viernes, 31 de diciembre de 2010

Sueños a la deriva


Lo que ultimo que se sabe del Emisario Submarino, el mismo que habría de solucionar el problema de las aguas negras de Cartagena, es que se hallaba despedazado y navegando a la deriva en las costas del norte del departamento de Bolivar. Toneladas de metal, miles de millones de pesos y los sueños de muchos cartageneros se encuentran tirados sobre las aguas traicioneras del mar. Es triste y desafortunado que pasen los años y que tengamos que seguir postergando el final feliz de tantos proyectos que debieron haberle evitado a Cartagena la mitad de los problemas que la aquejan. Transcaribe, el Emisario Submarino, el traslado y/o renovación el Mercado de Bazurto, los planes para la Loma del Marión y el Cerro de la Popa, el plan de manejo de los drenajes pluviales, la recuperación de caños y lagunas, etc, etc. Se despide el 2010 y los proyectos soñados siguen inconclusos, y en casi la totalidad de los casos, no existe esperanza alguna de que sean concluidos en el año que está por venir. Triste destino de la sufrida Cartagena, que tiene que ver como sus sueños literalmente se lo devoran las olas del mar.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cartagena, las lluvias y la segregación



Con las lluvias vienen las dificultades. Es la misma pelicula año tras año. Los cartageneros hemos hecho de la premisa "el ser humano es un animal de costumbres", una autentica payasada. Vemos con total naturalidad que los canales de agua lluvia se desborden en el sur-occidente de la ciudad, que las faldas de la Popa se sigan tragando las casas de cientos de cartageneros, o que la Av. Pedro de Heredia se vuelva mas caotica de lo normal. Nos hemos acostumbrado, y hasta el momento no hemos hecho mayor cosa para remediarlo, porque no hemos logrado identificar al culpable. En apariencia, no hay a quien reclamarle. Maldecimos a Dios y a nuestra suerte, y seguimos llevando como una cruz, el calvario del invierno. No nos hemos sentado a reparar en el destino final de los cuantiosos recursos que el estado nos arrebata dia tras dia. Si tan solo nos sentaramos a revisar a donde van a parar los miles de millones de pesos que recibe la ciudad todos los años, quizas tuvieramos razones para protestar. Si tan solo tomaramos conciencia que en Cartagena historicamente se ha confundido politica urbana con politica turistica, quizas comprendieramos que estos eventos invernales no son fortuitos, que los miles de millones de pesos orientados a embellecer la ciudad y a hacerla mas atractiva para el turista, son miles de millones que se dejaron de invertir en la solución permanente a este problema que aqueja a la gran mayoria de los cartageneros. Concentrar el gasto publico, la gestion del estado y los servicios urbanos, es un acto criminal y es un acto segregacionista, que contribuye a acrecentar las distancias entre las distintas clases sociales que habitamos la ciudad. Pero las cosas parecen cambiar de rumbo. Ayer mismo el distrito presentó el Plan de Maestro de Drenajes Pluviales, que promete resolver definitivamente el problema de las inundaciones, que afectan a mas del 70% de los habitantes de Cartagena. El financiamiento, como es de esperarse, vendrá de nuestros bolsillos. La buena noticia es que a diferencia de Transcaribe, de la via a Barú, de la recuperación del Cerro de la Popa, del Plan Maestro de la Loma del Marión, y de las decenas de proyectos urbanos inconclusos y mal ejecutados, este promete terminarse en el tiempo "record" de TRES AÑOS. Asi que en lo inmediato, no tenemos otra que seguir llevando la cruz sobre nuestras espaldas. Y si nos tocara recorrer un viacrucis con ella en el lomo, quizas podamos tomar un atajo por el tunel "intergalactico" de Crespo, que de seguro, estará listo mucho antes de que le pongamos punto final al drama del invierno.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Muchos pasos después de la carrera 0: palabras sobre la cara oculta de Bogotá


