viernes, 23 de mayo de 2014

Juan Manuel Santos y el camino hacía la paz



Juan Manuel Santos llegó por primera vez a la presidencia en el 2010 prometiendo darle continuidad a la política de guerra a muerte contra las FARC, que él mismo había respaldado cuando estuvo a la cabeza del Ministerio de Defensa (2006-2009). En un inesperado giro, cuando se convirtió en presidente optó por resolver el conflicto por una vía distinta a la de la confrontación indefinida. Habría que ver hasta que punto su apuesta por una paz negociada era y es sincera. Ya eso es materia de otro debate. Lo cierto es que su propuesta ha despertado adeptos entre quienes quieren romper radicalmente con el proyecto militarista de Alvaro Uribe, quien entre el 2002 y el 2010 le apostó al fin del conflicto por la vía militar, lo que derivó en numerosas violaciones a los derechos humanos por parte de la fuerza publica (parodojicamente en los años en que Santos lideraba la cartera de defensa), el surgimiento de las BACRIM, y la prolongación indefinida de la guerra, a pesar del evidente debilitamiento de las FARC. 

La candidatura presidencial de Óscar Iván Zuluaga en las nuevas justas electorales del 2014 es la carta de quienes todavía le apuestan a una salida militar al conflicto, muy a pesar de sus cuestionables resultados. Juan Manuel Santos se ha convertido en la de muchos de los que apoyan la salida negociada. Poco a poco ha ido tomando fuerza entre los defensores de la paz la idea de apoyar a Santos con tal de que no quede Zuluaga, sobre todo en el probable escenario de una segunda vuelta donde sean ellos dos los contendientes. 

Es probable que Santos se alce con la victoria, y es probable (hasta cierto punto) que finalmente selle un acuerdo con las FARC que de por terminado el conflicto armado. Sin embargo, ni la elección de Santos, ni el fin del conflicto armado, harán de Colombia un paraíso de paz. La forma de violencia que mas afecta a la gran mayoría de los colombianos es la que viene como resultado de la delincuencia común y que se concentra en los centros urbanos del país. Lejos de gozar del matiz político que tiene el conflicto armado, esta se deriva de las iniquidades sociales nacidas en el seno de un modelo económico excluyente que empobrece a las masas colombianas mientras enriquece a una reducida élite. La probable elección de Juan Manuel Santos no traerá consigo una salida a esta forma de violencia. Ni siquiera la implementación de las reformas económicas, políticas y sociales sugeridas por las FARC -que responden a una agenda política medio anacrónica y medio desentendida de las transformaciones que ha tenido el país en los últimos 60 años- habrán de ponerle punto final a tal problema. Colombia bien podría repetir el ejemplo de varias naciones centroamericanas, que lograron resolver sus guerras civiles a través de acuerdos de paz, pero que fallaron en transformar sus modelos económicos (por el contrario, afianzaron las reformas neoliberales), y hoy en día hacen parte de los países mas violentos del mundo. En conclusión, un verdadero voto por la paz debería considerar las múltiples dimensiones de la violencia que afligen a Colombia. Un apoyo ciego a Santos, en virtud de su respaldo a una paz negociada, no debe desatender estos hechos.  

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