martes, 26 de julio de 2016

Cuba en el final de los viejos tiempos



Al llegar al Aeropuerto José Martí de la Habana, la primera impresión que se tiene es que se está en una terminal de transportes en vez de en un aeropuerto internacional. El amarillo desgastado de los muros genera una sensación casi tan desoladora como la de la fila interminable para cambiar la moneda extranjera por el peso cubano convertible (por todos conocidos como CUC), que es distinta a la moneda nacional que se supone es de manejo exclusivo de los cubanos. La escena recuerda la imagen que todos tenemos de Cuba: un país hecho museo, que debido a los azares de la historia se quedó estancado en los años 50. Nada mas lejos de la realidad, una vez se sale del aeropuerto se encuentra uno con una hilera de taxis de modelos recientes, dispuestos para recibir al turista mas aventajado. Para los cubanos, y los visitantes de recursos mas bien modestos, aún quedan los viejos carros gringos de cualquier modelo anterior a 1959, y los Lada, unos diminutos carros importados de la Unión Soviética que compensan el tamaño con la velocidad y el consumo moderado de combustible. Cuba es entonces, como el resto de América Latina, una sociedad de contrastes, que parece estar dividida en dos (o quizás en muchas mas partes): una realidad para los cubanos de a pie, y la otra, la que se dispone para recibir al visitante y brindarle una cómoda estadía, tanto como lo permita la austeridad de la economía nacional. 

En Cuba poco importa cual es el motivo de tu visita, siempre que seas extranjero serás tomado como turista, y un turista, tanto para los nacionales como para el gobierno es fundamentalmente una fuente rica en divisas extranjeras. Y ambos harán lo que sea necesario para que dejes tanto como puedas en la isla. Es un asunto de supervivencia. Las divisas extranjeras, sean en forma de remesas o través del comercio turístico, han ayudado a la economía nacional a superar los momentos más críticos, que desde el inicio del bloqueo han sido muchos. 

Por otra parte, para los cubanos comunes y corrientes, un par de dolares (o mas bien, un par de CUC, porque la posesión de dolares les está formalmente prohibida) les puede resolver la semana. Aunque el régimen se enorgullece de haber erradicado al hambre del suelo cubano, los nacionales no la tienen fácil. El mercado que religiosamente les asigna el gobierno cada mes, y que debiera rendir hasta la próxima entrega, se les suele agotar a mitad de camino, dejándolos a su suerte. El salario mínimo es bajo, dado que se parte del hecho que el estado ya les ha garantizado lo básico: salud, educación, alimentación y vivienda. Al menos en teoría es así. 

Lo que el estado no cubre, el cubano se lo rebusca. Nada es mas cubano que la capacidad de la gente para sobreponerse a las carencias. Que un Lada siga pavoneándose por las calles de la Habana solo puede ser obra de un Dios misericordioso o del talento de los cubanos para alargar la vida útil de las cosas. Si hay algo que el gobierno no les garantiza es el consumo de bienes y servicios distintos a los estrictamente básicos. Y los cubanos de hoy, aún ajenos a los rigores del sistema capitalista convencional, también desean consumir. Se demuestran aburridos por la austeridad, y la mesura en los gastos, y siempre que pueden se dan sus pequeños lujos: una pizza en el restaurante de la esquina, o una cerveza extranjera (por lo general Heineken o Presidente, una cerveza dominicana) en un bar frecuentado por turistas. Un campesino de 17 años que conocí en Pinar del Río, y cuyo nombre no recuerdo, quizás porque nunca me lo dijo, o por la combinación desafortunada de mojitos y cerveza Presidente, me contaba orgullosamente de una aventura de un fin de semana en la Habana en la cual gastó mas de 200 CUC, una fortuna para cualquier cubano. Él, animaba su historia diciendo: "El campo te estanca", aludiendo a sus ansias de salir adelante, de ser alguien, y superar la provincialidad a la que le condenaba vivir tan lejos de los lujos que le concedía la vibrante Habana. 

Quizás para él, al igual que para muchos cubanos, el final de los viejos tiempos advierte la venida de cosas mejores. Todos están a la expectativa de lo que les depara tras la normalización de las relaciones con los Estados Unidos. Mientras unos escapan apresuradamente de la isla, para poder entrar en los Estados Unidos, y gozar del privilegio migratorio que les otorga ser "refugiados del comunismo", otros aguardan pacientemente por los cambios promisorios. Aún los mas leales seguidores del régimen. A Roberto lo conocí en la Habana, donde atendía una tienda de libros. Era un viejo en sus setenta años, pero con una lucidez envidiable, y con esa labia que les caracteriza a los cubanos. Había vivido los días mas álgidos de la historia reciente de Cuba. Me contó donde le había cogido la gloriosa entrada de Fidel a la Habana, un 1 de enero de 1959. Roberto cuenta que él dormía plácidamente en su casa del centro de la Habana, cuando su padre le despertó para decirle que los rebeldes habían entrado en la ciudad, y que Batista ya había partido. Él se vistió con los colores de la guerrilla vencedora, rojo y negro, y marchó en una caravana que recorrió la avenida 10 de Octubre. Al llegar al Capitolio, presenció las últimas escaramuzas entre los rebeldes y los soldados leales a Batista que se negaban a rendirse. 