7 ocasiones distintas, siete visitas con propósitos similares, y todas en conjunto suman un poco mas de cinco meses. Habiendo sido en todos los casos, sin excepción alguna, viajes con fines políticos, académicos y laborales, jamas tuve chance de aventurarme a conocer Bogotá. Pude haber contado con tiempo de sobra en algunas ocasiones, pero siempre la apatía, la pereza y el desgano me lo impedían. Pero es probable que dentro de todos los impedimentos, uno en particular fuera el determinante final de mi aptitud: el miedo; el miedo a la ciudad malograda, el miedo a perderme entre los laberintos urbanos, el miedo a la selva de concreto, al bogotano en cualquiera de sus expresiones, al "ñero", al "iguazo", al infortunio del provinciano en una metrópoli del "Tercer Mundo", en pocas palabras, el miedo a enfrentarme a la ciudad desconocida. Victima de mis propios temores, alimentados por la experiencia pasiva, por lo rumores, los comentarios, y las historias sin protagonista alguno, me negué a conocer la ciudad.



Un par de veces, armado con un mapa, de la mano de un acompañante, y/o preguntando de esquina en esquina, me aventuré a conocer un poco mas allá de mis rutas habituales de circulación. Mas temprano que tarde retornaba al lugar casual, al hábitat temporal, y en el mejor de los casos, al escenario universal del habitante urbano en Latinoamerica: el centro comercial. Allí aprendí a consumir las horas, pegado de vitrinas repletas de accesorios que no podía comprar, viendo a la gente ir y venir, a los niños correr, a las parejas marchar tomadas de la mano, en una soledad absoluta, en un lugar des-humanizado que solo existe en función de los billetes que reposaban en los bolsillos de los visitantes, y que en los míos, brillaban por su ausencia.



La Candelaria, el centro histórico de la ciudad, era una alternativa menos frívola. El patrimonio histórico bien conservado, los edificios en los que residía, y había residido, el poder político del país, y las calles en donde habían transcurrido episodios centrales de la historia nacional. Pero después de la segunda ocasión en que visitaba la capital, y sobre todo en la ultima, el centro perdía su gracia. Los mismos edificios, las mismas calles, los mismos ritmos; era como ver una ciudad bonita, pero recreada en un lienzo enorme. Los días de semana permanecía abarrotada de estudiantes universitarios y ciudadanos del común , pero al llegar el fin de semana el centro perdía vida. Dicha espacio de la urbe parecía echarse a dormir, para luego despertar con el inicio de la semana laboral. La ciudad me resultaba artificial, elaborada y fingida.



Mi salud emocional peligraba en los últimos días de mi ultimo viaje. Cansado de los ritmos fríos y catatónicos del centro histórico, había optado por el auto encierro consciente. Los días transcurrían lentos y sin gracia, y el aburrimiento terminaba por consumir lo ultimo que me restaba de cordura. Pero una mañana, sin que mediara premeditación alguna, me revelé en contra mis temores y me aventuré a conocer la ciudad. Comence a subir hacia la zona mas alta de La Candelaria, y hacia los cerros que coronaban la ciudad. Cuadra tras cuadra, el paisaje se iba tornando menos artificial y mas humano. Las casas estaban mas al natural, y advertian el paso real de años, y las calles eran mas modestas, y dificilmente podia verse un automovil en ellas. De repente, y casi sin que pudiera advertirlo, la nomenclatura cambió. Llego a 0, y de alli adelante inició otra que arrancaba en la Carrera 1 Este.


Finalmente llegué a la Avenida Circunvalar, la misma que bordeaba los cerros y que conducia a los limites de Bogotá. Despues de allí, me sentí en otro rincón de la ciudad, y en cierto modo, era asi. El escenario que veia me hacia recordar la imagen de la Bogotá de los sectores populares, la misma que solo conocia a través de las pantallas de la Tv. Lo cierto es que por primera vez en semanas, sentí la calidez del barrio: las personas circulando permanentemente, los niños y los viejos compartiendo un mismo lugar, la tienda, las ventas al por menor, los atuendos casuales, vecinos gastando las horas conversando entre si, y lo que jamas imaginé ver en Bogotá, hombres apostados en una esquina, matando el desosiego a punta de cerveza. Era como estar en casa una vez mas.


Seguí caminando y avanzando sobre la nueva nomenclatura, hasta llegar a la Carrera Cuarta Este. Atrás habia quedado el centro historico, y el barrio que aparecia frente a mi lucia mas como uno de aquellos barrios de invasión pegados en los cerros y conquistados en las largas luchas por el derecho a la vivienda en la Bogotá de los años 60 y 70. Alli terminó mi travesia; vencido por el cansancio, el hambre, el ahogo, el dolor en las piernas, y sin que me atreviera a reconocerlo, los rezagos del temor a la ciudad.


