lunes, 16 de noviembre de 2009

Bogotá, la cosmopolita


Encontrar un vallenato en la banda de radio FM de Bogotá, suele ser tan sencillo como escuchar una champeta en la banda FM cartagenera. Y no se trata de aquellos “ritmos vallenatos” deformados por la mezcla indiscriminada con otros géneros musicales. Me refiero al vallenato clásico, con el que cualquier costeño venido del más remoto rincón del Caribe colombiano podría identificarse. Muy probablemente veinte años atrás, las circunstancias hubiesen sido distintas. Pero de lo que no queda la menor duda, es que Bogotá ha cambiado radicalmente en los últimos años, y cada día mas asume el rol de una urbe verdaderamente cosmopolita.

Sobre sus calles transitan negros, mulatos, blancos, mestizos, indígenas, apropiándose todos del escenario urbano, y por lo menos en apariencia, conviviendo en una respetable armonía. Las parejas interraciales son bastante comunes, y caminan sin necesariamente “ganarse” las miradas de los demás. Esto se debe en gran medida, a las oleadas de inmigrantes venidos de los Llanos orientales, del Caribe colombiano y del Pacifico, han cambiado inclusive, la fisonomía de los nuevos bogotanos.

Los jóvenes particularmente, son el símbolo de la nueva capital. Emos, rastas, punkeros, goticos, metaleros, skin-heads (por fortuna son mucho mas comunes los SHARP y los RASH, jóvenes skin-heads con una abierta ideología anti-racista y anti-facista, que combaten a los nazi-skinheads, de extrema derecha, que han protagonizado algunos actos violentos de racismo y homofobia en la capital), se disputan la identidad juvenil de la ciudad. Algunas ciertamente no pasan de ser modas pasajeras, pero demuestran lo lejos que están los jóvenes de cerrarse a lo alternativo.

El nuevo orden social y cultural de la capital, se debe parcialmente a las políticas oficiales emprendidas por los últimos gobiernos locales. Bogotá sin Indiferencia, el programa bandera de la alcaldía de Luis Eduardo Garzón, ayudó a desmontar parte de las viejas estructuras mentales del bogotano promedio y a calibrar sus niveles de tolerancia. Por supuesto que es mucho todavía lo que resta por conquistar, pero todos estos indicios hacen presumir un mejor porvenir.
Hace unos dias coonversaba con una joven socióloga bogotana (una mulata encantadora, por demás), y me expresaba con una ira contenida su odio a muerte hacia Cartagena. Para ella, Cartagena era una ciudad excluyente, racista, clasista, insoportable, diseñada para ser censurada. El centro histórico, era para ella un terruño atrapado en muros de piedra, y aprisionado por muros mentales, donde una mujer puede ser confundida con una prostituta tan solo por su color de piel. No tuve palabras para decirle lo contrario, tenía toda la razón. Lo que no dejo de preguntarme es en que momento Cartagena dejó de ser vista como la comunidad de brazos abiertos, la progresista del litoral, la ciudad que miraba hacia el Caribe mientras el resto de la “nación” miraba hacia sus adentros… en que momento, Bogotá, la ciudad conservadora, goda, cachaca, encerrada en los Andes orientales, nos robó el privilegio de considerarnos cosmopolitas y de ser admirados, mientras nosotros nos resignábamos a gozar de un odio bien merecido.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La siempre compleja naturaleza humana



Aterradores crímenes siguen inundando de sangre los titulares de los principales diarios de la ciudad. Los hechos por si solos, siguen dando cuenta de la total impotencia de la administración distrital para controlar la delicada situación de la seguridad pública. Pero más allá de este de escenario, que ha sido el común denominador desde la instalación misma del nuevo gobierno de la ciudad, una situación en particular complejiza cualquier análisis posible sobre el dilema actual: el evidente salvajismo y el carácter colectivo de algunos crímenes. A inicios del mes de octubre y a finales del mismo, dos homicidios se destacaron precisamente por seguir este patrón: el asesinato de un ciudadano español, brutalmente linchado en un barrio popular de la ciudad a manos de algunos de sus habitantes y el asesinato de un joven a manos de sus propios familiares en otro sector de la urbe. Fueron hechos perpetrados de manera colectiva, nunca premeditados y que respondieron a la ira y a las circunstancias del momento. Por tal razón hechos no solamente ponen de presente la inoperancia del gobierno local por detener el avance de las cifras de homicidios en la ciudad, sino también el carácter tan burdo e impredecible del ser humano. En pocas palabras, los crímenes no fueron cometidos por criminales. Fueron perpetrados por sujetos del común, que un día dejaron de ser ciudadanos corrientes para luego convertirse en salvajes homicidas.


Los acontecimientos que tuvieron lugar en Cartagena en el transcurso del pasado de mes, tienen una morbosa semejanza con los pogromos. Este último no es precisamente, un término natural dentro del vocabulario regular de los cartageneros, pero sí que guarda coincidencias con los hechos anteriormente citados. Los pogromos, son linchamientos multitudinarios, espontáneos o no, dirigidos contra una comunidad étnica o religiosa. Históricamente, este término ha servido para calificar actos antisemitas, cargados de una violencia irracional, en contra de los judíos. El ultimo hecho que pudiera gozar del calificativo de pogromo, fueron los disturbios de la ciudad de Ürümqi, la capital de la región autónoma china de Xinjiang, donde Uigures (la comunidad étnica de la región, de origen turquico) y miembros de la etnia Han (la etnia mayoritaria en China) se masacraron entre sí en el curso de una sola semana en julio del 2009. Las imágenes que llegaban de oriente mostraban los cadáveres esparcidos en las calles de la capital, mientras Uigures enfurecidos retaban a duelo a la policía y miembros de la etnia Han marchaban armados con cualquier instrumento letal que encontraban a su paso.


Los pogromos y los linchamientos acaecidos en Cartagena, guardan en común el dilema que antes habíamos sugerido; la naturaleza brutal, irracional y salvaje del ser humano, la capacidad de convertirse en criminales y en genocidas en cuestión de minutos. Creer en la nobleza de la humanidad, se torna complicado cuando la humanidad se agrede y se mutila a sí misma. Estos homicidas de turno no eran criminales consagrados, no eran mercenarios al servicio de un ejército privado, no eran sociópatas desquiciados; eran personas del común que hoy se convirtieron en dignos representantes de la complejidad de la naturaleza humana.