sábado, 22 de mayo de 2010

Por una agenda politica afrodescendiente


En días recientes la alcaldesa de Cartagena, Judith Pinedo, presidiendo un encuentro de AMUNAFRO (Asociación Nacional de Alcaldes de Municipios con Población Afro descendiente), expresó su preocupación por el desprestigio creciente de las organizaciones afro descendientes del país, frente a los congresistas negros de los Estados Unidos. Es probable que a oídos de los parlamentarios norteamericanos hayan llegado las noticias y rumores de congresistas afrocolombianos capturados en el último año por una variedad incomparable de crímenes. Silfredo Morales, uno de los más destacados líderes de la causa en el Caribe colombiano, recientemente condenado a más seis de años de cárcel por peculado. Julio Gallardo Archibold, un raizal originario de San Andrés, sindicado también por el mismo delito. Juan Carlos Martínez, Edgar Eulieses Torres y Odín Sánchez, el primero del Valle del Cauca y los demás del Chocó, requeridos por la justicia por vínculos con el narco-paramilitarismo. No son los únicos. Se integran a una larga lista de dirigentes afro descendientes de todo el país sindicados, capturados, procesados y condenados por delitos de toda índole. La buena gestión y el compromiso real por parte de los dolientes de la causa, progresivamente resulta opacada por la actuación vergonzosa de una minoría.

Cualquier intento por analizar el rol y la lógica de las organizaciones afro descendientes en el país, se torna complejo. La mayoría de ellas surgieron tan solo después de 1991, cuando gracias a la nueva constitución, se declaró a Colombia una nación multicultural, lo que se convirtió a su vez en una plataforma para reiterar los derechos sistemáticamente negados a las negritudes durante el curso de la vida independiente del país. En cuestión de años, las organizaciones se contarían por docenas. Después de la instauración de la Ley 70 de 1993, que establecía los derechos territoriales de las comunidades afro, el efecto generador de organizaciones, fundaciones, corporaciones, colectivos y asociaciones, se duplicaría. No obstante, la mayoría de ellas nació con un destino trazado e inapelable: la defensa ciega de la Constitución de 1991, de la Ley 70 de 1993, y de todas sus reivindicaciones. Cualquier otra causa no contenida en los textos sagrados, quedaba por fuera de las lucha de las comunidades afro descendientes. De esta manera, en muchas ocasiones su causa se redujo a un espectro atrapado en el marco de lo estrictamente institucional. La Constitución y la ley como medio, la Constitución y la ley como fin último.

La plataforma política de muchas de las organizaciones, cuando existe tal cosa, son tan flexibles que admiten cualquier alianza con cualquier otra filiación dentro del espectro político nacional. Como en los viejos tiempos, liberales y conservadores reciben su respaldo incondicional, así como partidos de izquierda, centro y derecha sin indicios de tener el más mínimo interés por la defensa de reivindicaciones étnicas. Y por demás, a las elecciones presidenciales o de las ciudades del primer orden en el país, nunca lanzan candidatos afro descendientes. El aval de los movimientos se cede a cualquier demandante, sin que medie cualquier criterio de identidad racial.

No existirá manera de frenar la tendencia, que afortunadamente no se ha convertido en ley general, sin que se den los primeros pasos para la construcción de una agenda política para los afro descendientes. Es necesario comprender que las categorías de etnia y clase, en una sociedad marcadamente estamentaria y racializada como la colombiana, no se excluyen. La lucha contra el racismo, no puedo anular la lucha en contra del sistema que lo hace posible. Es necesario tomar conciencia que el mismo sistema que una vez los condeno a la esclavitud, es el mismo que hoy los condena a la miseria. Las luchas deben ser integrales, y deben articular otras luchas en contra de toda forma de exclusión social. Es hora de leer a Manuel Zapata Olivella, a Franz Fanón, a Loic Wacquant, a Huey P. Newton, Aime Cesaire, a Leopold Sedar Senghor, y comenzar a limitar la lectura de la sobria Constitución de 1991 y de sus derivados. Al término de la Semana de la Afrocolombianidad, esta debe ser la tarea.