Tiempo despues me pusé en la tarea de ubicar los barrios que habia recorrido, con el animo de colocarle nombres a la nueva cara de la ciudad que habia conocido. Supe que habia iniciado la ruta en La Candelaria, que habia llegado al barrio Egipto (el antiguo barrio de indios y mestizos de la Bogotá colonial), al barrio Lourdes, que estuve a un par de cuadras de Los Laches, y que finalmente descendí por el barrio Belén. Dias despues, y antes de retornar a mi ciudad natal, comenté mi travesia. Las escasas referencias que tuve, vinieron acompañadas de regaños y llamados de atención por haberme lanzado sobre algunos de los rincones mas peligrosos del centro de la ciudad. Y aunque reconozco que no fue una determinación inteligente, debo decir que en tan solo 45 minutos, con la mente abierta y desprovisto de miedos, prejuicios y prevenciones, pude conocer mas de Bogotá que en todas las ocasiones en las que mi destino que habia obligado a visitarla.

viernes, 24 de septiembre de 2010

La realidad mas allá de las palabras: el ejercicio de la política en el "mundo real"


No se si los estudiosos de las ciencias políticas tengan la "película clara" de como se vive y se ejercita la política en el "mundo real", allí donde se actúa sin reparar en los estatutos del partido, en el ideario del movimiento, o en el códigos de ética, allí donde tiene mucha mas influencia la imagen de Jorge Isaacs (el del billete de 50.000 pesos), que cualquiera de los destacados políticos de la actualidad nacional. Aquel es el "mundo real", por todos conocido, pero por nadie combatido. Dirigentes y militantes de izquierda, derecha o centro, aprendieron a convivir con el, y siempre terminan amoldando los discursos complejos, a las dinámicas mas simples y vivenciales de la realidad.

Cuando suena la campana, y se abre el escenario electoral, los actores políticos comienzan a mover sus fichas. Las maquinarias, apagadas durante el periodo inter-electoral, vuelven a ser encendidas y la "fiesta democrática" arranca. Los trabajadores y funcionarios públicos, indistintamente de la calidad de la labor desempeñada, o de la destreza demostrada en el oficio, son removidos para abrir paso al nuevo ejercito de desempleados, que recogen los procesos iniciados y prometen culminarlos, inclusive, aún careciendo de formación y experiencia para conseguirlo. Pero esto ultimo es intrascendente. Su principal función, y la razón por la cual fueron instalados en los nuevos lugares de trabajo, es operar la maquinaria electoral, y así devolverle al "cacique" político el favor otorgado. Tan simple como se oye. Ahora bien, el sistema es a prueba de astutos. Las ordenes procedimentales vienen desde las altas esferas. El primer mandatario del distrito, municipio, corregimiento o vereda, envia la orden. Esta es acatada por sus fieles secretarios, quienes a su vez delegan el mando a sus hombres y mujeres de confianza, quienes son finalmente los que se encargan de "estirpar" los remanentes.

Mientras tanto, en la otra acera, estan los numerosos trabajadores que perdieron su forma de ganarse la vida. Todos ellos, empleados sub-contratados, fácilmente removibles. Sin la flexibilización laboral (una herramienta neo-liberal, al servicio del sistema burocratico) este escenario hubiese sido imposible. Los procesos que ayudaron a construir, quedan paralizados, y son reasumidos nuevamente, sin que exista garantia alguna de que serán llevados a buen puerto. Finalmente, las consecuencias de una estructura clientelista, anti-meritoria, y desde todo punto de vista, injusta, se traduce en el desmejoramiento progresivo del sistema publico y por supuesto, de la democracia misma.

El problema de un sistema basado en las relaciones clientelares, es que se hace mas fuerte con el paso del tiempo. La élite aferrada al poder, halla en el clientelismo la forma mas efectiva para mantenerse allí. Con dinero y cargos burocráticos a su disposición, compran la conciencia de cientos de hombres y mujeres, que movidos por el miedo y las necesidades, sirven a su "señor" sin oponer resistencia. El día de las elecciones, ya la suerte está echada, y rara vez, existe marcha atrás. Así es la política del "mundo real": cero discursos, cero ideales, solo conciencias compradas y seres humanos arrodillados.

lunes, 9 de agosto de 2010

Varios "bicentenarios", una sola patria













Somos la generación del bicentenario. Una generación que mira hacia al pasado, con vocación de futuro

Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia, 2010- ????

