viernes, 1 de abril de 2016

Mi identidad al desnudo


No suelo utilizar este espacio para hablar de mi, aunque si lee entre lineas todo lo que escribo tarde o temprano terminará por conocerme. Hoy haré una excepción. Hoy hablaré de mi, y pondré mi identidad al desnudo. Hacerse a una identidad no ha sido fácil. He estado persiguiendo una por años. A veces siento que me desconozco tanto como me desconoce usted. Mis gustos son tan desviados que no hablan muy bien de mi. Por eso no puedo construir una identidad sobre la base de ellos. Nací en Cartagena, pero nunca me sentí muy cartagenero. Ninguno de mis padres nació allí. Odiaba las fiestas novembrinas, y solo supe de la existencia de las Fiestas de la Candelaria cuando cumplí los 17 años. Mi acento es indescifrable. Aprendí a bailar a destiempo, y todavía creo que lo hago a medias. Hablo muy poco para ser costeño, y demasiado como para ser cachaco. Descubrirme como persona ha sido el rompecabezas más difícil de armar.

Un buen día quise hacerme a una identidad racial. Pero el asunto resultó mas complicado de lo que yo pensaba. ¿Que era yo? Me decían blanco, pero no me sentía como tal. Me sentía mestizo, pero mi abuelo de piel morena me complicaba la película. Las historia de la familia habla de dos patriarcas, ambos del Departamento del Magdalena, de donde se desprenden mi rama paterna y materna. Se cuenta que uno de ellos era un hombre negro y de cabello ensortijado, y que el otro era blanco, rubio, y de ojos claros. El primero se quedó en el Magdalena, mientras el segundo se aventuró hacia los Montes de María. Eso explica que mi abuelo materno fuera de piel morena, y que mis primos por parte de padre tengan la piel tan clara que no parecen costeños.

Cuando me fui de Colombia llegué a un país donde las barreras raciales estaban estrictamente demarcadas, donde se es blanco o negro, donde no existen puntos intermedios. Acá no era blanco, ni mestizo. Era latino, y por consiguiente una persona de color. Jamás me había sentido tan cómodo con una categoría racial. Pero con el tiempo descubrí que esa categoría agrupaba a gente muy diversa. Ya sabía que no era blanco, pero seguía sin saber quien era. Entonces tomé una decisión radical. Iría hasta lo más profundo de mi naturaleza humana, y exploraría el origen de la sangre que corre por mis venas. Me hice un examen de ADN para determinar mis orígenes étnicos. Hoy llegaron los resultados. Soy 45% Europeo, 29% Indo-Americano, y 24% Africano. Para cerrar la cifra, soy un 2% del Medio Oriente. Mis ancestros provienen de 4 de los 5 continentes. Resulté siendo un hijo del mundo. Lo mas sorprendente, y quizás fascinante, es que no tengo tantas raíces ibéricas como esperaba. Tengo tan solo un 26%. Soy 13% italiano/griego, cosa que no estaba en mis cálculos. Para mi tranquilidad puedo decir que soy hijo de África también. Mis ancestros vinieron esclavizados de Nigeria y Senegal principalmente. Soy hijo de Yemayá, de Orisha y de Shango. Soy afro-descendiente. Mi ADN lo confirma. Irónicamente, mis raíces son mas de otros continentes que del americano. Pero eso confirma algo mas trascendental que los porcentajes no pueden explicar: soy un hijo del Caribe, de aquel lugar en donde convergieron civilizaciones milenarias de cada rincón del planeta, donde españoles, judíos, chinos, africanos, caribes, tainos, holandeses, y muchos otros se mezclaron para construir lo que fuera para muchos la cuna de la modernidad occidental. Mis raíces están tan entreveradas como las del manglar, que se eleva sobre las aguas majestuosamente, pero solo porque está aferrado a la tierra por ese rizoma que parece venir de ningún lado, y al mismo tiempo de todas partes.