor imposible entre dos personas del mismo sexo, y titulada sobriamente “Contracorriente”. Siendo entonces una cinta radicalmente distinta al cine comercial que se consume por montones en la ciudad, supuse que la sala estaría relativamente vacía. Me sorprendí al entrar y percatarme de que más de la mitad de las sillas ya estaban ocupadas. Me hice a un lugar privilegiado, quizás el último en la sala, y me dispuse a ponerme a tono con la historia. No había avanzado del todo, y cualquiera de que no hubiese tenido una referencia previa sobre el argumento de la película, jamás hubiese sospechado hacia donde iba. Y de repente, sin que hubiesen transcurrido los primeros diez minutos de la cinta, los protagonistas de la historia, Miguel y Santiago rompen el hielo con un apasionante beso. La naturalidad con la que asumí la escena, se deshizo con las risas y burlas que se apoderaron de la sala. Risas de un lado, burlas por el otro, miradas sorprendidas… ni la oscuridad del recinto disfrazó el choque emocional que generó la primera escena homosexual de la película. Sin embargo, en la medida en que el tiempo marchaba y la historia dramática de ese amor imposible iba tomando forma, el público se dejó envolver por el argumento, y casi que completamente en silencio, sin risas, ni burlas, siguieron la historia hasta su desenlace.

Que un auditorio de cartageneros lograra permanecer durante 100 minutos (salvo una joven familia que desertó de manera sospechosa en el minuto posterior a la primera escena homosexual) algo nos dice. Sin caer en el extremo de pensar que los cartageneros nos estamos convirtiendo en un ejemplo de tolerancia frente a las disidencias sexuales, es válido suponer que la sociedad local lenta, y quizás muy lentamente, ya comienza a ser sensible frente a la condición “del otro”. Cualquier cálculo aferrado al presente puede ser hacernos sospechar lo contrario. Pero cuando lo vemos en el plano de la larga duración, la situación puede tornarse esperanzadora. Hace 30 años exactamente, la homosexualidad dejó ser considerada un delito. Siete años antes, en 1973, había sido despatologizada. Aunque lo segundo debió haber conducido a lo primero, tomó siete años la transición. Después de 1980, los homosexuales efectivamente dejaron de ser tomados por delincuentes. No obstante, la justicia plasmada en el papel, no representó una actitud más tolerante y conciliadora por parte de la sociedad local. En palabras de la joven historiadora cartagenera Muriel Jiménez, los dispositivos de poder, dispuestos para mantener bajo control al sujeto homosexual, se reinventaron así mismos. Aunque después de 1980 no fueran considerados como criminales, con la aparición del SIDA en 1981, en Cartagena se les adjudicó el rol de propagadores de la plaga del final de los tiempos.

30 años después Cartagena es algo distinta. Organizaciones sociales, colectivos estudiantiles, sectores de la academia, respaldan la lucha por el reconocimiento de los derechos de las comunidades LGBTI. En el 2009, en un abarrotado Teatro Adolfo Mejía, 600 personas se citaron para el primer seminario sobre la diversidad sexual. A finales del mismo año, y en el marco de las fiestas de la independencia, 7000 personas se integraron en una sola marcha defendiendo la misma causa. El evento despertó las más airadas protestas en los sectores más reaccionarios de la dirigencia de la ciudad. Pero tal actitud finalmente motivó a que el tema del de los LGBTI se convirtiera durante días enteros en el tema central del debate político local. A inicios del 2010, el Observatorio de derechos humanos de la diversidad sexual e identidades de género abrió sus puertas en la ciudad, como un mecanismo para afrontar concreta y directamente la discriminación de género en Cartagena. Sin embargo, resta un largo camino por recorrer. Aún existe en las entrañas mismas de la sociedad local, esquemas culturales que rechazan y excluyen a cualquiera que se atreva a retar a las convenciones. La homofobia internalizada, sustentada en una sociedad que asume sin vacilaciones el dogma de la heteronormatividad, ve en el disidente sexual un peligro para el orden establecido. Son esquemas culturales que no se borran fácilmente. Quizás estemos de frente al inicio de un largo periodo de transición. Pero indudablemente hemos iniciado la marcha. Quizás, después de algunos años, y así como en la sala de cine, las risas y las burlas, sean murmullos perdidos en el salón de la vida.