Roberto recuerda aún con nostalgia la simpatía que a casi todos inspiraba Fidel. Pero aclaraba que todos habían sido revolucionarios, "hasta que Fidel les comenzó a pisar los cayos". Hoy ve las cosas con mas mesura, aunque se muestra ansioso por lo que el llamó, si entrar en mas detalles, la falta de determinación de Obama. Aún siendo leal, Roberto aguarda por los cambios. Todos, fieles al régimen o no, aguardan por el cambio, aunque difieren en como se imaginan la Cuba del futuro. Para unos, debe abrirse al mundo, convertirse en una sociedad de mercado, y restablecer la democracia pluralista. Para otros, se debe preservar lo mejor del comunismo, bajo el cuidado vigilante del estado. 

Lo que está fuera de discusión es que las cosas deben cambiar. Ya pocos aguantan la carencia abrumadora de todo y cuanto es básico en cualquier rincón del mundo. No por nada algunos dicen que la mejor comida cubana se consigue en Miami. La dieta alimenticia de la mayoría de los cubanos carece de carne de res (que es el ingrediente primordial de la "ropa vieja", el plato cubano por excelencia) debido a la escasez histórica de ganado vacuno, y que el bloqueo solo ha empeorado. Las pocas vacas que hoy existen están consagradas a la producción de lácteos, que el gobierno se esmera por poner en la mesa de cada hogar. Cualquier fruto que no se pueda producir en suelo cubano es casi un lujo. Los establecimientos comerciales lucen siempre vacíos y medio lúgubres. Pero nada me resultó tan perturbador como la falta de disposición del personal. En cada lugar al que acudí, salvo aquellos donde la promesa de una propina en CUC marcaba la diferencia, los empleados eran poco diligentes, servían con desgano, economizando siempre las palabras y las sonrisas, todo con un desanimo contagioso que terminé asimilando al final de mis días en la isla. Es como si la austeridad generalizada les hubiese consumido la simpatía. 

Las carencias a veces cobran un nivel que desafía el signo mismo de los tiempos. En un discurso dado en 1960, el Che Guevera comentaba que Cuba, a pesar de las iniquidades de los años de Batista, se vanagloriaba de poseer cuatro o cinco canales de televisión. Irónicamente, mas de medio siglo después, Cuba sigue teniendo el mismo numero de canales, todos un contenido mas bien modesto, y con una calidad técnica que desdice de aquellos años en que eran ellos los que instruían en la producción temprana de televisión en América Latina. Fueron técnicos cubanos los que diseñaron el sistema de televisión colombiano inaugurado en 1954. 

El destino de Cuba es incierto. Ni siquiera está claro si Fidel está al tanto de todo. Se dice que apenas goza de unas cuantas horas de lucidez al día, aunque sus pocas apariciones públicas parecen demostrar lo contrario. Lo cierto es que todos se alistan para lo que está por venir. Todos sin distinción de sus filiaciones políticas. En el futuro próximo difícilmente una sola voz será la que marque el ritmo de los acontecimientos. Los cubanos de allá, los nacidos en Estados Unidos, serán un interlocutor que no podrá ser fácilmente ignorado. Las nuevas generaciones no han heredado los odios de sus abuelos. Critican por igual al régimen comunista de la isla y al republicanismo de extrema derecha que exhiben los primeros emigrados a Estados Unidos. Mientras el liderazgo tradicional de la comunidad cubano-americana en la Florida criticó los avances de Obama con respecto a Cuba, los jóvenes han celebrado la iniciativa, y poco les importa si eso favorece o no la prolongación del régimen.   

Como quiera que se den las cosas, sería lamentable, y constituiría una traición desafortunada a la gesta histórica del pueblo cubano que se perdieran las cosas que libraron a Cuba de la miseria que existe a lo largo del "tercer mundo": un sistema de salud universal, educación pública y gratuita, vivienda digna, y seguridad alimentaria. Todas ellas otorgadas a medias, pero otorgadas al menos. En otras cosas hay que corregir el rumbo radicalmente. En algunas de ellas, el estado demostró buena voluntad, pero poca eficiencia. Igual, como comentaba Osmani, otro joven campesino que conocí en Pinar del Río, " aquí el gobierno piensa las cosas bien, pero mal". 

Cualquiera que fuera el devenir de Cuba, todas las naciones del tercer mundo, pero en especial las de América Latina, están llamadas a velar por el bienestar del pueblo cubano. Con ellos tenemos deudas sin saldar. Por las misiones médicas que enviaron a cada rincón del planeta, por apoyar las gestas revolucionarias en Angola, el Congo, Centroamérica y el Caribe, por haber acogido a los exiliados republicanos que huían del Franquismo, e inclusive por haber sido la cuna de Pedro Romero, el prócer popular de la independencia de Cartagena. En este momento no le podemos dar la espalda a Cuba.