sábado, 26 de septiembre de 2009

El costo de ser distinto: la avanzada homofobica en Colombia


A la memoria de León Zuleta (1952-1993), asesinado por defender su derecho a ser distinto


Vientos de libertad recorren América Latina. Por primera vez en la historia de la región, un país latinoamericano aprueba la adopción de menores de edad por parte de parejas homosexuales. El 25 de Septiembre del año en curso, miles de miembros de la comunidad LGBT marcharon para celebrar una de las más grandes conquistas en su lucha por la igualdad y el reconocimiento. Uruguay no ha sido una excepción a la regla. A pesar de que los avances logrados en los últimos años no alcanzan a superar la trascendencia de la conquista uruguaya, han sido varios los países que han dado pasos importantes hacia una apertura real en torno a la posición social de los LGBT. En años recientes, se han eliminado casi en la totalidad de los países de la región, las leyes que penalizaban y criminalizaban las prácticas homosexuales. Argentina, Chile, Cuba, Ecuador, Panamá, Puerto Rico, Costa Rica, Mexico y Venezuela han marcado una pauta en esta tendencia. Inclusive, Nicaragua, el último reducto en América Latina que aún consideraba a la homosexualidad como un delito, en el 2008 decidió despenalizarla.

A pesar de los claros avances en materia legal, la homofobia pareciera estar incrustada en la conciencia moral del latinoamericano. Brasil y México, ocupan el primer y segundo lugar respectivamente, en la lista de países con los más altos índices de asesinatos relacionados con el “prejuicio sexual”. Sin importar las campañas masivas emprendidas por los gobiernos de turno en ambos países, la homofobia no cede. Y es que el problema de la discriminación y la violencia en contra de los LGBT trascienden de la simple normatividad. Están instalados en rígidos esquemas mentales que no admiten la diferencia y el disenso. Podría pensarse que es natural que en una sociedad profundamente católica, dominada durante décadas por gobiernos de extrema derecha, derecha, centro-derecha, centro-centro, y todas las variaciones políticas del conservadurismo político, la homofobia tenga lugar. Lo complejo del caso latinoamericano es que la homofobia no siempre distingue de credo o de orientación ideológica. La prueba fehaciente de esta realidad es la historia del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, una organización armada que a pesar de haberse definido como “de izquierda”, no tuvo mayores reparos en emprender acciones de guerra en contra de minorías sexuales, a las que ellos calificaban como “lacras sociales utilizadas para corromper a la juventud”. Fueron ellos, quienes en 1989, perpetraron la Masacre de Tarapoto, donde 8 transexuales fueron asesinados por activos del Movimiento en un bar de aquella localidad.

Precisamente por esta clase de antecedentes históricos, las conquistas adquiridas en los últimos años cobran importancia. La uniones civiles entre los homosexuales son comunes en varios países de la región, en ningún país latinoamericano son tenidos por “delincuentes”, y en Uruguay ha iniciado una nueva etapa para la comunidad LGBT. No obstante, son batallas ganadas en una guerra en fragor. En Colombia, la homofobia continúa con vida y sigue en combate. A inicios de año, las principales ciudades del país se inundaron con un panfleto amenazante, que además de condenar a muerte a delincuentes, drogadictos y prostitutas, sentencia a los homosexuales al exterminio. Este mismo año, un intento por crear la primera emisora LGBT en el país, Radio Diversia, terminó con la cancelación parcial del proyecto y el paso al exilio de sus principales gestores. Pero uno de los escenarios más preocupantes tiene lugar en el parlamento de la república. Una fracción pequeña, pero a su vez con una enorme capacidad de manipulación política, nacida en el seno de la derecha y del fundamentalismo cristianismo, ha venido emprendiendo su propia causa en contra de cualquier concesión a favor de los LGBT. Su posición privilegiada dentro de las filas de la derecha colombiana en el poder, les ha permitido hacer retroceder algunos proyectos de ley que contemplaban ampliar las posibilidades de establecer definitivamente la unión civil entre parejas del mismo sexo. Lo que resulta dramáticamente común es el argumento bajo el cual suelen justificar su causa: “la defensa de la familia y la juventud”, los mismos argumentos bajo los cuales seis militantes del Movimiento Túpac Amaru acribillaron brutalmente a ocho transexuales en aquella fatídica noche del 31 de Mayo de 1989.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Placido Domingo y "el derecho a la ciudad"


De haber llegado tan solo un par de minutos antes, no hubiese tenido que presenciar ese evento tan humillante. Estando a punto de conquistar esos cinco metros que nos separaban del otro costado de la plaza, tres hombres delgados colocaron unas vallas de protección para impedirnos llegar al otro lado. Varias personas se apostaron en la esquina intentando sortear la barrera recién colocada, mientras nosotros nos preguntábamos cómo nos liberaríamos del encierro. Los ánimos pronto se fueron caldeando. Los llamados de atención se convirtieron en reclamos, los reclamos en quejas, y las quejas en insultos. Uno de los hombres delgados, con un evidente acento interiorano, fue el único en responder: “Esta orden fue por decreto de su alcaldesa. Vayan y quéjense con la Alcaldía”. Esquivando la cadena de obstáculos, que incluían dos agentes de policía, logramos llegar al otro lado, continuamos con nuestro rumbo, pero con aquella extraña sensación de habitar una ciudad que nos ha sido hurtada.

Aunque el concierto de Placido Domingo estuviera fechado para la noche del 5 de Septiembre, con tres días de anterioridad la Avenida Venezuela, la principal arteria vial del centro de Cartagena, había sido cerrada al tránsito de vehículos públicos o particulares. Un día antes, la Plaza de la Paz, el Camellón de los Mártires, la Plazoleta de Cervantes, el Muelle de Los Pegasos y la Plaza de los Coches fueron parcialmente clausurados al tránsito peatonal. Fue un nuevo capítulo de una novela sin fin en la historia de la ciudad. Los cartageneros debimos tolerar una vez más la usurpación del espacio público, debimos presenciar como la libre circulación, uno de los pilares del “derecho a la ciudad”, era repetidamente vulnerado en el curso de unos cuantos días.


En la noche del 5 de Septiembre, unos pocos privilegiados gozaron de la actuación magistral de Placido Domingo. Dentro del selecto grupo, pocos debieron haber sido cartageneros. Difícilmente, las nuevas clases advenedizas, o la vieja aristocracia de la ciudad, estarían en capacidad de pagar el costo astronómico de las entradas. Esa noche, mientras ese selectísimo grupo de afortunados se deleitaban con las delicadas notas musicales que navegaban en ese entorno de ensueño; los cartageneros, todos aquellos que no asistimos, continuábamos con el curso de nuestras vidas. Unos, dejamos de asistir por no tener el dinero suficiente ni siquiera para cancelar 10 puntos porcentuales del valor real de la entrada. Algunos otros, porque simplemente estamos lejos de entendernos con ese género musical. En nuestro caso, por ambas razones. En todo caso, es imposible no dejar de pensar en que los cartageneros hemos cedido demasiado terreno en una ciudad que cada día menos nos pertenece. Hemos heredado una ciudad a medias, y sospecho, que entregaremos una ciudad completamente raptada.