viernes, 26 de diciembre de 2014

Diomedes Díaz o la banalidad del mal


"La imagen que habían creado era la de un mal libro; ahora han de probar que fue escrito por una mala persona" Hannah Arendt sobre Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal.

En una columna publicada en días recientes, el periodista Oscar Sevillano criticó el lanzamiento de la nueva producción de RCN sobre la vida y obra del cantautor vallenato Diomedes Díaz. Cuestiona que un canal de televisión sea capaz de rendir homenaje a un hombre que pagó a medias una condena por el homicidio de una mujer. Aun reconociendo sus calidades artísticas, Sevillano se pregunta si "¿Estará preparado el país para ver en pantalla la exaltación a una persona que hizo parte de un hecho bastante oscuro que los colombianos aun no olvidan?". 

Vivo o muerto, Diomedes Díaz siempre estuvo expuesto a la palestra pública. Sus reprochables actos terminaron por ganarle la antipatía de no pocos colombianos. Muchos otros, quizás más osados, llegaron inclusive a cuestionar la valía de su obra musical. De alguna forma, a los ojos de muchos Diomedes se convirtió en el anti-héroe, en lo opuesto al ideal del buen colombiano. Los colombianos (en una cualidad que no es exclusiva de ellos) tienden a dividir a los personajes públicos entre buenos y malos, entre quienes responden a nuestro ideal de hombre bueno, y quienes con sus actos se oponen a él.

En general, reducimos la realidad al binomio Bien vs. Mal. Creemos ingenuamente que existen personas buenas y malas. En lo personal, no creo en tal premisa. Por el contrario, creo que TODOS nosotros somos capaces de cometer los actos más abominables y al mismo tiempo ser ejemplos de nobleza y pulcritud. No existe NADIE que sea tan bueno como para como ser amado por todos, ni tan malo para que tenga que ser odiado por todos sin excepción alguna.

Adolfo Hitler encarna el mal en toda su extensión. Cualquiera en su sano juicio está obligado a odiarle, y en varios países es delito expresarle públicamente devoción. El emprendió una carrera alimentada por el odio y el racismo que acabó con la vida de millones y millones de mujeres y hombres inocentes. En sus campos de concentración judíos, gitanos, homosexuales y disidentes políticos encontraron la muerte de manera indescriptible. No tiene caso negar los abominables crímenes que fueron cometidos en su nombre (negarlos también constituye un delito en varios países europeos). Sin embargo, Hitler, la encarnación más abrumadora del mal, tenía una faceta menos cruda, y por extraño que parezca, más humana. La compasión que jamas demostró para con sus "enemigos", si la tuvo con los animales. Hitler aborrecía el maltrato animal. Era vegano, inclusive. No desperdiciaba oportunidad alguna para animar a sus aliados políticos a abandonar el consumo de carne, y se encargó, como muy pocos líderes de su tiempo, de establecer una estricta legislación para la protección animal, que aún existe en Alemania aunque sometida a ciertos cambios. 

Tanto el bien como el mal son naturales a cualquier ser humano, por muy noble o malvado que sea. Entonces, ¿Que diferencia a Diomedes Díaz de cualquier hijo de vecina, ciudadano de a pie o persona común y corriente? ¿Que hace que su vida siempre sea objeto de tanta censura? Que su vida (y de paso su legado más allá de la muerte) está permanentemente sometida a la vigilancia pública. Sus actos no son medidos con la misma vara con que son medidos los nuestros. Y su maldad, tan solo por el hecho de ser él una figura pública, es vista ante nuestros ojos como el mayor de los pecados. Mientras tanto, nuestra propia maldad, al menos en lo público, queda impune gracias a nuestro anonimato.

La pregunta clave después de todo es: ¿Debiéramos renunciar a rendir homenajes públicos a la vida y obra de Diomedes Díaz tan solo en virtud de sus actos de maldad? En caso tal, y en aras de ser justos, deberíamos renunciar a la mitad, sino a la totalidad, de nuestra cultura artística e intelectual. Y es que NINGUNO de nuestros artistas o intelectuales están libres de macula. TODOS han cometido actos de maldad. ¿Debiéramos renunciar a la obra de Louis Althusser por el hecho de haber estrangulado a su esposa en un supuesto acto de locura? ¿O a la de Charles Dickens por el hecho de haber cambiado a su esposa por una muchacha de 18 años, y por si no fuera poco haberle dicho públicamente que era una "burra" carente de cualidades intelectuales? No tendría caso enumerar las faltas de todos nuestros modelos históricos. Pero una sugestiva lista podría ser útil: 
  • Cuando se habla de actores de Hollywood consecuentes y solidarios son causas justas, Sean Penn siempre aparece en la lista. Su amistad con el finado Hugo Chavez es celebre. Sin embargo, fue también celebre la brutal golpiza que le propinó a Madonna cuando ella era su esposa. 
  • Axl Rose y Eric Clapton son iconos de la música rock, auténticos genios del genero. Ambos aprovecharon su posición en la tarima para lanzar insultos racistas. Clapton llegó a decir "Keep Britain White", para sugerir que deberían mantener al Reino Unido libre de inmigrantes de color, para así evitar que el país se convirtiera en una "colonia de negros". 
  • Joaquin Sabina, el cantante español celebre entre humanistas, alternativos y BoBos (Burgueses Bohemios), apoya la tauromaquia. En alguna ocasión dijo: "No vayan a los toros si no quieren. Pero dejen de tocarnos los cojones". 
  • Cuando Jorge Luis Borges se enteró del golpe militar que derrocó a Isabel Perón en 1976 estalló en jubilo, al igual que muchos otros argentinos que celebraron la caída de un gobierno torpe y desvencijado. Sin embargo, cuando el régimen militar comenzó a poner en evidencia la sistemática violación de derechos humanos y libertades civiles, Borges guardo silencio. Se dice que por tal motivo nunca recibió el Premio Nobel de Literatura. 
  • John Wayne era uno de los pilares de Hollywood durante los años 60 y 70. Ademas de sus cualidades artísticas, él también se destacó por su respaldo abierto a supremacía blanca hasta "cuando los negros fueron educados para ser responsables". 
  • Walt Disney tuvo fama de anti-semita (y su simpatía con colegas afiliados al Partido Nazi están demostradas) lo que no ha sido impedimento para que su vida fuera trasladada recientemente a la pantalla grande. 
Los actos de maldad merecen repudio y castigo. Eso está fuera de discusión. Pero suponer que la vida de nuestras figuras públicas deber ser sometida al ostracismo en virtud de sus actos es un acto de ingenuidad. Lo único que nos queda es condenar la maldad ajena, sin olvidar que nosotros estamos lejos de ser sustancialmente mejor que ellos. 


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