domingo, 31 de enero de 2016

La odisea de Getsemaní



A los getsemanicenses se les agotó la paciencia. La semana pasada se echaron a las calles para protestar en contra del abuso de turistas y locales que habían hecho de la Plaza de la Trinidad una cantina al aire libre. Mujeres, hombres y niños marcharon hasta la plaza y con arengas y pancartas exigieron respeto a su comunidad. Y es que desde hace unos años la Plaza de la Trinidad dejó de ser el rincón apacible donde los vecinos se sentaban a departir para convertirse en un fortín de la bohemia, en un plaza cosmopolita a donde acuden por igual locales y forasteros, pero donde los getsemanicenses apenas si tienen cabida. Sienten algunos que les han robado la plaza. 

Getsemaní tiene una historia sin igual en Cartagena. Por mas de siete décadas tuvo dentro de sus linderos el Mercado Público, con todo lo bueno y malo que venía consigo. Para cuando se le trasladó a Bazurto en 1978, Getsemaní ya figuraba dentro de los barrios mas temidos de la ciudad. Los atracos, homicidios y el trafico de droga eran cuestión del diario vivir. Mucho debieron luchar los getsemanicenses para restablecer el orden y liberarse del estigma de años pasados. Todavía queda en el recuerdo la leyenda de Samir Beetar, el vástago malogrado de una acomodada familia de origen árabe, que atemorizó al barrio en sus peores años, y que cayó ajusticiado sobre sus calles hace casi tres décadas.

Los cambios recientes hacen reminiscencia del infortunio de los viejos tiempos. El consumo de drogas, el abuso del alcohol y la zozobra se pasean por las calles del barrio otra vez. Los cambios amenazan el delicado equilibrio que se existe en un barrio donde se sabe hay expendios de droga, sin que ellos hayan conducido a la violencia que se apoderó del resto de la ciudad. Frente a semejante escenario, los getsemanicenses, determinados a poner en cintura a los visitantes, salieron a la defensa de su comunidad. Pero la causa de los vecinos es compleja, y para unos cuantos indefendible. La misma historia que les llena de orgullo, es la que les trae desvelos y dolores de cabeza. Por ser Getsemaní pieza fundamental del Patrimonio Histórico de la Humanidad que Cartagena constituye, a sus vecinos les toca resignarse a compartirla. Su carácter histórico, turístico y cultural captura la curiosidad de los visitantes, pero también condiciona los usos del suelo. Getsemaní no podrá ser habitada como si fuera cualquier otro barrio de la ciudad. Por sus calles siempre deambularán personas ajenas a la comunidad, y los vecinos deberán preservar la estética arquitectónica para el deleite de los extraños so pena de ser sometidos a severas sanciones por parte de los guardianes del patrimonio local. Pronto, a los que viven sobre la Avenida del Pedregal, se les prohibirá que usen las murallas como tendedero de ropa. Y en algunos años, es probable que la gentrificación se haya devorado lo que queda de la comunidad getsemanicense. 

A los getsemanicenses solo les resta seguir resistiendo como bien han tenido que hacerlo a lo largo de su odisea. Deben apropiarse de sus espacios, así se presuma que le pertenecen a la humanidad entera. Deben ocupar la plaza noche tras noche así les arruine la bohemia a algunos y el ambiente cosmopolita a otros. 

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