Discurso de posesión, 7 de Agosto del 2010

Desde un edificio ubicado a un par de cuadras de la Avenida Séptima de Bogotá, se podían escuchar los gritos y las arengas de un grupo de manifestantes que se enfrentaban a la fuerza pública. Eran el remanente de una marcha que reivindicaba una interpretación alterna de la conmemoración del Bicentenario. Tan solo una noche antes, el 20 de Julio, en una abarrotada Plaza de Bolívar, había tenido lugar la celebración oficial del segundo centenario de la Independencia, en un majestuoso evento de imágenes, luces y sonidos. Mucho menos glamorosa, la Marcha Patriótica, desde el 19 de Julio, había protagonizado varias manifestaciones, en las que insistía en la necesidad de hacer del Bicentenario, una fecha para la reflexión. El 20 de Julio, para ellos, más que una fecha de celebración, debía interpretarse como una oportunidad para meditar alrededor de las tareas incumplidas en 200 años de vida republicana. Inclusive, no hacían mayor distinción entre un antes y después del “día 20”. Para ellos, se cumplían casi 512 años de sometimiento y opresión, iniciados en 1492, y que no habían corregido su marcha en 1810.

La nación Misak (Guambianos), un pueblo indígena proveniente del Kauka (Cauca), lideraron la marcha del 19 de Julio, y allí lanzaron su voz de protesta en contra de la “nación” colombiana, que históricamente les había negado el respeto, la dignidad y el reconocimiento de los suyos. Asumían la voz de los pueblos indígenas del país, aquellos mismos que durante la independencia, desde Pasto hasta Santa Marta, demostraron su desconfianza frente al nuevo régimen que surgía, y que 200 años después, ven justificadas las razones para haber desconfiando.

El 20 de Julio, mientras tomaba posesión el nuevo Congreso, que iniciaba labores sin representación de los aborigenes (debido a la aparente victoria del Voto en Blanco, en las elecciones de marzo pasado, en las listas de la circunscripcion nacional para los indigenas), decenas de mujeres y niños indígenas, en las calles aledañas a los centros de poder, se hallaban apostados en los andenes, con las manos extendidas, pidiendo unos cuantos pesos para calmar el hambre. Paradójicamente, en el evento conmemorativo de aquella noche, se destaco la unidad en la diversidad del pueblo colombiano, y el valioso aporte del pueblo indígena a la formación de la patria. Dos caras de una sola realidad, facetas, que sin embargo, no se contradicen. La primera, el resultado obvio de una estructura social, económica y política, que tolera la inequidad, y la segunda, el barniz con el que se le pretende ocultarle.

Al termino de los primeros 200 años de la república, el Foro Permanente de las Cuestiones Indígenas de las Naciones Unidas, calificó la situación de los pueblos aborígenes en Colombia, como “grave, critica, y profundamente preocupante, a pesar del reconocimiento constitucional de sus derechos”. Lo que se expresa, es la oposición permanente entre la norma y el acto, el fracaso de la Carta de 1991, y por supuesto, de los principios de igualdad proclamados desde los inicios de la república.

El 7 de Agosto, 18 días después del Bicentenario, y precisamente en el marco de otra fecha de celebración histórica, Juan Manuel Santos, el nuevo presidente colombiano, tomaba posesión. Inició su extenso discurso, recordando su posesión simbólica frente a los “hermanos mayores”, las autoridades del pueblo Kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta. Omitiendo la cruda realidad de las mayorías del pueblo indígena, destacó nuevamente la diversidad étnica como el pilar de la unidad; como el símbolo de su proyecto político de unidad nacional. El orden hegemónico instrumentaliza las expresiones culturales antes desconocidas, las convierte en insumo para su propia imagen. Consumado el acto, dichas expresiones retornan al olvido. No sería la primera vez, ni mucho menos la ultima.

