sábado, 20 de agosto de 2016

Pese al oro ... es racismo



En una columna de opinión de hace unos días titulada: "Pese al racismo ... es oro", el historiador Alfonso Cassiani polemizaba sobre la errática elección del abanderado de Colombia en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos. Califica de injusto que no se hubiera elegido a Catherine Ibargüem a pesar de sus pergaminos, y sugería que el racismo, de la mano de intereses estrictamente económicos, le robaron ese honor que merecía por derecho propio. Cassiani concluye destacando que irónicamente todos los medallistas hasta ese entonces habían sido afrodescendientes. Fueron ellos los que sacaron la cara por el país. 

Tras las victorias de Oscar Figueroa, Catherine Ibargüem, Yuberjen Martínez, Ingrit Valencia, Luis Mosquera, y Yuri Alvear, las redes sociales se inundaron de agradecimientos a nuestros "negritos" (si, en diminutivo) por haber dejado en alto el nombre del país, a pesar de las adversidades, de la falta de apoyo, y el racismo. De seguro con los años, la leyenda de los medallistas olímpicos pasará de los podios a las páginas de la historia nacional, donde sus nombres se sumarán a la lista de los afrocolombianos mas destacados. Es apenas justo y necesario. Sin embargo, hacer esto encierra un peligro inadvertido cuyas consecuencias podrían ser lamentables. 

De adolescente recuerdo haber repasado una y otra vez los listados de afrocolombianos notables y sentirme decepcionado al ver que en su mayoría eran deportistas o artistas, y en menor medida escritores. Como si su contribución al país se hubiese limitado a esas áreas. Nunca recuerdo haber leído sobre Luis Robles, Manuél Mosquera Garcés, Diego Luis Córdoba, Dorila Perea, Nazly Lozano Eljure, ni mucho menos sobre Juan José Nieto, el primer y único presidente negro que ha tenido el país, y que fue sistemáticamente excluido de los anales de la historia patria.  Ni hablar de José Prudencio Padilla, defenestrado y muerto por Simón Bolívar, cuyo memoria, aunque notoria, no goza de la prominencia de la de los próceres blancos, aunque sus méritos fueran superiores. 

No ha sido por falta de referentes que estos listados han resaltado la contribución de artistas y deportistas, para relegar la de hombres y mujeres de estado. En Colombia ha ocurrido algo similar a lo que ha pasado en Brasil, donde se ha insistido tanto en el aporte cultural de los afrodescendientes que solo se les ve como "ciudadanos culturales", incapaces de destacarse en un campo distinto al cultivo de las artes o el deporte. Esto ha limitado la capacidad de los movimientos étnicos para acoger causas como la desigualdad social y económica, y le he restado visibilidad a los movimientos que si han intentado hacerlo.  Inclusive, ha conducido a que el racismo solo sea visto como un problema cultural, desatendiendo sus conexiones con la pobreza material que aqueja a las mayorías afrodescendientes

Lo peor de todo es que solo destacar el aporte de los afrodescendientes en el deporte y las artes puede terminar reforzando los estereotipos que alimentan el racismo. A los negros se les ha visto siempre como poseedores de cualidades físicas excepcionales, debido a una supuesta complexión casi animalesca. Se les ve igual como seres embriagados de una felicidad festiva ilimitada que se desborda en sus manifestaciones artísticas.

No existen mayores peligros en destacar las victorias de los deportistas (o artistas) afrocolombianos. Sus logros son en efecto el resultado de una serie de pequeñas luchas en contra de las dificultades que sus semejantes deben sortear tan solo en virtud de su color de piel. Pero no olvidemos que el aporte de los afrodescendientes tiene mucha más trascendencia aún. No hagamos que nuestras próximas generaciones piensen como pensaba "El Flecha", el malogrado boxeador narrado por David Sanchez Juliao, quien decía: "A uno como negro no le queda otra alternativa que el ring y la fama ... porque las demás profesiones son oficios pa' blancos". 

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