martes, 4 de mayo de 2010

De la ambiguedad y otros demonios


“NO… yo no soy liberal. Yo soy conservador. Pero voto por el Polo” El espíritu de la ambigüedad se puede resumir en esa expresión tan elemental, pero que refleja con gran facilidad la realidad política colombiana. Puede que suene incoherente, pero en Colombia el ejercicio político es de por sí incoherente. Sin mayores convicciones que las que las que provienen del cura de la comunidad, del “politiquero” del barrio o de los medios masivos de comunicación, los colombianos bien podrían destacarse por la incapacidad de ser medianamente centrados en lo que a la política se refiere. Casi 200 años de un bipartidismo permanente que le cerró las puertas a cualquier alternativa ideológica aterrizada, terminó haciendo del colombiano un sujeto que difícilmente puede ver más allá de lo explicito. Izquierda o derecha les suena igual. Liberalismo y conservadurismo, cosa que es comprensible, les resulta lo mismo. Es tentador suponer que son aptitudes exclusivas del colombiano, o de cualquiera que habite dentro de los linderos del “Tercer Mundo”. Pero un vistazo superficial a la historia universal reciente nos podría convencer de lo contrario:

· Los movimientos neo-nazis en Europa persiguen hasta la saciedad a los inmigrantes y/o ciudadanos de origen árabe. Los acusan de querer hacer de Europa una extensión del mundo islámico. Paradójicamente, los árabes en Palestina (y particularmente Amin Al Husseini, líder político de los territorios palestinos de aquel entonces, y tío de Yasser Arafat) se sumaron a la lucha de Hitler. Divisiones enteras compuestas por musulmanes de Europa Oriental lucharon hombro a hombro con el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial.

· Neo-nazis en Australia hostigan a los “Lebs”, tal como se les conoce allí a los inmigrantes de origen libanes. No obstante, la Falange Cristiana, uno de los movimientos políticos de mayor importancia histórica en el Líbano, se inspira en los fundamentos del fascismo y el nacional-socialismo.

· Fue la Falange Cristiana, la misma que se inspira en el fascismo, quienes perpetraron una masacre en contra de los palestinos, los mismos que en algún momento apoyaron al nazismo. La Falange Cristiana era aliada del Estado de Israel, la nación fundada mayoritariamente por los judíos que emigraron de Europa luego de sobrevivir al genocidio perpetrado en su contra por los nazis.

· Los neo-nazis en Colombia han apoyado reiteradamente su apoyo al presidente Uribe. Paradójicamente, Uribe participó en un encuentro de líderes judíos de América Latina y el Caribe, efectuado en Cartagena en el 2009, lo que muchos interpretaron como un gesto de apoyo hacia el sionismo internacional.

· Los neo-nazis en España, cuyo referente inmediato en Francisco Franco, rechazan la presencia de “moros”, o inmigrantes del Magreb en España. No obstante, las tropas de Franco durante la Guerra Civil Española contaron dentro de los suyos a un buen número de “moros”, reconocidos por su “aguerrido” apoyo a la causa fascista.

· Idi Amín Dada, un dictador ugandés de la década de los 70, expresó siempre su simpatía por la figura de Hitler y su lucha por el exterminio de los judíos. No obstante, Amín era negro, como los 33.000 negros confinados en los campos de concentración durante la Alemania Nazi.

· Carlos Marx, el fundador del “socialismo científico”, y un defensor del estado laico calificó a la religión como “el opio del pueblo”. No obstante, Hugo Chávez, el fundador del “socialismo del siglo XXI”, es un aliado del gobierno de Irán, un estado cuyo pilar es la religión.

· Algunos trotskistas veneran con devoción el régimen socialista de Cuba. Paradójicamente fue en Cuba donde le dieron asilo a Ramón Mercader, al asesino material de León Trotsky.

Si nos colocáramos en el mismo ejercicio, tomando a Colombia como referencia, doblaríamos los ejemplos ya citados. Pero tan solo haremos alusión a uno, relativamente reciente, pero no menos revelador: los universitarios colombianos se han sumado en masa a la campaña política de un aspirante presidencial que aumentó el costo de las matriculas mientras fue rector de la primera universidad pública del país. El mismo candidato que considera que la fuerza pública debe ingresar a las universidades, sin importar la autonomía de la que históricamente ha gozado, y que fue conquistada en los inicios de lucha estudiantil en América Latina. El mismo candidato, que defiende los beneficios de la “flexibilización laboral”, la misma que condena a los jóvenes profesionales universitarios a vivir de empleos mal remunerados , y que les resta la oportunidad de tener una perspectiva de futuro. Pero en algo que no equivoca aquel candidato, las universidades no son autónomas al estado colombiano. En realidad, son un triste reflejo del mismo.

Foto: Reunión entre Amin al-Husayni y Adolf Hitler.