Pero a la par de quienes gozan de aquel reconocimiento fugaz, siguen estando presentes, todos aquellos pueblos confinados permanentemente a la exclusión. Una fracción de ellos, hizo del Bicentenario un espacio para la denuncia y la protesta. Vivieron la fecha a su estilo; se apropiaron de la memoria para sus propósitos. Colectivos afrodescendientes en Bogota, por igual, aprovecharon el 20 de Julio para expresar su negativa a celebrar una fecha que simboliza para ellos la perpetuaciòn de la esclavitud, que solo fue abolida hasta 1851. Formularon mas de 150 preguntas al Estado colombiano, sugeridas por miembros de su comunidad, que apuntaban en su mayoria al dilema de la discriminaciòn ininterrumpida despues de la Independencia. En Barrancabermeja, las organizaciones sociales citaron a un gran Foro Social, donde debatieron sobre los ultrajes cometidos a la independencia conquistada, por obra de la imposición permanente de un modelo economico desigual e injusto. En Cartagena, un grupo de jóvenes artistas, a inicios del mes de Julio, convocaron a otros artistas de la ciudad, para que representaran a su manera a Pedro Romero, el líder popular de la independencia local de 1811. Se inspiraron en la ausencia de la imagen del prócer en el panteón de héroes del Museo Nacional de Colombia. Desde al arte y las palabras, y tomando como lienzo las paredes del barrio Getsemaní, epicentro del movimiento emancipador, se encargaron de llenar los vacios de la Historia, y de resignificar el aporte popular en la lucha por la libertad y la igualdad. Esta y todas las manifestaciones alternativas alrededor del Bicentenario, deben ser un ejemplo de la manera en cómo podemos apropiarnos del sentido del pasado, para emprender una comprensión critica del presente que sirva como base para la construcción de un futuro distinto. Cuando se cierra el telón de las conmemoraciones oficiales, se abre para las organizaciones sociales, los movimientos políticos, la academia, las minorías étnicas, la sociedad civil en pleno, la oportunidad de elaborar una agenda distinta, mas critica, más reflexiva y menos carnavalesca, para el Bicentenario. Es indispensable, emprender la construcción de múltiples “bicentenarios”, aunque sean dentro de los confines de una sola patria.

Fotografias: "Pedro Romero Vive Aqui" en Cartagena (3 de Julio), Marcha Patriotica en Bogotá (19 al 20 de Julio) Bicentenario del Nororiente en Barrancamermeja (18 al 20 de Julio)

lunes, 5 de julio de 2010

Nuevas páginas de la misma historia: aventuras y desventuras del sistema de salud en Colombia

Las voces alternativas en http://www.ovoces.blogspot.com continuan con el articulo: "El señor matanza", de la autoria de Carolina Marrugo.
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Carlos Marx en las primeras páginas del “18 Brumario de Luis Bonaparte”, recordando una vieja sentencia de Hegel, afirmó que los hechos y personajes de la historia suelen repetirse por lo menos dos veces, sea en forma de tragedia, o sea en forma de farsa. Un hecho reciente en Cartagena de Indias demuestra la validez permanente de las palabras de Marx. El pasado 24 de junio, Viviana Carrillo Liñán, de 43 años de edad, una humilde habitante de las barriadas pobres de la zona suroriental de la ciudad, murió a las puertas de una poli – clínica ubicada en el barrio Olaya Herrera, mientras esperaba la ayuda médica que jamás le fue prestada. Aquejada por un fuerte dolor en el pecho, llegó en las primeras horas de la mañana al establecimiento público buscando por ayuda. Ante la ausencia del personal médico en el lugar, la atención le fue negada. Tiempo después, se desplomó en las puertas de la poli – clínica, en medio de violentas convulsiones. Finalmente murió, en medio de las miradas impotentes de los testigos presenciales. Era una página más, de una larga historia iniciada en 1993, cuando un distinguido senador creyó razonable modificar dramáticamente el sistema de salud en Colombia.

