martes, 22 de julio de 2014

Cartagena se vuelve prisprí


Cerca de la Plaza de Bolívar había una lonchería donde se vendían jugos naturales, fritos, panes y demás. Era un lugar muy económico, donde por $5000 pesos te podías comer un almuerzo ligero. Pero en Cartagena parece que todo cambiara en lo que tarda un parpadeo. En donde estuvo la loncheria hoy existe un coffee shop (así, en ingles). Cambió de razón social, de precios y de clientela. Palabras mas, palabras menos, se volvió prisprí ("Volverse Prisprí" en costeñól significa ganar estatus social y económico). Nada malo hay en que el comercio quiera renovarse. ¿Pero que sucede cuando los cartageneros no se vuelven prisprí al mismo ritmo en que lo hace su ciudad?  Es allí cuando el habitante local no encaja en la ciudad que habita, y pasa a ser excluido de su oferta turística, cultural y comercial. (De antemano hay que decir que muchos cartageneros no le apuestan a volverse prisprí. Apenas si luchan para resolver lo de las tres comidas, y mantenerse a flote hasta que llegue la próxima paga). 

En días recientes, una jocosa campaña publicitaria que ha aparecido en radio y prensa invita a los cartageneros a disfrutar de las bondades turísticas de la ciudad haciéndoles ver que mientras muchos otros sueñan con vivir en Cartagena para gozar de todas ellas, los residentes locales desaprovechan la oportunidad de sus vidas al no hacerlo. Así como si bastara con vivir en Cartagena para poder gozársela. Pero con solo ver la lista de precios de cualquiera de los mas notorios sitios turísticos uno se da cuenta que para que los cartageneros pudieran gozarse su ciudad haría falta que se ganaran dos o tres veces lo que se echan en el bolsillo cada mes. Mientras en ciudades como Bogotá, la oferta turística y cultural, pública, gratuita y de libre acceso compite con la privada, en Cartagena sus nativos deben pagar sumas exageradas por acceder a cualquiera de las dos, sea pública o no. Cada domingo las calles céntricas de Bogota se inundan de cachacos ávidos de visitar gratuitamente museos, parques y plazas, mientras comen chunchullo, gallina y fritanga. Las calles del centro histórico en Cartagena lucen deshabitadas, y apenas transitadas por unos cuantos turistas foráneos. Desde luego, queda claro que la finalidad de la campaña publicitaria no es invitar a que el cartagenero acuda al centro de la ciudad, sino la de expandir un mercado que se adormece cada vez que acaba la temporada y que los gringos y cachacos regresan a sus propios feudos. Lo decepcionante de todo esto es que mientras en el resto de América Latina los expertos de alarman porque el habitante urbano solo accede a su ciudad en calidad de consumidor, y no de ciudadano, en Cartagena, sus nativos tienen negada la ciudad en cualquiera de sus formas. 

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