miércoles, 10 de febrero de 2010

Colombia: una nación excluyente, pero “apasionada”


RESULTADOS FINALES ENCUESTA
Con respecto a su nacionalidad colombiana usted:
Acepta la condición: 41%
Se siente orgulloso: 35%
Le es indiferente: 3
Le avergüenza: 1

Desde pequeño escuché siempre la historia de mí desconocido tío abuelo “Canchila”. Era celebre en la familia por su moderada afición a la bebida, por su obstinación permanente y su reiterado mal genio que juntos terminaron por quitarle la vida hace casi 21 años. Pero de todas sus peculiaridades la que mas solía llamar la atención era un exacerbado nacionalismo que le vino con los años. Según cuenta la “leyenda”, mi tío abuelo “Canchila” siempre se colocaba de pie al escuchar las notas del himno nacional e increpaba a quien no acudiera al llamado, afirmando que el himno era sagrado y que debía guardársele respeto. No importaba donde estuviera, y cuales fueran las circunstancias, jamás desaprovechaba una oportunidad para demostrar su fidelidad a la nación.

Tal como mi tío abuelo muchos colombianos aún celebran la “existencia” de la nación. Cantan el himno a todo pulmón, con la mano derecha colocada en el pecho, izan la bandera tricolor cada 20 de Julio y cada 7 de Agosto, y a pesar de que se ha confirmado su inocultable mediocridad, acompañan a la Selección Colombia en cada una de sus repetidas derrotas, sufridos empates e inútiles victorias. Pero como en cualquier partido de la selección, no importa cuánto grite el ciudadano del común de frente al televisor, las decisiones importantes solo serán tomadas por uno o dos individuos que tan solo escucharán a su propia conciencia. Esa es precisamente la lógica que ayer y hoy ha dominado el curso de nuestro amado estado-nación, ese mismo que dice abrir sus puertas a cualquiera que pueda considerarse colombiano, pero que ha sido pensado para legitimar la exclusión.

Desde el primer momento en que Colombia inició su tránsito hacia la independencia, dio muestras de su carácter excluyente. Cuando José Manuel Restrepo escribió su obra sobre la revolución de independencia en la Nueva Granada, texto que inaugura la tradición historiográfica del país y que se convierte en la matriz de la memoria histórica de la republica, no dudo en desconocer los aportes de las tierras bajas de litoral atlántico al proyecto de independencia, aunque si supo reducir a los sectores populares que se sumaron al proceso como una turba de borrachines y barbaros que actuaron como fieles servidores a los verdaderos héroes de la patria. Héroes, como Francisco José de Caldas, el mismo que calificó a los costeños como barbaros e incivilizados incapaces de asumir las riendas de la nación, previamente reservadas para los hombres criollos, descendientes de las más nobles castas europeas. Como Restrepo y Caldas hubo muchos otros pensadores que perpetuaron aquel dogma racista y nacionalista. Unos eran conservadores, otros liberales, pero todos coincidían en la idea básica de que había hombres de piel clara llamados a gobernar la nación, mientras que sus coterráneos de piel oscura, intelectualmente menos privilegiados, debían seguir el camino previamente trazado para ellos. Estos pensadores, eran a su vez los rectores del orden nacional. No de extrañarse entonces, que Colombia sea un sinónimo de exclusión.

Ser colombiano es definitivamente una proeza. Para serlo se deben reunir un sinnúmero de condiciones, algunas de ellas incompatibles con la libertad de credo o de expresión. No se puede ser budista y colombiano al mismo tiempo, por ejemplo. Es difícil imaginarse a un budista cantando un himno nacional que cierra su primera estrofa recordando “a quien murió en la cruz”. Así como también es difícil pensar que un ateo pueda sentirse identificado con una nación, cuyo primer mandatario no pará de invocar a Dios en cualquiera de sus discursos. Es difícil suponer que un verdadero demócrata, pueda sentirse ciudadano de una republica de papel, tan anti-democrática como pocas.

Cabe preguntarse en todo caso, como ha sido posible que Colombia en todo este tiempo, no se haya desbaratado en mil pedazos. Como se ha logrado mantener la unidad, a pesar de las diferencias abismales que pudieran existir entre un ”cachaco” y un “costeño”. Es difícil saberlo. Quizás sea porque a pesar de las cinco décadas de un conflicto armado ininterrumpido, Colombia siga siendo uno de los países más felices del mundo. O quizás sea por nuestra asombrosa capacidad para gozarnos a la vida mientras la mitad de la población está por debajo de la línea de pobreza. O porque no, quizá es por cuan apasionados somos los colombianos, tal como la marca “Colombia es pasión”, lo vocifera. Pero si quieren una muestra de cuan apasionada es Colombia, revisen las listas de las familias favorecidas con el programa de Agro-Ingreso Seguro y descubrirán que la familia de María Claudia Lacouture, directora del programa “Colombia es pasión”, recibió una pequeña ayuda de 5.235 millones de pesos no reembolsables entre el 2007 y el 2008. Estas son las historias que tienen lugar en el país del “sagrado corazón”.
P.D: Territorios de Esperanza cambió su dirección electronica. Ahora es: tdeesperanza.blogspot.com.