A pesar de la torpeza histórica del mismo, siempre existió la premisa de que la salud era un derecho común que el estado estaba en obligación de garantizar. Aunque los establecimientos hospitalarios del estado rara vez superaran los estándares de calidad en atención al paciente, no existían reparos en atender al afligido, y el factor económico no condicionaba la ayuda prestada. La Ley 100 de 1993, representó una alteración radical del anterior principio. Sujetó al sistema de salud a las lógicas de la economía de mercado. Tal y como lo había presupuestado el distinguido senador, los hospitales públicos y privados entraron a competir por los recursos centralizados en el estado. Los primeros debieron ajustarse a los nuevos requerimientos, y pasaron de ser instituciones de carácter eminentemente social, a entidades de naturaleza empresarial. Estando prácticamente bajo su propia suerte, las entidades públicas entraron en una especie de partido de futbol donde llevaban varios goles en contra, aún antes del pitazo inicial. En la carrera por acaparar los recursos centralizados en el estado, las entidades privadas desplazaron a las públicas, y se hicieron a las ganancias del mercado. Paulatinamente, los hospitales públicos fueron quedando desfinanciados, y sin maneras de entrar a disputarle al sector privado el dominio creciente sobre los recursos.

Las reglas de juego de antemano iban en detrimento de las entidades públicas. Los pagos por los servicios prestados eran puntualmente cancelados a las entidades privadas, mientras las públicas debían esperar por lo menos tres meses para recibir la paga. El juego irregular del mercado fue paulatinamente cobrando sus víctimas. En el 2002, después de cinco años de una crisis financiera inmanejable, cerró sus puertas el Hospital Universitario de Cartagena, el más importante de la ciudad. Inmediatamente después, cerró sus puertas la Clínica Club de Leones, que aunque había nacido de una iniciativa privada y sin ánimo de lucro, había pasado a manos del estado en 1978. En el 2005, uno de los supervivientes de la red hospitalaria local, el Hospital San Pablo, debió cerrar sus puertas aquejado por la crisis financiera. El déficit global de la red hospitalaria ascendió en aquellos años a $21.000 millones de pesos en su peor momento. Con la mayoría de los hospitales públicos cerrados o en déficit, el mercado local de la salud quedó en manos de las entidades privadas. Fue allí donde se desató la cara más amarga de la tragedia. La atención de los pacientes, quedó estrictamente sujeta a su capacidad de pago. Si un paciente no estaba afiliado a una entidad prestadora de servicios de salud, o si su entidad no tenía contrato alguno con el hospital adonde acudía en búsqueda de atención medica, el servicio le era negado, y era remitidos a otros hospitales privados, donde probablemente la historia se repetía. Finalmente, y después de recorrer las calles de la ciudad, el paciente fallecía. “El paseo de la muerte” fue bautizado, y en el 2005 cobraba la vida de 20 personas al mes.

La unificación general del sistema de salud, donde contribuyentes y subsidiarios gozarían de las mismas ventajas y desventajas de un sistema ineficiente, no eliminó el problema. Las muertes se han seguido sucediendo una detrás de otra. El caso de Viviana Carrillo Liñán, la humilde mujer del barrio Olaya Herrera, ha sido el último en ser registrado, pero infortunadamente no será el último en registrarse. Este triste capítulo de la historia, iniciado en 1993, continúa su curso. Y es así, porque los colombianos son incapaces de mirar al pasado, de aprender de las lecciones dejadas por la experiencia y de corregir el paso. En ese año trágico del 2002, cuando cerraron dos de los más importantes hospitales públicos de la ciudad, los colombianos creyeron inteligente elegir a quien fuera el distinguido senador que propuso la instauración de la Ley 100 de 1993: Álvaro Uribe Vélez. Y en el 2006, un año después del punto cumbre de la crisis hospitalaria, premiaron su primer mandato reeligiéndole. El “olvido y la ignorancia” deberían reemplazar como lema al “libertad y orden” del escudo nacional. Y así es Colombia: la tierra que aprendió a vivir su historia en forma de tragedia, y otras veces, en forma de farsa.

domingo, 13 de junio de 2010

"Sin risas, ni burlas": los inicios de una transición hacia un mundo nuevo


Hoy nace “Otras voces” un espacio paralelo a Territorios de Esperanza, creado para abrir un espacio a otras voces, miradas y perspectivas sobre los debates que nos convocan. En el costado superior derecho del blog se encuentra el enlace que nos conduce a la pagina (http://www.ovoces.blogspot.com/). El artículo que inaugura este espacio se titula “Marketing y post-colonialismo Algunos aspectos sobre las canciones “oficiales” del mundial”, de la autoría de William J. Castro Toppín.

