jueves, 5 de septiembre de 2013

72 horas: un cuento "feminista"


No reparen en la estética literaria o en la estructura narrativa. Este servidor sabe de escritura creativa tanto como sabe de cocina o física cuántica. Esta no es mas una invitación a la reflexión. 
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Eran los Olímpicos una vez mas. Las naciones del mundo se congregaban para participar de las justas y hacer gala de sus glorias del deporte. La grandes potencias globales se preparaban para los juegos, quizás de la misma forma en que se habían preparado para la guerra tanto y tantas veces. Los países de menor perfil se esforzaban para poder llevarse consigo al menos un par de medallas. Con aquello bastaría para degustar un poco de las conquistas, que en el caso de las naciones poderosas ya se contaban en docenas. Un pequeño país enclavado en la mitad del Medio Oriente, rodeado por desiertos y montañas saturadas de arena y piedra, hacía lo propio, y desde unos meses atrás también se alistaba para participar de los juegos. Había enviado un pequeño contingente de atletas, en su abrumadora mayoría, hombres jóvenes, inexpertos y mal entrenados. Todos hombres, salvo por ella. Haneefa había roto con todos los esquemas. Por vez primera en la historia de su país, una mujer representaba los colores de su patria en una justa olímpica.  

En la decorosa inauguración de los juegos, las delegaciones marchaban una detrás de otra, con los brazos extendidos, saludando a la muchedumbre. La sonrisa en los labios era el común denominador de todos los deportistas. Salvo por uno. Haneefa marchaba a la par de sus compañeros, con sus brazos igual de extendidos. Pero su sonrisa estaba oculta bajo un velo que cubría su cabeza, su cuello y su rostro, y que apenas permitía ver sus enormes y vivos ojos color miel. Las curvas de su cuerpo estaban tan ocultas como las de su sonrisa. Un discreto atuendo, apenas ceñido a su silueta, le cubría toda su figura. 

Hannefa no pasó desapercibida ante las cámaras. En cuestión de horas, su imagen se difundió a través de los medios, y horrorizados, el mundo occidental pudo apreciar los vejámenes a los cuales una mujer era sometida por un régimen teocentrico, ultra conservador y represivo. No habían pasado aún 24 horas, cuando acaloradas militantes del movimiento feminista occidental expresaron su indignación por el hecho. Numerosas movilizaciones de apoderaron de las principales ciudades del mundo demandando respuestas y demandando acciones. 

72 horas después de que Hannefa marchara sobre la pista atlética del Estadio Nacional, la sociedad global demandaba al Comité Olímpico vetar la participación de aquel país enclavado en la mitad del Medio Oriente, del mismo modo en que décadas atrás, una nación africana se había visto segregada de las justas, quizás de la misma forma en como ellos segregaban a su gente de color. Tal fue el descontento y la indignación generalizada, que el Comité no tuvo otra salida que adoptar la medida, una medida ejemplarizante para todas aquellas naciones que perpetuaban el menosprecio a la mujer. Las calles de la sede de los Olímpicos se abarrotaron de militantes ebrios de dicha, felices por haberse anotado una conquista en contra del machismo. Rodearon el Estadio Nacional y allí celebraron hasta el alba. A pocas cuadras, tan solo a unas cuantas cuadras, en una habitación silenciosa de la Villa Olímpica, Haneefa yacía sobre su cama. Ahora sin velo, y en la soledad del cuarto, lloraba amargamente. Lloraba su desgracia, lloraba su infortunio. A sus 35 años sabía que aquel había sido su ultimo chance de participar en los Juegos Olímpicos. En la capital de su patria, las mujeres que organizadas habían luchado por abrirle un espacio a ella en la delegación olímpica, veían como años de esfuerzo y de lucha en contra de su gobierno, se habían desvanecido en el trascurrir de las ultimas 72 horas.