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Ingresé a la sala de cine un par de minutos después del inicio de la película. No creí que existieran mayores inconvenientes para encontrar un lugar privilegiado en la sala. Una producción colombo-peruana basada en el amor imposible entre dos personas del mismo sexo, y titulada sobriamente “Contracorriente”. Siendo entonces una cinta radicalmente distinta al cine comercial que se consume por montones en la ciudad, supuse que la sala estaría relativamente vacía. Me sorprendí al entrar y percatarme de que más de la mitad de las sillas ya estaban ocupadas. Me hice a un lugar privilegiado, quizás el último en la sala, y me dispuse a ponerme a tono con la historia. No había avanzado del todo, y cualquiera de que no hubiese tenido una referencia previa sobre el argumento de la película, jamás hubiese sospechado hacia donde iba. Y de repente, sin que hubiesen transcurrido los primeros diez minutos de la cinta, los protagonistas de la historia, Miguel y Santiago rompen el hielo con un apasionante beso. La naturalidad con la que asumí la escena, se deshizo con las risas y burlas que se apoderaron de la sala. Risas de un lado, burlas por el otro, miradas sorprendidas… ni la oscuridad del recinto disfrazó el choque emocional que generó la primera escena homosexual de la película. Sin embargo, en la medida en que el tiempo marchaba y la historia dramática de ese amor imposible iba tomando forma, el público se dejó envolver por el argumento, y casi que completamente en silencio, sin risas, ni burlas, siguieron la historia hasta su desenlace.

Que un auditorio de cartageneros lograra permanecer durante 100 minutos (salvo una joven familia que desertó de manera sospechosa en el minuto posterior a la primera escena homosexual) algo nos dice. Sin caer en el extremo de pensar que los cartageneros nos estamos convirtiendo en un ejemplo de tolerancia frente a las disidencias sexuales, es válido suponer que la sociedad local lenta, y quizás muy lentamente, ya comienza a ser sensible frente a la condición “del otro”. Cualquier cálculo aferrado al presente puede ser hacernos sospechar lo contrario. Pero cuando lo vemos en el plano de la larga duración, la situación puede tornarse esperanzadora. Hace 30 años exactamente, la homosexualidad dejó ser considerada un delito. Siete años antes, en 1973, había sido despatologizada. Aunque lo segundo debió haber conducido a lo primero, tomó siete años la transición. Después de 1980, los homosexuales efectivamente dejaron de ser tomados por delincuentes. No obstante, la justicia plasmada en el papel, no representó una actitud más tolerante y conciliadora por parte de la sociedad local. En palabras de la joven historiadora cartagenera Muriel Jiménez, los dispositivos de poder, dispuestos para mantener bajo control al sujeto homosexual, se reinventaron así mismos. Aunque después de 1980 no fueran considerados como criminales, con la aparición del SIDA en 1981, en Cartagena se les adjudicó el rol de propagadores de la plaga del final de los tiempos.

30 años después Cartagena es algo distinta. Organizaciones sociales, colectivos estudiantiles, sectores de la academia, respaldan la lucha por el reconocimiento de los derechos de las comunidades LGBTI. En el 2009, en un abarrotado Teatro Adolfo Mejía, 600 personas se citaron para el primer seminario sobre la diversidad sexual. A finales del mismo año, y en el marco de las fiestas de la independencia, 7000 personas se integraron en una sola marcha defendiendo la misma causa. El evento despertó las más airadas protestas en los sectores más reaccionarios de la dirigencia de la ciudad. Pero tal actitud finalmente motivó a que el tema del de los LGBTI se convirtiera durante días enteros en el tema central del debate político local. A inicios del 2010, el Observatorio de derechos humanos de la diversidad sexual e identidades de género abrió sus puertas en la ciudad, como un mecanismo para afrontar concreta y directamente la discriminación de género en Cartagena. Sin embargo, resta un largo camino por recorrer. Aún existe en las entrañas mismas de la sociedad local, esquemas culturales que rechazan y excluyen a cualquiera que se atreva a retar a las convenciones. La homofobia internalizada, sustentada en una sociedad que asume sin vacilaciones el dogma de la heteronormatividad, ve en el disidente sexual un peligro para el orden establecido. Son esquemas culturales que no se borran fácilmente. Quizás estemos de frente al inicio de un largo periodo de transición. Pero indudablemente hemos iniciado la marcha. Quizás, después de algunos años, y así como en la sala de cine, las risas y las burlas, sean murmullos perdidos en el salón de la vida.

sábado, 22 de mayo de 2010

Por una agenda politica afrodescendiente


En días recientes la alcaldesa de Cartagena, Judith Pinedo, presidiendo un encuentro de AMUNAFRO (Asociación Nacional de Alcaldes de Municipios con Población Afro descendiente), expresó su preocupación por el desprestigio creciente de las organizaciones afro descendientes del país, frente a los congresistas negros de los Estados Unidos. Es probable que a oídos de los parlamentarios norteamericanos hayan llegado las noticias y rumores de congresistas afrocolombianos capturados en el último año por una variedad incomparable de crímenes. Silfredo Morales, uno de los más destacados líderes de la causa en el Caribe colombiano, recientemente condenado a más seis de años de cárcel por peculado. Julio Gallardo Archibold, un raizal originario de San Andrés, sindicado también por el mismo delito. Juan Carlos Martínez, Edgar Eulieses Torres y Odín Sánchez, el primero del Valle del Cauca y los demás del Chocó, requeridos por la justicia por vínculos con el narco-paramilitarismo. No son los únicos. Se integran a una larga lista de dirigentes afro descendientes de todo el país sindicados, capturados, procesados y condenados por delitos de toda índole. La buena gestión y el compromiso real por parte de los dolientes de la causa, progresivamente resulta opacada por la actuación vergonzosa de una minoría.

Cualquier intento por analizar el rol y la lógica de las organizaciones afro descendientes en el país, se torna complejo. La mayoría de ellas surgieron tan solo después de 1991, cuando gracias a la nueva constitución, se declaró a Colombia una nación multicultural, lo que se convirtió a su vez en una plataforma para reiterar los derechos sistemáticamente negados a las negritudes durante el curso de la vida independiente del país. En cuestión de años, las organizaciones se contarían por docenas. Después de la instauración de la Ley 70 de 1993, que establecía los derechos territoriales de las comunidades afro, el efecto generador de organizaciones, fundaciones, corporaciones, colectivos y asociaciones, se duplicaría. No obstante, la mayoría de ellas nació con un destino trazado e inapelable: la defensa ciega de la Constitución de 1991, de la Ley 70 de 1993, y de todas sus reivindicaciones. Cualquier otra causa no contenida en los textos sagrados, quedaba por fuera de las lucha de las comunidades afro descendientes. De esta manera, en muchas ocasiones su causa se redujo a un espectro atrapado en el marco de lo estrictamente institucional. La Constitución y la ley como medio, la Constitución y la ley como fin último.

La plataforma política de muchas de las organizaciones, cuando existe tal cosa, son tan flexibles que admiten cualquier alianza con cualquier otra filiación dentro del espectro político nacional. Como en los viejos tiempos, liberales y conservadores reciben su respaldo incondicional, así como partidos de izquierda, centro y derecha sin indicios de tener el más mínimo interés por la defensa de reivindicaciones étnicas. Y por demás, a las elecciones presidenciales o de las ciudades del primer orden en el país, nunca lanzan candidatos afro descendientes. El aval de los movimientos se cede a cualquier demandante, sin que medie cualquier criterio de identidad racial.

No existirá manera de frenar la tendencia, que afortunadamente no se ha convertido en ley general, sin que se den los primeros pasos para la construcción de una agenda política para los afro descendientes. Es necesario comprender que las categorías de etnia y clase, en una sociedad marcadamente estamentaria y racializada como la colombiana, no se excluyen. La lucha contra el racismo, no puedo anular la lucha en contra del sistema que lo hace posible. Es necesario tomar conciencia que el mismo sistema que una vez los condeno a la esclavitud, es el mismo que hoy los condena a la miseria. Las luchas deben ser integrales, y deben articular otras luchas en contra de toda forma de exclusión social. Es hora de leer a Manuel Zapata Olivella, a Franz Fanón, a Loic Wacquant, a Huey P. Newton, Aime Cesaire, a Leopold Sedar Senghor, y comenzar a limitar la lectura de la sobria Constitución de 1991 y de sus derivados. Al término de la Semana de la Afrocolombianidad, esta debe ser la tarea.